«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



viernes, 16 de enero de 2015

La España líquida

Que me perdone Bauman por el hurto intencionado de su expresión, mal que le pese, ya clásica, de su modernidad disuelta, o licuefacta (palabro que se me antoja más apropiado que el de la académica y correcta licua, quizá menos cercana de la real y sonora putrefacción que vivimos), que no es otra cosa, a mi entender, que el eterno tránsito entre lo clásico y lo barroco que advirtiera con tanto acierto Eugenio D’Ors hace ya décadas. Época barroca esta, la que vivimos. Pero España, como siempre sigue su senda innovadora de vanguardia. Mal hacemos en adelantarnos a nuestro tiempo con una persistencia dolorosa a lo largo de la Historia. Siempre a descompás de nuestra civilización y de nuestro entorno, parece que no nos gusta seguir los derroteros ni los surcos de nuestros vecinos europeos, y como mula o buey, testarudos, nos salimos siempre de la normalidad para marcar una nueva tendencia; no por nuestro bien, ciertamente.

España se disuelve. Fue sólida como la que más. Baluarte de lo clásico, indagando en sus entrañas históricas para recuperar una solidez que le fue arrebatada desde el 98, para convertirse en Ella: España. Orgullosa frente a corrientes exógenas, se refugió en sí misma: en su tradición, su religión, en su bandera, en sus grades gestas...; recordó aquella España que sometió a medio Europa y dominó el universo conocido y desconocido, desbordando el Mare Nostrum por las Mares Océanas, haciendo verdad el clásico urbi et orbi del Imperio Romano. Esa España donde no se ponía el sol, y cuyo rico idioma hoy sigue dando fe de ello. Esa España que como Castilla, corazón de la Nación, hacía hombres y los gastaba. La España digna, recia, firme, sobria, que premiaba el esfuerzo y el trabajo, la honorabilidad y la honradez, el patriotismo y la entrega, y que cumplía la palabra dada: ni un hogar sin lumbre ni una mesa sin pan, e iba más allá.

La España sólida devino líquida de la noche a la mañana; tarde, para los que la rodeaban o demasiado pronto o rápido para otros. En Europa aún se guardaba un cierto decoro conservador y clásico, pese a que las calles parecieran vociferar otra cosa de la mano de aquellos pijos barbudos sesentayochistas, cabreados con papá y mamá por tener coche e ir a la Universidad, un día cantando al Ché y otro escondiendo el Libro Rojo de Mao, antes de ocupar los puestos de responsabilidad que habría de corresponderles en el nuevo Orden. Eran los principios de una progresía elitista que hoy padecemos en forma de masa estúpido-amorfa nominalmente democrática, social y justa. Y en eso, nosotros cogimos la vanguardia a toda mecha. En un pispás, nos divorciamos, abortamos, cambiamos nuestra bandera, disgregamos el territorio e inventamos naciones y nacionalidades bajo un mismo techo; nos hicimos los reyes del pelotazo mientras alzábamos el puño en las cuencas mineras, y la jefatura del Estado, por fuerza monárquica, se declaraba republicana en una de sus chanzas tan bien conocidas. Y tan republicana: su vástago, heredero en nombre del llamado a suceder al Gran Delfín de Francia y del que fuera nieto de su Cristianísima Majestad, casaba con señora de aparente moyenne vertuy supuestamente reo de excomunión, con el plácet de la ultraconservadora Iglesia Católica de Rouco Varela que tanto concedía indulgencias como llamaba al orden y a la ortodoxia. Y así juró, laicamente, ante unas Cortes sin Cruz y sin Evangelios. Hoy nos indulta hasta de la bandera en sus discursos navideños. Decoración de Zarzuela cursi, apelando a no sé qué colores borgoñones con una flor de pascua a la siniestra, y, a la diestra, unas fotos de arrumacos con su Compañera en el avión de las FFAA que el Gobierno de España pone al servicio de Su Majestad para viajes oficiales, supongo –lo del avión de las FFAA, digo–.

La España líquida, licuefacta o liquidada en 36 años de esforzado olvido de sus tradiciones, dejó ver a los de la beautiful people arramblar con las arcas del Estado, con el beneplácito de la afición que veía en ello una España moderna, alejada de la sobriedad calificada de casposa por los que buscaban su hueco posibilista en las altas instituciones. Pues éstos eran merecedores de las mayores glorias de los nuevos tiempos en premio a sus denodadas luchas contra el agostado Régimen. Todos hubieron de correr delante de los grises, ya se sabe.

Eran tiempos donde los nobles y Grandes de España se descalzaban para bailar sevillanas, se hacían socialistas, y se dejaban ver por aquellas horteras fiestas marbellíes, mientras el presidente del Gobierno montaba una bodeguita en Moncloa y el cachondeo se instalaba en el Ministerio de Economía y Hacienda, y en el de Industria, para repartir entre amiguetes –privatizar, decían– los buques insignia de la hasta entonces octava potencia  industrial del mundo.

¡Ay!, qué razón tenía el tal Arfonzo, hoy tan jaleado por las altas instituciones democráticas con aquel a España no la va a conocer ni la madre que la parió. Orgulloso estará de su deconstrucción gastronómica de licuefacción hispánica que exportamos con tanta fruición bajo el palio de la Marca España.

Y en 2015, seguro que Podemos pasar del Estado líquido al Estado gaseoso, adelantándonos de nuevo a toda Europa, en nuestra demencial carrera por ser los primeros en destruirnos. Eso sí que Podemos hacerlo. La nación más antigua –dicen–, esfumada. Ciertamente, 2015 llega con ventoleras gaseosas, como digo: lo Barroco vence a lo Clásico, y Babel arrecia sobre Roma. Europa no nos salvará. Nosotros destruiremos Europa. No por el lado de los buenos, sino de los malos, pues no reivindicaremos valores ni cultura ni civilización ni Occidente. Curiosa jugada de la Historia, junto con nuestros hermanos griegos, puede que no dejemos piedra sobre piedra.

viernes, 17 de octubre de 2014

Los tontos en globo

Es de todos sabido que si por algo se caracterizan nuestras democracias occidentales, instaladas desde hace medio siglo en el cómodo partido único de la socialdemocracia, es por la búsqueda incansable de apoyos entre las minorías, y por un desprecio sobrecogedor hacia las mayorías. Las mayorías se han convertido en unos grupos de ciudadanos de lo más aburrido que pagan impuestos, no cobran subvenciones ni subsidios de ningún tipo, pagan una hipoteca y los plazos del coche religiosamente, y hacen cosas ordinarias que no le interesan a nadie. No salen en televisión, ni queman contenedores, ni montan algaradas, y no les asiste ningún derecho o privilegio por no pertenecer a ningún grupúsculo contestatario. Cuantos más sean los individuos que pasen a formar parte de un grupo de ciudadanos mayoritario, menos interés despertarán por parte de las autoridades. No obtendrán beneficios fiscales, ni amnistías, ni percibirán ayudas; ni contarán con el aprecio del legislador en aquellas materias que supuestamente les afecten, por carecer de todo «interés social». ¿Cómo si no puede encajarse, por ejemplo, el trato desfavorable recibido por el autónomo de toda la vida, frente a los favores y pleitesía rendidos en favor del nuevo y flamante emprendedor? El problema del autónomo es que es mayoría, supera la treintena y tiene un oficio conocido; mientras que el emprendedor, cuenta en su haber con ser un rutilante jovenzuelo con unas ideas de lo más extravagantes, no tener profesión conocida y ser minoría.

Así, bien que nominalmente la democracia se base, en principio, en la voluntad de las mayorías, hoy son las minorías las que marcan los designios legislativos de cualesquiera naciones acogidas a un sistema denominado «democrático». Antonio Burgos lo decía muy bien, citando a Duverger, en una de sus siempre acertadas columnas en ABC: «Respeto, no, miedo a las minorías» (ABC Córdoba 6/10/2004, p.7).

Totalitarismo o dictadura de las minorías, es como se ha venido a calificar –no sin cierto temor– la presión insoportable de esos grupúsculos enfurecidos que convierten la trasgresión de la ley, la moral, el orden público y las buenas costumbres en normalidad cotidiana, para su propio beneficio. Sólo queda que las mayorías se dobleguen y acepten un nuevo devenir legislativo que rompa con la generalidad de la norma para establecer privilegios en favor de unos cuantos. Las minorías, pese a ser minorías, hacen el suficiente ruido como para cargarse a un gobierno, y el gobierno en cuestión antes que tener alborotos en las calles sacrifica eso que tanto gusta de blandir en sus programas electorales como el «bien común» y el «interés general» por la «progresía minoritaria».

Pero no se alarmen ustedes que no voy a hablar ni de Podemos, ni de los homosexuales, ni de los que no pagan las hipotecas, ni de los separatistas, ni de las abortistas, ni de las feministas, ni de los políticos, ni de los sindicalistas, ni de los terroristas, ni de los amantes de los gatos, ni de los que montan «botellón», ni de las majaderas esas que andan en pelota picada asaltando iglesias.

Voy a hablar de un ejemplar peligroso que –todo se andará– logrará fastidiarnos la vida a todos: el tonto en globo. Ya tenemos la experiencia de los ciclistas que cualquier automovilista sobresaltado se encuentra en los cambios de rasante de las carreteras secundarias; a ser posible sin arcén, en grupos de más de cinco, con ochenta kilos de lorzas o más embutidos en unos atavíos de lo más singular, y a una velocidad que no supera los cinco kilómetros a la hora –mejor harían en cargar con la bicicleta a cuestas–. Y no sólo en las carreteras secundarias, en las ciudades también: saltándose los semáforos, por pasos de cebra esquivando ancianitas, circulando en sentido contrario por cualquier calle –preferiblemente de varios carriles–, atravesando aceras y parques a toda pastilla, y en intrépidos adelantamientos por la derecha evitando por todos los medios que los automovilistas puedan adivinar sus intenciones. A más de uno de estos coletudos urbanitas de dos ruedas habré visto yo entrar en un comercio o en un ascensor con su inseparable artilugio, en actitud de desfachatez pasmosa. ¿Y qué me dicen de los bellos senderos campestres? Todos machacados por ese invento del demonio que llaman «montain-bike»; parques naturales incluidos. En valiente hazaña se ha convertido pasear serenamente por algún idílico paraje, sin verse asaltado por un grupo de descerebrados a gran velocidad, berreando como becerros y lanzando todo tipo de objetos isotónicos para el bien de la decoración del entorno.

Pues no, no lo habremos visto todo; se lo garantizo. Los tontos en globo están por llegar, y, al igual que los anteriores, gozarán de toda impunidad, carecerán de seguro para indemnizar a sus víctimas y podrán sobrevolar cualquier espacio aéreo sin la más mínima cortapisa. Habrá una directiva europea que guíe los pasos de las legislaciones nacionales para preservar «carriles» aéreos por donde los tontos en globo puedan hacer sus pinitos de helio y surcar los cielos. Los aviones comerciales deberán guardar una distancia de seguridad adecuada para evitar derribar los coloridos globos, y los aviones de las fuerzas aéreas reducirán la velocidad al toparse con ellos, procurando que el ruido de los reactores no ensordezca al tonto del globo.

Los que permanezcamos en tierra, habremos de soportar que el tonto del globo se caiga, con globo y todo, sobre el tejado de nuestras casas, o aterrice en el jardín o en la terraza; y se nos exigirá prestarles auxilio en caso de emergencia.

El tonto del globo recibirá el apoyo de la comunidad científica internacional por contribuir al sostenimiento del medioambiente, aunque lance desde las alturas el envoltorio del sándwich y alguna lata refrescante.

Habrá carreras de tontos en globo y colapsarán los espacios aéreos durante horas. Los aeropuertos ampliarán su horario para garantizar la salida de los vuelos comerciales, y se reducirá la frecuencia y número de los mismos.

Algún emprendedor brillantemente apadrinado montará una aplicación para transportar viajeros y mercancías en globo, y recibirá subvenciones millonarias de Ayuntamientos, Comunidades Autónomas y Estado por favorecer el empleo sostenible y mejorar la calidad del aire. Algún otro inventará el globo eléctrico de autopropulsión, con paneles solares incorporados a la barquilla, y recibirá otro tanto en dinero y premios por mejorar la velocidad del tráfico en globo.

El globo pasará a ser una asignatura obligatoria en los colegios públicos, y habrá un manual para enseñar a los críos cómo manejar tales artefactos, cuya publicación financiará el Ministerio de Educación y Ciencia, adjudicándolo a la empresa editora más próxima al gobierno de turno.

Total, prepárense a recibir con todas las bendiciones a los tontos en globo. Los dirigibles y aeróstatos, pese a ser hoy minoría, también llegarán a marcar nuestros destinos. Algún día... No les quepa la menor duda.

jueves, 7 de agosto de 2014

Quiero o debo creer...

Que soy yo, y otros como yo, los que erramos en nuestros incendiarios diagnósticos nacionales. Siento verdadera admiración por quienes disfrutan de la alegría institucional cotidiana que se muestra impertinente en los «papeles», y que con afectación califican de normalidad democrática –aunque desconozco qué significa tal cosa–; por quienes rezuman sentimientos de fraternidad hacia las infidelidades y deslealtades de nuestro pueblo, y los disparates de sus gobernantes; por quienes se echan a la calle alborozados con banderas y vítores, engalanando calles y balcones, por la sucesión a la Corona, una boda o la celebración de unas elecciones, y todo ello con el mismo entusiasmo de unos chavales al abandonar las aulas al inicio de las vacaciones; y por los que vibran con una manifestación popular en bicicleta, una marcha por la vida, por la familia o contra el terrorismo, en la firme convicción de que su demostración habrá de cambiar los designios legislativos que marca una minoritaria progresía; así también, por esos que hablan con fe ciega de soberanía nacional y respeto democrático ante los desmanes de unos y de otros; y, en fin, por quienes alaban las andanzas de los que presidieron la Transición, afirmando convencidos que trajeron desinteresadamente una libertad y una prosperidad a España nunca antes vistas...

Tengo pues auténtica fruición en ver satisfechos a mis compatriotas por vivir en un país que elogian por ser moderno, serio, desarrollado y culto, pese o gracias a los premios Goya y el cine de Almodóvar, los porros que se fumaba Felipe González y el «botellón» inaugurado por el «Tiernismo», y donde una recurrida Constitución que pocos respetan, unos prometen, otros juran y otros no saben o no contestan, es el mayor logro de nuestra historia, incluidos esos «carchutos» jurídicos cuales son el «derecho a la autonomía de las nacionalidades», «la función social de la propiedad privada y la herencia» o «la libertad de empresa de acuerdo con las exigencias de la planificación».

Pero, sí, en un ataque de inusual optimismo –poco corriente en mí–, me voy a dejar embargar por la emoción de querer creer que la visión negativa que algunos –por ventura para los demás, los menos– poseemos de nuestro país, de nuestra nación y de quienes la habitan, de nuestras instituciones y gobernantes, de nosotros mismos y de nuestros semejantes, de nuestras costumbres y hábitos, de nuestras quimeras y utopías, de nuestra historia reciente, no es sino fruto de un efecto borroso y engañoso que a nuestras pupilas se muestra como un velo atornasolado y confuso que haya de impedirnos observar una más bella realidad.

Es terrible que algunos no hayamos de ver, tal y como dicen los optimistas nacionales de la marca España o del talante, de la Transición y de la normalidad democrática, el vaso medio lleno o medio vacío, sino que apenas seamos capaces de advertir siquiera que haya un vaso... Y quiero creer que en nosotros está cambiar las cosas; no resistirnos a la evidencia de las bondades que ofrece este paisanaje en lo económico, en lo político, en lo cultural y en lo que se haya de terciar; y, echarle fe y alegría; pues, quiero creer que son nuestros lamentos agoreros, nuestro errado empeño en buscar la verdad en la historia anterior y reciente, y ese enfermizo deseo de ser fieles a la decencia y a la sinceridad, los que perjudican la buena marcha que de por sí tienen las cosas del país, en ese fluir constante, suave y sin estridencias que nosotros –los «tristes»– nos empeñamos en no divisar.

Es así pues que, haciendo examen de «inconsciencia», enmendando la plana del denominado «realismo informado» y, eso sí, de muy mala gana –habré, al menos en esto, de ser sincero–, me propongo aquí cambiar de actitud e intentar transmitir a quienes como yo, sólo vemos nubes y tormentas donde debo creer que hay un sol resplandeciente sobre un cielo azul inmaculado, y que por las noches, la oscuridad se tornará azulada por la luz de los luceros y una luna siempre clara.

Me propongo, en fin, en este lance, desaprender la verdad para asumir verdades, renegar de la libertad para defender libertades, y ahuyentar a la justicia para proclamar derechos; balar pezuña con pezuña, desasirme de Huxley y de Orwell, y sumergirme en esa mayoría encantadora de este Brave New World que goza con el «soma» y el «cine sensible», y se somete gustosa a los cantos de los Ministerios del Amor y de la Verdad...

Para entrar en faena, debo creer que algunas de las mentes más brillantes, que ha arrojado esta tierra, no eran tales, por estar profundamente equivocadas; y eso va por Ortega, Maeztu, Unamuno, Baroja y tantos otros preocupados infundadamente por el devenir de este país. ¡Unos tristes!, como dicen las hordas progresistas de estos tiempos.

Debo creer, igualmente, que la monarquía en España ha respondido y responde al bien nacional, su soberanía e integridad, y que quienes portaron la Corona o la anhelaron, siempre actuaron por «España, siempre por España», y no por la perpetuación de unos derechos dinásticos.

De la misma manera, quiero creer que nunca la monarquía albergó el caciquismo ni el clientelismo, y que Joaquín Costa y su «cirujano de hierro» no eran más que unos exaltados.

También debo creer que la I y la II República fueron los bienintencionados proyectos de unos reformistas liberales que buscaban el bien y el progreso para España, y no medrar ni satisfacer sus intereses personales.

Debo creer que el general Franco se levantó contra la legalidad y el orden –no contra la ilegalidad y el desorden–, implantó un régimen tiránico –no un Estado de Derecho–, destruyó la bonanza y la prosperidad económicas que se vivían con la II República, y que España y los españoles le traían sin cuidado.

Debo creer que fueron cientos de miles, en verdad, los españoles que corrieron delante de los «grises», y que los que se atribuyen el título de perennes opositores al «Régimen» no mienten ni mintieron.

Quiero creer que la Transición fue fruto del consenso entre todos los españoles, y que quienes la gestaron, participaron y construyeron sólo buscaban la democracia y la libertad para España sin oportunismos ni revanchismos; sin rencor y sin ira.

Debo creer que Adolfo Suárez logró la recuperación económica de España y la paz social.

Quiero creer que el 23-F fue una locura urdida por un par de Generales que iban por libre, y un Teniente Coronel enloquecido.

Debo creer que Felipe González, Guerra, Rubalcaba y acólitos, fueron honorables hombres de Estado.

Quiero creer que los políticos y gobernantes de nuestra historia reciente han tenido como único empeño el servicio al país, el amor a España y la generosidad con el pueblo español.

Debo creer que Zapatero era un genio incomprendido.

Debo creer que el Partido Popular es liberal en economía y conservador en política.

Quiero creer que el PSOE algún día dejará de levantar el puño y de cantar la Internacional.

Quiero creer que somos un país moderno, avanzado y civilizado, donde la educación y el respeto a los demás presiden siempre cada uno de nuestros actos.

Quiero creer que somos un pueblo generoso con el éxito del prójimo, que aspira a lo superior y a la virtud.

Quiero creer que amamos y conservamos con denuedo nuestro patrimonio histórico y cultural, y nuestras hermosas tierras, costas y paisajes.

Quizá sea mucho creer, pero deberé creer que hay esperanza en España, pues algo de desconcierto se cierne sobre mí al descubrir que mi vecino, que celebra el 14 de abril cada año al ritmo del «Bella Ciao», haya izado la enseña nacional en su jardín y no la «tricolor»; acaso sea por la entronización de Felipe VI o por las «alegrías» de la Selección española... O no. Pero quiero creer que no es otro caso más de incongruencia y locura nacionales.

jueves, 22 de mayo de 2014

Sólo ellos se juegan algo

Muchas son las sandeces que se vienen diciendo en las últimas semanas sobre la importancia de las elecciones al Parlamento Europeo, o sobre lo que España y los españoles se juegan en estas elecciones, como si hubiera una relación directa entre la «inestimable labor» de los señores eurodiputados desde sus poltronas de Bruselas y Estrasburgo y las decisiones que hayan de tomarse a nivel nacional en materia de política económica, fiscal o presupuestaria, social o de otra naturaleza.

Oyendo a esos privilegiados cabezas de lista y candidatos a cobrar los ansiados emolumentos europeos, y a esos otros tantos capitostes, entre propios y extraños, espontáneos y asalariados, de la política y la economía de este nuestro tomillar hispánico, cualquiera diría que mañana habríamos de ver en La Moncloa –sí, bien digo en La Moncloa; no me he hecho ningún lío– a la Sra. «Valencio» (merecidísimo alias por su ya conocida frase sobre «lo mal que lo están pasando los pobres “ucranios”», y que tomo prestado a mi buen amigo Rubén Manso), diseñando la política exterior de este país, poniendo patas arriba la Sanidad y la Educación, o promoviendo un nuevo proyecto de ley del aborto más «progresista». Otro tanto cabría decir del Sr. Cañete que, un día sí y otro también, aparece disfrazado de agricultor, pilotando un tractor o una cosechadora, y esforzándose en hacernos creer que, como ganen estas elecciones los socialistas, España se va a la ruina, no podremos cultivar ni un calabacín y tendremos que darnos duchas frías para ahorrar energía. Su sucesora en el Ministerio de Agricultura no ha podido decirlo más claro, ni más torpemente: «Les dejamos el Titanic (a los socialistas), y nos devolvieron una patera». Desafortunada frase que quiere dejar entrever que si gana la Sra. Valencio y su lista, España volverá al despilfarro público y a la crisis. (Digo yo que querría decir eso, pues la metáfora del Titanic es como para confundir a cualquiera, antes y después de hundirse).

Confusión sin igual pues, que trasladada al ciudadano medio, ya no sabe de qué va esto de las elecciones europeas, y empieza a tomarse en serio a unos candidatos que parecen habrán de guiar los designios de la política de este país y del resto de Europa en un devenir altamente oscuro. Alarma nada justificada, pues los susodichos comicios pueden tener tanta repercusión para la política nacional y europea como renovar la junta de gobierno de una comunidad de vecinos o del casino en Pedregal de las Altas Torres, si lo hubiera y existiera tal localidad.

Esos 766 eurodiputados que padecemos del más diverso pelaje y procedencia –de los que sólo 50 son españoles, y de los que, probablemente, ustedes conozcan a uno o a ninguno, no obstante pagar sus sueldos, y de otros apenas sean capaces siquiera de pronunciar sus apellidos–, se reúnen de vez en cuando para emitir dictámenes y participar en ese complejo sistema legislativo –ajeno también a la mayoría de los españoles– que «administran» oportunamente la Comisión y el Consejo, por mor de ser los verdaderos cuerpos legislativos de la UE, antes y después de Lisboa (háblese del Tratado, no de la final de la Champions).

Puede afirmarse así, sin el más mínimo riesgo a errar en lo que hubiera de parecer una sorprendente exageración, que la Unión Europea podría seguir funcionando «perfectamente» con o sin Parlamento Europeo, como de hecho viene haciéndolo desde sus inicios; es decir, regulando desde la fecha de caducidad de los yogures al tamaño del código de barras del los productos del supermercado, no sin dejar de tirar el dinero de los fondos europeos en chorradas que tampoco los españoles llegarán a conocer nunca. Y eso es así, gane quien gane las próximas elecciones. No se engañen: ni control presupuestario, ni iniciativa legislativa, ni control sobre las políticas de la Comisión y sus miembros, ni mucho menos sobre las decisiones del Consejo y los suyos. Tal, sería un suicidio político para los gobiernos de los Estados miembros o la propia negación de sus «políticas» internas que se dirimen en los Consejos europeos y en los Consejos de ministros de la UE. El Parlamento no es más que un mastodóntico cementerio de burócratas locales con muy poca capacidad decisoria, al margen del ruido «legitimador» que, de tanto en tanto, puedan hacer los medios sobre cuestiones sociales de muy escasa relevancia. Vayan si no, y echen un ligero vistazo sobre los grupos políticos y listados de eurodiputados, sus actividades y trabajos: les resultarán no extraños, sino remotos.

Sin embargo, nos vienen machacando insistentemente con mensajes sobre la defensa de los intereses españoles en el seno de la política europea, como si estuviéramos eligiendo directamente a los 28 miembros de la Comisión –que casi nadie conoce, salvo por las ocasionales y disparatadas aserciones del Sr. Almunia o la Sra. Ashton– o aún, pese a ser imposible, del Consejo, por ser estos los ministros que todos conocemos y sobrellevamos desde hace dos años y medio, con nuestros más y nuestros menos de lunes a viernes.

El nombramiento de los futuros comisarios es otro magnífico engaño que quiere trasladarse a los electores, con cierto afán de legitimación democrática de este colegio de funcionarios. Oyendo a unos y a otros, parece entenderse que de lo que salga de estas elecciones al Parlamento Europeo dependerá la composición de la Comisión. Por si hubiera lugar a dudas, la Sra. Merkel, que no se anda con tonterías, ya ha dicho que se llegará a un gran acuerdo sobre los futuros miembros. Y eso es tanto como decir, que pese al lío de las urnas, las pancartas, los programas y los candidatos al Parlamento, la cosa anda ya más o menos pensada sobre quiénes serán los próximos comisarios. Algo por lo demás acostumbrado y natural desde que la Unión Europea existe, siendo los gobiernos de los países miembros, presentes en el Consejo Europeo, quienes realmente habrán de designar a uno u otro comisario.

Mas tampoco la elección de los comisarios garantizaría cosa alguna para la defensa de los intereses de España en la UE, pues no hay más que ver cómo el siempre levantisco Sr. Almunia, cada dos por tres, en un ataque de imparcialidad «proeuropeísta» de esos que le dan, pone a España a parir con cierta fruición.

Así las cosas, aquí los únicos que algo han de jugarse el próximo día 25, son los partidos políticos con sus listas, y sus ínclitos candidatos, todos en pos de unos sustanciosos ingresos a costa del contribuyente nacional y hoy alegremente europeo. Ni va a empeorar el cultivo del calabacín ni mejorará el déficit ni bajarán los impuestos ni las políticas sociales serán más «progresistas».

Hagan pues lo que quieran el domingo 25: voten a los de siempre o a los sobrevenidos, decoren ufanamente su voto con alguna consigna de descontento, absténganse o declárense medio pensionistas; sus vidas seguirán siendo iguales el lunes 26, y hasta las próximas «Generales».

miércoles, 12 de marzo de 2014

España ya no es soberana

En realidad hace tiempo que dejó de ser un país soberano. Pero no me refiero aquí a la cesión de soberanía realizada en virtud de tratados internacionales que nos vinculan a la UE o a organizaciones supranacionales de todo tipo y naturaleza, sino a la renuncia voluntaria efectuada, dentro del territorio nacional, a ejercer la soberanía que hubiera correspondido a cualquier Estado soberano dentro de sus límites fronterizos y aguas territoriales.

En efecto, hemos sido testigos en las últimas décadas de una dejación de nuestra soberanía que se ha reflejado en hechos insólitos que ponen en entredicho nuestra capacidad para defender el orden interno, la integridad territorial y la inviolabilidad de nuestras fronteras, y, en particular, en esa «denodada» lucha contra los separatismos, la inmigración, el terrorismo y las mafias internacionales.

Recientemente, quedamos estupefactos ante el hecho de que unos observadores, mediadores o verificadores internacionales –da igual cómo se les quiera llamar– aparecieran en la escena nacional con total naturalidad y desparpajo, siguiendo las instrucciones de un grupo de asesinos, con la connivencia del denominado gobierno vasco, y la sorprendente anuencia del Gobierno de la Nación –por omisión–, para certificar un supuesto «desarme» de ETA. Estos señores aterrizaban en España, se paseaban sin cortapisa alguna por las calles de Bilbao, y hacían declaraciones abiertas, sonriendo a la prensa, como si se encontraran en un país «intervenido» como consecuencia de un «conflicto internacional», y actuaran bajo mandato de Naciones Unidas o similar. Nadie se molestó en pedirles explicación alguna en su deambular por el territorio nacional hasta que la «pantomima» –como se han atrevido frívolamente a calificar algunos miembros del Gobierno– estaba ya consumada; y, curiosamente, ha sido mediante citación judicial, y sólo a efectos de que informaran sobre su encuentro con los terroristas. Huelga decir que dicha comparecencia no se hizo a instancias de la Fiscalía, como hubiera sido deseable, ni de ninguna otra institución de este nuestro Estado soberano, sino a petición del Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco. Lo cual chirría sobremanera con el entusiasmo con que la Fiscalía General del Estado se prodigó en la aplicación de la famosa sentencia de Estrasburgo «caso por caso».

Pero la cosa viene ya de lejos..., y tampoco entonces, en octubre de 2011, cuando se celebró en San Sebastián la denominada «Conferencia Internacional de Paz», anunciada a bombo y platillo, y amplia cobertura mediática, alguien se atrevió a poner freno alguno al asunto; y, de nuevo, cual país intervenido, los «delegados internacionales» se pasearon por este país con total tranquilidad y seguridad, mientras aquel Gobierno permanecía impertérrito, con alguna declaración del tono al que nos tiene acostumbrados el de ahora.

Resulta difícil imaginar que el Gobierno de la República Francesa, pongamos por caso, hubiese permitido la celebración de semejante circo dentro de sus fronteras, dejando que se pusiera en entredicho la sagrada soberanía del pueblo francés en asunto de especial relevancia para la seguridad e integridad nacional.

Y hablando de fronteras, no sin cambiar mucho de tercio: ya nos podemos ir acostumbrando a la idea de que, tarde o temprano, Ceuta y Melilla dejen de ser españolas. Marruecos sabe que somos incapaces de controlar las oleadas de subsaharianos que nos envían desde «abajo». La Unión Europea también. Y nosotros, no parecemos dispuestos a ejercer las presiones diplomáticas necesarias para que cesen semejantes avalanchas con el principal interlocutor y parte interesada en el desmán: Marruecos. Difícil es pensar que con unos cuantos efectivos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, a los que ni siquiera se les permite actuar, puedan frenarse los embates de centenas de inmigrantes lanzados al asalto contra unas vallas de metal. De nada sirve tampoco que con voz lastimera apelemos a la UE informándoles de que también son sus fronteras...; pues mal que nos pese, el problema es nuestro. Somos nosotros quienes debemos hacernos responsables de la inviolabilidad de nuestras fronteras y de nuestra integridad territorial. Por algo somos un Estado soberano; o deberíamos serlo...; aunque los hechos se muestren tozudos en demostrar lo contrario.

Cualquiera puede haber sido testigo de cómo en las fronteras de Ceuta y Melilla el rigor de la policía marroquí demora habitualmente en un par de horas la entrada y salida en su país a cualquier ciudadano extranjero –incluidos evidentemente los españoles que con frecuencia atraviesan la frontera–. Muy distinto es el panorama en los pasos fronterizos españoles, cuando se hacinan desordenadamente ciudadanos marroquíes con fardos de todo tipo, para hacer sus compras en Ceuta y Melilla o, simplemente, para pasar una jornada de asueto; especialmente, durante los fines de semana. Cuando las colas de vehículos y personas se hacen insostenibles, y los ciudadanos marroquíes empiezan a tocar la bocina y a lanzar improperios a la policía española, el control de pasaportes se relaja y los agentes, en plena desesperación, ceden ante lo que parece un motín en toda regla, dejando paso libre a los visitantes. La sonrisa cómplice de los agentes marroquíes tampoco se hace esperar ante lo que acontece...

No es que yo quiera poner en evidencia la labor de los agentes españoles, desbordados día tras día, por auténticas mareas humanas –y con verdadero poco margen de actuación–, sino, bien al contrario, el celo con el que la policía marroquí guarda sus pasos fronterizos en unos casos, y en otros no tanto. Sin duda, resulta difícil imaginar cómo miles de subsaharianos llegan a cruzar la frontera sur de Marruecos y atravesar el país entero, en columnas de doscientos o mil, sin la más mínima cortapisa policial. Y cualquiera puede dar fe de que la policía marroquí se emplea a fondo en sus labores... Sólo cuando llegan a la frontera española, en unos casos sí, y en otros menos, la policía marroquí decide o no actuar según las circunstancias. Esto es, cuando los subsaharianos entrados ilegalmente en Marruecos se encuentran ya encaramados a la valla española.

El resultado de todo esto, será como digo: «Si ustedes, autoridades españolas, no son capaces de guardar sus fronteras en Ceuta y Melilla, el Estado español tendrá que renunciar a su soberanía sobre las mismas. Pues no pueden seguir siendo los coladeros de la inmigración en la UE». Marruecos lo sabe. Y la UE es de presumir que también. El Gobierno de España no sé si se habrá dado aún por enterado o no...

Sea como fuere, un país que se debate con bastante poco éxito entre consultas independentistas, procesos de paz en los que no participa, terroristas y grupos políticos ilegales en sus instituciones, desórdenes callejeros de trascendencia mediática mundial, además de ser paraíso de mafias organizadas e islamistas radicales de todo orden y pelaje, y que no es capaz de guardar sus fronteras, y con cierta dificultad defender sus aguas territoriales, es de temer que no sea un Estado soberano, ni pueda serlo. Quizá lo mejor será que nos intervengan. ¿Se han planteado alguna vez ser como Gibraltar?

jueves, 20 de febrero de 2014

Soy culpable

Sí, soy culpable, entre otras cosas, de una subida generalizada de impuestos. Gracias a mí España sufre un saqueo tributario cercano a la confiscación que machaca a las clases medias, y a las que lo han dejado de ser, por mi empeño en un sinfín de medidas progresistas de lo más ocurrente, y de las que, por cierto, ando tremendamente orgulloso; pues tales son motivo de felicitación, jolgorio y jaleo entre esos sabidillos del BM, el FMI y la UE, que son a las previsiones macro, lo que la FED y el BCE a la disciplina monetaria; y con el mismo acierto.

Primero fue el IRPF sobre las rentas del trabajo, con unas retenciones para quitar la respiración. A todos los ricos –la mayoría de este país– que cobran entre 17.000 euros y 53.000 euros, les he metido de un 17% a un 40%. Por eso de redondear y ser equitativo, pensé en un 17% y un 53%; pero me descabalaba los números para los ingresos superiores a 100.000 euros. ¡Qué alegría pensar que hubiésemos podido llegar al 100%! No pudo ser, y así a los que ganan más de 300.000, me he conformado con levantarles un 52%, que no está nada mal. Cualquiera diría que mi intención es que terminen por desistir de ganar tanto dinero, o cuando menos de declararlo..., y es cierto; resulta insultante y obsceno que declaren tales sueldos. Con un poco de suerte también les convenzo de que dejen de trabajar; ya les vale trabajar más de la mitad del año, sólo para pagar impuestos.

Mi siguiente gran objetivo han sido los autónomos, empeñados en sobrevivir con el autoempleo, y mantener este país con trabajillos de tres al cuarto y unos sueldos de risa. Dan una imagen lamentable... Por lo pronto, les he metido del tirón a todos los profesionales liberales una subida en las retenciones de 6 puntos: del 15% al 21%; adecuando convenientemente el tipo de IVA para que no se hagan líos en la facturación (también al 21%). Y no contento aún, para que se vayan haciendo a la idea de que esto no es jauja, se me ha ocurrido colar de tapadillo un incremento de un 20% en las cotizaciones a la Seguridad Social a todos aquellos que además ejerzan funciones de administrador, en esas empresitas de «Yo-mismo S.L.» que no pasan de un trabajador; total sólo son el 50% de las PYMES españolas... A los demás, y a aquellos insensatos que hubieran tenido la ocurrencia de contratar a más de diez trabajadores, ya les había advertido en los PGE de este año, así es que no tienen motivos para quejarse. Este es el modo en que yo premio el esfuerzo por el empleo.

Pero como esto de los autónomos es mi gran obsesión, no he podido reprimir los impulsos de castigar su pertinaz actitud; con lo que me he cargado el IVA reducido y les he zumbado una subida generalizada del IVA de 13 puntos a peluqueros, floristas, cines, teatros y funerarias. El resto, como ya se habían acostumbrado durante unos meses al 18%, en nada había de importarles que les subiera al 21%; aunque como tenía bastantes ganas de fastidiar, se lo hice a mitad del tercer trimestre (con fecha 1 de septiembre), en eso de complicarles un poquito la contabilidad y las declaraciones del 303, del 390 y del 347 de 2012. Un pequeño error, y ¡zas!, sanción que te crió. ¡Qué mala leche tengo!

Al resto de los mortales; esto es, las familias y otros indeseables sustentadores del Estado. Esos que van a los centros comerciales los domingos, al cine entre semana, de vez en cuando a la peluquería y, además, tienen la mala costumbre de ponerse enfermos y morirse, también se las estoy haciendo pasar canutas con estas subiditas del IVA. ¡Aquí no se libra nadie! Así, además de todo lo anterior, de paso, les he incrementado el precio de la luz, el teléfono, la gasolina, la adquisición de la vivienda nueva, y de todos los bienes de consumo...; ¡ahí es nada!, hasta el material didáctico escolar. Todo al 21%, como tiene que ser. A la hostelería sólo le he metido dos puntitos más y el fútbol ni lo he tocado, ¿cómo pueden decir que no me preocupo de las familias?

Mas como, la verdad, es que aún me parecían poco progresistas las medidas acometidas para desgraciar definitivamente al personal, me he cebado también con los premios de las loterías del Estado y el ahorro. Las loterías: 250 años de historia «repartiendo ilusión», y en su glorioso aniversario le he metido un 20% de retenciones a los premios de más de 2.500 Euros...; y luego, a declararlo en la renta, como es natural. Se acabó eso de que en el primer año no se tributaba ni un duro, y en los siguientes sólo se venía tributando sobre el patrimonio y los rendimientos generados.

En estas, el ahorro no podía ser menos. No soporto el ahorro, como buen socialdemócrata que soy. Así, siguiendo la estela keynesiana, y para fomentar el consumo y la inversión, que previamente me he fulminado subiendo el IVA, le meto otro 21% de retenciones. Como es natural también.

Mi afán recaudatorio me ha llevado incluso a implantar las tasas judiciales... ¿Quién lo iba a decir? Total en ayuntamientos y comunidades autónomas, existen tasas hasta por recoger la basura –con huelgas incluidas y sin servicios mínimos–. Acerquemos la justicia pues a la realidad de la calle, papeleras y contenedores.

Sin embargo, temo haberme extendido demasiado en mis proezas tributarias y de economía doméstica, dejando de lado esos otros asuntos importantes de los que también habré de ser culpable, y con mayor pesar.

Sí, sin duda, me declaro culpable de la excarcelación de presos etarras, y de otros que debieran permanecer, por sus atrocidades, el resto de su vida en prisión. Aquí no se me ocurre chanza que hacer, ni procede, pues es asunto que me disgusta mucho. Como también me disgusta que el aborto haya rebasado esa franja de la despenalización para convertirse en derecho, no de la víctima, sino del agresor, amparado por unos «supuestos», torticeros y engañosos, que habrán de seguir permitiendo la comisión masiva de un acto atroz sin límite alguno; como si ninguna ley hubiera.

Soy, en fin, culpable de mucha infelicidad entre los españoles, que ven que ni la más alta institución se libra de la corrupción, y que lejos está de ponerse coto a este mal que nos esquilma la bolsa y la vida. No he contribuido a mejorar la honestidad de los políticos, ni a mejorar la imagen de España. España, o lo que queda de ella, está aún más dividida por reyezuelos territoriales que miran sólo por sus intereses, y que sólo arrojan odio y rencor sobre sus semejantes. He conseguido lo que muchos no creían posible: que los que se sentían españoles esquiven hoy el orgullo de serlo...; casi es mejor que le tomen a uno por otra cosa.

Pero para mayor disgusto de todos, lo que me he cargado sin remedio es la ilusión de muchas buenas personas, que ven que esto no tiene buen ni fácil remedio, pues he propiciado ese «más de lo mismo» que agota las conciencias y el ánimo de la gente honrada.

Sigue habiendo cinco millones de parados; a los pensionistas les he subido dos euros al mes; las empresas grandes y pequeñas siguen cerrando (unas 30.000 más), y los pequeños negocios también; los ERE proliferan por doquier, especialmente entre las empresas más emblemáticas; no he hecho nada por mejorar la educación ni la sanidad, sino que he detraído recursos...

No soy Mariano Rajoy ni diputado o senador del Partido Popular, tampoco Ministro o Secretario de Estado, ni ejerzo responsabilidad gubernamental o administrativa alguna, pero ejercí mi derecho de voto el 20 de noviembre de 2011, y erré. Erré sobremanera. Nunca pude imaginar que mi voto en unas elecciones generales pudiera llegar a provocar tanta desazón, ni tanto pesar... Pido perdón, por tanto, pues soy culpable, con aquel voto, de que el actual Gobierno goce de mayoría absoluta y haya de dirigir nuestros destinos dos años más. No habrá un tercero, se lo puedo asegurar. No con mi voto.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El ínclito pelmazo

Dos minutos es poco tiempo, pero pueden llegar a parecer una eternidad si uno cae en las garras de algún pelmazo, o de una pelmaza. No les diré nada, si ese breve espacio de tiempo se convierte en dos años, en cuatro o en ocho, y son varios los pelmazos y pelmazas intervinientes. Parece inimaginable el suplicio que aquí se propone, pero lo cierto es que ahí está la vida política española y el Gobierno de España, con sus ínclitos e ínclitas, pelmazos y pelmazas; día a día, semana a semana, mes a mes, así hasta completar los dos años enteros que llevamos de insoportable tortura; con cada Consejo de Ministros, con cada sesión parlamentaria, con sus mítines de partido, fundaciones, congresos ordinarios y extraordinarios, provinciales y autonómicos, comités ejecutivos, entrevistas y ruedas de prensa, paseos por los juzgados, noticiarios y titulares... Hay que reconocerlo, Mariano Rajoy y Cía., ha conseguido –quizá antes, y con mayor destreza, que ninguno de sus predecesores– que todos sus votantes, ya los propios y convencidos, ya los extraños, arrastrados al voto por la fuerza de las cosas, hayan terminado hasta el tupé de su figura; imagino que no menor hartazgo sentirá el resto de los mortales, aunque el no haber votado al ínclito en cuestión debe relajar bastante.

Y es que si pensábamos que lo habíamos visto todo, o casi todo, con el otro ínclito y bobo de solemnidad, ha quedado harto demostrado que no; que aún nos queda mucho por ver y padecer... Basta con echar una ojeada al «personal» de la Oposición y a los grumetes genoveses, para darse cuenta de lo que habrá de advenir, antes o después, cual siniestro sino de este ya claramente degenerativo trasunto democrático y constitucional. Penoso panorama nacional el que se garabatea, con traspaso de Corona en ciernes y desmantelamiento territorial incluidos.

En el entretanto da la impresión de que el susodicho ínclito habrá de dejar el listón de los pelmazos muy alto; o, por lo menos, parece ser esa su intención. Ya entre sus incontables «virtudes», salta a la vista que está esa capacidad suya para desesperar y hacer perder los estribos a cualquiera, con sólo asomar la barba por la esquina. Desconozco si se trata de una de esas «virtudes» innatas que se le atribuyen –algunos hablaban de prudencia y templanza, en los tiempos del omnipresente «cuaderno azul»–, o si por el contrario es algo que se ha ganado con el esfuerzo y tesón que supuestamente le caracterizan –acaso aburrimiento, puro aburrimiento–, pero resulta insufrible, por insistente, persistente y reincidente, en sus desaboridas apariciones e intervenciones, sus desafortunadas disculpas y desdichos, sus torpes medias verdades y mentiras enteras.

Curiosas «virtudes» estas las suyas. Y algo de contagiosas deben tener, viendo quienes le rodean... O acaso sea que haya preferido asistirse de iguales «virtuosos» que él, para recibir el título de «primus inter pares molesta»; o lo que, sin necesidad de pisotear el latín clásico, se esculpiría en su pedestal con cercano romance: «el primero entre los pelmazos». Claro está que ni sus ministros ni ministras ni sus pares de partido (ínclitos e ínclitas) le superan en título, pero ciertamente le quedan bastante cerca en «gracias» y en «virtudes». (Parece ser ya costumbre que presidentes y capitostes políticos no se rodeen sino de quienes les son más parecidos, afectos y próximos en proceder; no fuera que alguno les pudiera hacer sombra).

Mas si alguna de las insanas «virtudes» citadas hubiera de destacarse como esencia de estos dos interminables años de Gobierno de España, sin duda habría que inclinarse por esa capacidad demostrada para contar mentiras y desdecirse. Antes que nada, y por encima de todo, las mentiras y desdichos del ínclito; al tiempo que gusta lucir la armadura, túnica y toga de la regeneración política nacional. Hoy sabemos que sólo es cosa de carnaval. ¿Recuerdan el pertinaz discurso «moralizante» con el que venía encendiendo la calle, un día sí y otro también durante ocho años de oposición? «Pancartero» terminó apodándole la izquierda, ¿quién lo iba a decir? Pues fíjense que por las mismas razones que entonces animaba a salir a la calle, hoy el ínclito intenta convencer de lo contrario. Ahí quedó todo, en un puro baile de máscaras, gigantes y cabezudos. Y si no, ¿qué fue de aquella lucha abiertamente denodada contra la «vergonzosa» negociación con ETA y su presencia en las «instituciones», la «terrible» ley Aido, la «inconstitucional» ley sobre el matrimonio homosexual y sus «terribles» efectos sobre la adopción, la «adoctrinadora» educación para la ciudadanía, la «represiva» ley antitabaco, la «generalizada» corrupción, las «injustas» subidas de impuestos...? ¿Dónde quedó aquel rimbombante discurso sobre el endurecimiento de las penas para los asesinos? (Hasta la cadena perpetua se llegó a pedir para los terroristas...) Y, ¿qué me dicen de aquella encendida defensa por la ley y la libertad, el respeto a las víctimas, la familia y el menor, el nasciturus...? Pero, ¡por Dios! si no fuera por Mariano Rajoy y el Partido Popular, España sería Sodoma y Gomorra... «¡Estamos salvados!», se empeñan en transmitir desde Génova y Moncloa las «jaleantes» secretaria general y vicepresidenta, tan atildadas siempre ellas.

Y el tándem De Gindos-Montoro haciendo lo propio, en ese «tanto monta, monta tanto» tan particular: «No nos han rescatado. ¡Gloria para Nos!». Y así, de paso, queda también olvidado aquel otro académico discurso sobre la reducción del gasto público, la bajada de impuestos, la disminución de la estructura administrativa y su racionalización, la reforma de la financiación de los partidos políticos y afines, la reducción de los costes laborales y las trabas administrativas, la simplificación tributaria, el mantenimiento de las pensiones... «Las claves de la recuperación», decían... Pero de lo dicho, más bien poco; puras comparsas y chirigotas para animar el cotarro electoral, o si no, ¿qué? ¿Aún alguien tendrá la barba de afirmar que lo anterior se ha cumplido con las cuatro reformitas que han animado el BOE en los últimos meses? Eso sería tener mucha cara; más que barba.

A más de un acólito economista se le deberían de haber subido los colores, visto lo que en realidad se ha hecho. Sin embargo, bien al contrario, alguno incluso se atreve a llamar imbéciles al ochenta por ciento de los españoles por no palpar como evidente una recuperación que, al parecer, está delante de nuestras narices. ¡Ay! Esos recurrentes brotes de invernadero y luces de linterna en medio del túnel... «Los mismos idiotas que antes decían que no había crisis, son los mismos que ahora no ven una tan clara recuperación», alegan sus eminencias académicas próximas a Génova 13. Y mal que nos pese al resto –ese siempre «alarmista» y «pesimista» tanto por ciento de españoles–, nos quedaremos con el calificativo de «antipatriotas» del anterior Gobierno de España, y con el de «idiotas» o «imbéciles» del actual. (No es de extrañar que Solbes haya elegido esta propicia coyuntura «intelectual» para publicar sus memorias).

Mentiras y desdichos que hablan de «no destrucción» de empleo, «mejora de la balanza comercial» y superávit de la balanza por cuenta corriente, bajada «moderada» de precios, subida «moderada» de salarios, y de un «moderado» crecimiento del 0,1% que, de un día para otro, «confirme» el final de esta segunda recesión... Pocos hablan, sin embargo, de la destrucción de más de 60.000 empresas en lo que va de año; ni las más emblemáticas harán palidecer los brotes verdes ya anunciados. ¡España va como un tiro!

Mentiras y desdichos que le han privado al ínclito, y a su triste figura, de la poca gracia que quizá en algún momento tuvo. Ya no le queda ni el erguido cigarro habano; sólo esos gestos tan faltos de convencimiento, entre muecas infantiles de llantina, que acompañan a su pobre discurso moteado de esa repetida, sorprendente y paradójica pregunta suya: «¿Verdad...?»

Ciertamente, ya apuntaba maneras cuando en plena euforia electoral acusó al «malvado» José Luis Rodríguez Zapatero de robar las «chuches» a los niños. Aquella fue una fenomenal majadería, y una frivolidad de tantas, que debería haber alertado a los españoles sobre lo que habría de venir; pero no fue así... Y el siguiente será peor; se lo garantizo. Sólo queda por saber si competirá por el título de bobo solemne o por el de ínclito pelmazo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La sombra de los analistas

Visto lo que acontece casi a diario en el mundo, es difícil no preguntarse si el nivel de incompetencia gubernamental occidental y el número de crisis internacionales, no estarán directamente relacionados con la proliferación, y el nivel de especialización y tecnificación, de los denominados «analistas expertos» que, de un tiempo a esta parte, asesoran e informan lo que se conoce por ellos mismos como el «núcleo duro de la política»: defensa, economía y relaciones internacionales. Deificados por esa protociencia de altos vuelos, tan de moda en el último medio siglo, que tiende a obviar los hechos y acontecimientos históricos en beneficio de métodos sociológicos de análisis, estos fontaneros del «decision making» aparecen siempre en escena –interpelados o no– con opiniones de lo más variopintas, armados de complejos sistemas de predicción, técnicas proyectivas, patrones y modelos de comportamiento, estadísticas, parámetros para la cuantificación de lo cualitativo, diagramas de flujo y conceptos la mar de rimbombantes; pero con un exótico conocimiento de la Historia, un curioso bagaje cultural e intelectual, y un infrautilizado «sentido común», que seguramente desprecien por estar reñido con su desbordante genialidad, imaginación y temeridad.

Mas lo realmente extraordinario de estos profesionales de la debacle, es que, al igual que alumnos imposibles, por alguna extraña razón, al sumar dos y dos obtienen siempre algo parecido a tres coma tres período, en lugar de cuatro. Y siendo irrealizable desvelar el modo en que hayan de llegar a semejante carambola, sólo cabe asumir que, en su inmenso prurito de analizar las cosas, a fuerza de ver el dos y el dos, lleguen al consiguiente de que no sean dos ni dos, sino otra cosa distinta; y acontezca así el temido desenlace: que el cuatro tampoco es un cuatro. Lo cual es harto preocupante...

Con tales virtudes de cálculo, no es pues de extrañar que estos simples observadores de situaciones, hayan pasado a convertirse en los funestos promotores de crisis que fatalmente han venido asesorando los designios del mundo durante los últimos setenta años. (Con la perplejidad que despierta, es difícil no recordar aquí Lessons in Disaster; ese conocido análisis que realizara un analista sobre la arrogancia de otro analista por una diferente valoración y análisis de la guerra de Vietnam. Los dos, desde la camaradería del desastre: una especie de Tom y Jerry, pero con aire más grave).

Hinchados de flatulencia académica, se les puede ver habitualmente deambular por las salas de prensa, gabinetes presidenciales, departamentos ministeriales –mayormente, el de exteriores– de todo Occidente; así también por los consabidos foros internacionales, bajo cuya responsabilidad y lema reposa eso que encuentran placer en denominar «paz mundial», cual si de refrescante bebida de cola se tratara. En estas, suelen gustar de hacer sus pinitos mediáticos con artículos de gran repercusión pública, ora de un optimismo enfermizo, ora portadores de los peores augurios...; nunca aburridos.

Y, mal que nos pese, sus erradas adivinaciones paracientíficas sirven de ceba para la rumia de decisiones por esos «grandes líderes» que padecemos, cuya capacidad y criterio deberían suscitar también importantes dudas –pese a la infalibilidad del sistema democrático y la alegría de sus votantes–. La altura del recién estrenado tándem Obama-Hollande hace bastante previsible el resultado y la forma en que hayan de abordarse determinadas cuestiones..., si la Providencia no lo remedia. No habremos, sin embargo, de quitar tampoco importancia a las altas instancias democráticas de cooperación intergubernamentales, en esta magnífica confabulación contra el orden internacional; la Asamblea General de Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad son un magnífico ejemplo de acierto en el modo en que pueden empeorarse las cosas –siempre que sea posible– con la adopción de una mera resolución.

El drama árabe, calificado de «Primavera», por un grupo de analistas exaltados que, en pleno ataque de optimismo, terminaron por considerar que se trataba de la «Arab democratic revolution», similar, según sus percepciones ahistóricas, a la caída del muro de Berlín o a los movimientos revolucionarios europeos de 1830 y 1848, dan muestra del nivel de disparate al que se puede llegar con un magnífico expediente académico. El cóctel de sandeces que se ha podido desparramar, desde entonces, a través los medios, no ha sido menor que la macedonia de chorradas servida por organismos internacionales y departamentos gubernamentales de todo Occidente.

Mal está que sin profundizar lo más mínimo en los movimientos populares de intenciones dudosas surgidos en el Norte de África y Oriente Medio, se traslade sin más ambages, prescindiendo de cualquier vínculo político o cultural, el término «Primavera», surgido en Europa en los años sesenta en Checoslovaquia («Pražské jaro»), además de ser un fenomenal anacronismo. Pero aún es peor que dicho término se inserte históricamente en los movimientos liberales europeos de 1830 y se mezclen con las revoluciones sociales de 1848 («año de las revoluciones» o «primavera de los pueblos»), no sin pasar por un inexplicable paralelismo con el proceso que llevara a la caída del muro de Berlín en 1989...

Recientemente en un artículo –sin duda ocurrente–, una recién aterrizada «analista», comparaba la frustración actual sentida por los egipcios, con la frustración de los españoles que reclamaban la vuelta al trono del «Deseado» Fernando VII... Vayan ustedes a saber cómo, deambulando por los vericuetos de la Historia, se puede llegar a semejante dictamen patológico.

En este clima confuso de «diga lo que le venga en gana», nadie parece reparar en las sacudidas islamistas de los últimos 30 años, ni por qué han sido tan violentas, ni a qué responden; tampoco cuáles han sido sus fuentes de financiación y apoyo, antes y después de la desaparición de las relaciones Este-Oeste; ni del efecto que Huntington advirtiera y otros trivializaran con juegos de palabras sobre civilizaciones. Todos parecen haber olvidado también –o quizá prefieran no recordar– que los regímenes de partido único, laicos y filosoviéticos del mundo árabe –y «no-alineados»– han contenido durante décadas el islamismo radical, mientras Estados Unidos y Occidente mantenían –digámoslo así– una cierta actitud ambigua.

Todo ello precisamente –y difícilmente por casualidad– en aquellas áreas donde se han venido produciendo esa serie de graves acontecimientos que algunos «analistas expertos» no han dudado en calificar de movimientos populares «democráticos» y «espontáneos» –pese a los estragos–, sin molestarse en discernir siquiera las motivaciones subyacentes; que las habrá... Como tampoco han dudado en incluir bajo un mismo fenómeno, países que son política, cultural y geográficamente dispares, y aún con una concepción del Islam y tradición musulmana diferente: Túnez, Libia, Egipto y Siria; y, alguno más atrevido, hasta Turquía...

No hace mucho, un amigo me recordaba cómo todo el Imperio Británico era administrado por «cuatro personas» –entiéndase: un ministerio de los del siglo XIX–, y acaso sólo por una, pero con la mente clara, y sin estar asesorada por «analistas expertos»; eran los tiempos de Gladstone, pongamos por caso. Y quizá nadie conozca aquellos tiempos convulsos de los denominados por el profesor Jover los otros «noventa y ocho», ni las postrimerías del Imperio Otomano, ni los motivos de la forzada invasión de Egipto en 1882 y del Sudán en 1885, ni sepan quién eran Ismail y Arabi Bei en Egipto, o los generales Hicks, Gordon y Kitchener que hubieron de enfrentarse a Muhammed Ibn Abdallah, El Mahdi, en su proclamada guerra santa por todo el Sudán. Mucho hace de eso: Gran Bretaña protegía Egipto; y Egipto protegía el Canal, además de a los cristianos de Egipto y del Sudán. Antes y ahora: dos más dos son cuatro; y no tres coma tres período.

Pero, no hace falta, empero, irse tan lejos para darse cuenta de que lo que viene sacudiendo los pilares del mundo, desde el Norte de África a Oriente Medio, no son precisamente primaveras praguenses, ni liberalismos decimonónicos, ni «diluvios» del 48, ni democracias sociales... Hace mucho menos tiempo –tan sólo 20 años–, Argelia tuvo que enfrentarse a la peor crisis de su historia reciente, aún no superada totalmente. Una serie de manifestaciones populares en 1988, igual que hoy en otros países, dieron pábulo a una serie de reformas políticas que terminaban formalmente con el régimen de partido único del histórico FLN. Sin embargo, la apertura del sistema produjo la «legalización de facto» de facciones islamistas radicales, que se agruparon bajo el popular Frente Islámico de Salvación (FIS). El FIS ganó en la primera vuelta de las elecciones legislativas de diciembre de 1991, alarmando a las autoridades y al ejército, que reaccionaron inmediatamente anulando las elecciones e ilegalizando el FIS. Poco después, se inició un período de inestabilidad que se caracterizó por una serie de graves y sangrientos disturbios civiles, que derivarían en una auténtica guerra civil. Argelia quedó aislada internacionalmente, y sometida a un embargo de armas, siendo incapaz de convencer al mundo exterior de que los grupos islamistas armados (EIS y GIA) eran los verdaderos culpables de impedir la transición democrática, y de que aquella guerra formaba parte del terrorismo internacional. El resultado de aquel dramático período: 200.000 muertos, la mayoría civiles.

Es sorprendente que, pese a la cercanía de estos acontecimientos históricos, no se sepa diagnosticar correctamente el drama que se está viviendo en Egipto y Siria, y que Occidente se decante por hermanos musulmanes y facciones islamistas sirias, en lugar de por gobiernos que vienen garantizando la paz y el statu quo durante décadas. Pero aún lo es más, el perverso juego de conceptos en el que se encuentra inmersa la opinión pública mundial, al no dudar en calificar de demócrata y víctima al agresor, mientras que se le califica de dictador y verdugo al agredido.

«La ausencia de sentido histórico –escribía el profesor Jover– supone incapacidad para percibir la situación histórica en que uno se encuentra inmerso, el propio presente, como parte de un proceso continuo del cual somos herederos y de cuya continuidad, tiempo adelante, somos y debemos sentirnos responsables».

martes, 2 de julio de 2013

Sistema o virtud

Parece que la Historia no nos enseña nunca nada, no leemos a los clásicos o, sencillamente, como «enfants terribles» que somos, odiamos la idea de caminar «a hombros de gigantes». Quizá nos hayamos entregado al «especialismo» de esas «novedosas» obras científicas (de política, economía, sociología...) que tienden a la parcelación de todo conocimiento, y apenas seamos ya capaces de observar los objetos si no es desde la cercanía del microscopio. Seguramente, esto último, sea lo más probable...; y, perdiendo la distancia de la visión general de las cosas, con pertinaz insistencia nos empeñemos en dar la razón a aquellos «eones d’orsianos» que hayan de interponer siempre, entre nosotros y el devenir inmediato, la misma piedra con que tropezar... Acaso estemos condenados a «piétiner sur place», una y otra vez, con igual asombro y torpeza, sin avanzar un solo milímetro.

Las crisis, de la naturaleza que sean, ya política ya económica, no son nuevas, como tampoco el fin de una civilización o el agostar de una cultura. Cegados por el «cortoplacismo» de lo urgente, miramos hacia adelante y nos olvidamos de mirar atrás. En aquellas razones y causas que llevaron al declive, a la decadencia; ese constante deambular histórico entre lo clásico y lo barroco. «Díez del Corral –escribe el Profesor Negro Pavón– observó hace tiempo el cambio del sentido del mito en la época moderna, sugiriendo la aparición de una nueva mitología. Los mitos clásicos miraban al pasado, ahora el mito mira hacia el futuro, invirtiendo su función». Es el mito de lo nuevo.

Ciertamente, soplan vientos nominalistas con olor a nuevo: muchas son las voces que, insistentemente, claman por un cambio; pero... ¿qué cambio? ¿Un cambio de régimen? ¿Un cambio de sistema? ¿Acaso no está ya todo inventado...? Cuando se habla de república o monarquía, democracia participativa o representativa, sistemas presidencialistas o parlamentarios, listas abiertas o cerradas, sistemas bicamerales o unicamerales, centralización o descentralización, sistema federal o confederal, y aun regional o autonómico... ¿No es acaso todo la misma cosa? ¿No está a la vista de todos, un elenco interminable de regímenes y sistemas políticos, a lo largo y ancho del mundo..., y de la Historia? ¿Qué hace de nuestro sistema actual tan terrible frente a los demás? ¿Qué inclina a pensar que la opción ajena «b» o «c» será mejor que la propia «a»?

Señalaba Ortega que basta con echar una ojeada en derrededor nuestro para darnos cuenta de que lo que sucede en otros países, no es muy distinto de lo que acontece en el nuestro: «Eadem sed aliter: las mismas cosas, sólo que de otra manera».

Algo está carcomido y se derrumba sin remedio desde hace décadas –quizá un siglo ya–, y no es algo que afecte sólo a nuestro país: la corrupción, el clientelismo, los abusos de poder, el desprecio por la legalidad...; la tiranía, en fin, avanza sin mesura por la senda de lo político, invadiendo todo orden de vida, humana y divina. Allí donde el poder no reconozca la existencia de límite u ordenamiento superior alguno, y cuya legitimidad y finalidad última respondan únicamente a su propia supervivencia, existirá tiranía. Hoy todas las miradas se centran en nuestro señor el Estado, pero el problema es mucho más profundo; está mucho más arraigado... El tumor, el absceso, se ha instalado también en el individuo, en el ciudadano, en el cuerpo social; en eso que con tanta insistencia se hace llamar la «sociedad civil», como si de miembro amputado de «Aquél» se tratara.

Si, en efecto –como se dice–, el sistema o el régimen político fueran la clave, ¿cómo puede explicarse que aquel sistema parlamentario que diera a luz a un gran Churchill, fuera el mismo que abandonara la Gran Bretaña a un débil Chamberlain? ¿Cómo entender que la democracia tuviera como hijo a un Hitler? ¿Cómo asumir que los contrapesos del sistema de separación de poderes, que tantas veces se arguyen como salvaguarda de la democracia, dejaran hacer a su antojo a un Johnson o a un Nixon? ¿Cómo aceptar que las libertades y los derechos civiles, tan bien guardados por la perfectísima Constitución de los Estados Unidos, hayan sido pisoteados con tanta facilidad por las últimas Administraciones...?

¿Acaso no son las personas las que imprimen la diferencia? Y aun, ¿qué es lo que hace de unas personas mejores que otras? ¿Acaso existen los «mejores»? Y, en su caso, ¿dónde está la clave de lo «mejor»?... Es ésta referencia que nuestra cultura, lamentablemente, ha perdido por completo, al demoler la idea de virtud; la vieja «virtus», de donde arranca toda nuestra secular civilización. Pero, ¿qué era la «virtus»? «En la mentalidad romana –escribía D. Antonio Fontán en su Humanismo romano–, la virtus es un valor moral central y prácticamente absoluto que justifica la historia –ne virtutes sileantur–, suscita la admiración, inspira la conducta de los contemporáneos y de los venideros y se halla situado en los tiempos de los antepasados –maiores–: con lo cual la conexión temporal de las generaciones cobra vigor y se transforma en una estructura profunda y permanente de la historia». Pesaba mucho lo tradicional –la «memoria» transmitida por los «maiores»–, con toda la carga de la «virtus», y en todos los órdenes; también, y especialmente, en lo político.

Gracias a la «virtus» –compendio de virtudes singulares comunicadas todas entre sí, según la feliz definición ciceroniana– se han forjado las grandes naciones universales, ligando comunidad e individualidad (la «concordia»): así, la «libertas» –como opción y facultad de sacrificio y de renuncia; generosidad–; la «diligentia» –el deber de cuidado de lo propio y lo ajeno–; la «pietas» –la devoción para con la patria, la familia y los maiores–; la «humanitas» –benignidad y clemencia con el adversario–; la «fides» –la lealtad y el compromiso–; la «honestas» –la respetabilidad, la prudencia y el decoro–; la «amicitia»..., pues «sólo se conoce bien con el corazón», como nos enseña el bello relato de Saint-Exupéri (Le Petit Prince).

A los «mejores» se les reconoce por guardar, defender y representar, mejor que ningunos otros, tales virtudes; que no son, desde luego: la astucia, el engaño, la mentira, el fingimiento, la ambición, la codicia, el egoísmo, el desdén, la soberbia, el cinismo..., tal y como se prodiga con cierta fruición desde la ocasión –que no la oportunidad, «opportunitas»– de nuestro tiempo.

Cuando el compendio de virtudes se desmorona o pervierte, desapareciendo la adhesión de la comunidad («communio») a ese sagrado código de convivencia, entonces no habrá sitio ya para los «mejores», para los «egregios», para los que saben tener obligaciones no nacidas de ley, y desaparecerá esa sublime ligazón entre comunidad e individualidad que es la «concordia».

Por consiguiente, la fe en el sistema no puede ser la clave. Los sistemas no son sino máquinas abstractas que se suponen perfectas, pero que no lo son, y que, por predicarse infalibles en sus múltiples engranajes, terminan por eximir de toda responsabilidad a las personas que lo integran: «Es el sistema el que ha fallado...», ¿cuántas veces habremos oído semejante aserción, como excusa de gobernantes y gobernados? El culto contemporáneo a lo técnico ha pretendido mecanizar a la perfección la insaculación –que no la elección– de los «mejores», cayendo en la necedad de confundir «valor» y «precio», según los famosos versos machadianos.

viernes, 14 de junio de 2013

De la función pública

Dedicado a quienes poseen verdadera vocación de servicio al administrado; los menos, ciertamente. Pero haberlos, «haylos». Conozco a tres...

Nunca antes la función pública gozó en España de un mayor reconocimiento y prestigio que en los tiempos que corren... Todavía están frescos en mi memoria aquellos personajes tristemente cómicos (covachuelistas, oficinistas o empleados), marginados y marginales, casi entrañables, que dibujara Forges en los setenta, ridiculizara el cine español en los sesenta y cincuenta, y despachara a gusto nuestra literatura decimonónica, con aquellos grisáceos tonos costumbristas y de cesantes retratados por Galdós, Mesonero Romanos y Larra.

También es cierto que tampoco antes la Administración Pública hubo alcanzado semejante desarrollo, ni tan ufano esparcimiento como el actual. Hoy cabría preguntarse no ya quién es funcionario, sino quién no lo es. El sucedáneo y derivados del estatuto de la función pública invade casi todos los órdenes de la vida cotidiana: la política, la justicia, la economía, la industria, el turismo y el comercio; la banca y los mercados financieros; la prensa y la comunicación; la enseñanza, la investigación, el deporte y la sanidad; la organización de eventos, culturales y no tan culturales...; todo ello trufado con multitud de organismos, asociaciones, fundaciones, institutos e instituciones –de todo orden, imaginable e inimaginable– que abrevan en las arcas públicas con voraz alegría. Tal es el grado de generalización de la cosa pública, que será difícil averiguar la razón de cuán animados privilegios y gratuidades; salvo para abundar aún más –si tal es posible– en la protección de una prolífica especie, que lejos está de la extinción: el funcionario.

A los efectos que nos ocupan, poco importará que el susodicho tenga categoría A1, A2, B, C1 ó C2 –o cualquier otra que se inventen con posterioridad–; así tampoco tendrá relevancia alguna que haya superado una oposición o no (como si esto fuera garantía de algo, con tanto apaño como se ve); o que sea interino, laboral o eventual; o que pertenezca a una administración u otra; pues es de notar que, cualquiera que sea su circunstancia y legislación aplicable, gozará de una situación de favor inigualable frente a todo mortal administrado, al que se le cobra puntualmente el diezmo. Curioso régimen feudal este que se ha organizado al amparo de no se sabe muy bien qué tipo de Estado fiscal, democrático y social. Nobleza de toga («noblesse de robe») se decía en la Francia del XVII y XVIII; y qué lejos estaban aquellos «snob» («sans noblesse ») de los altivos «señores» que hoy nos administran...

Mientras el administrado, en régimen de vasallaje, es sometido a una esclavitud tributaria que le obliga a trabajar para el Señor Estado casi la mitad de su vida laboral –y en algunos casos más–, sufragando privilegios y honores de tan advenedizos nobles, acaso ni reciba a cambio la cortés respuesta del «vuelva usted mañana». Más bien todo lo contrario: de «tú» y «sine die»; siendo recomendable que proteste poco, pues, el de los vaqueros por vestimenta y vaso de café en la mano, le puede montar una de cuidado. ¿Recuerdan aquello de «hola, buenas, soy inspector de Hacienda»? Pues eso...

En un intento por salvar las formas, alguna mente truculenta del Estado feudal, democrático y social que padecemos, se inventó lo de que los Señores de toga también contribuyeran a las arcas públicas sobre el propio diezmo percibido –no sin olvidar ciertos beneficios y exenciones, tipo «Gin-Tonic» subvencionado, claro está–; de modo que el dinero público –que no es de nadie– va y viene por entre las mismas manos que lo administran, en un trajín de trilero, difícil de seguir el rastro: «esto mí, esto tí...; tú tranquilo que el Tribunal de Cuentas y la Intervención General del Estado son de los nuestros». Total, con los sólo diez austeros artículos dedicados a retribuciones básicas y complementarias (Capítulo III de la Ley 7/2007), poca luz se arroja sobre el asunto. De todos es sabido lo que se halla regulado –y no regulado– en otros recónditos lugares; para regocijo de la prensa sensacionalista y disgusto del administrado. ¡Pobres! Menos mal que se les reconoce el derecho de sindicación, manifestación, reunión, huelga y negociación colectiva, como a cualquier hijo de vecino. Dura batalla tuvieron que librar los anteriormente «militarizados» cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Gracias a Dios, ahora pueden gozar de bellas jornadas dominicales en la Castellana, con globos, pitos y pancartas. Hasta a los «mossos d’esquadra» habré visto yo desfilar por el centro de Madrid, clamando contra los famosos «recortes»... Grave injusticia se comete, cuando a la más alta institución del Estado no se le reconoce el derecho de huelga y sindicación: ¿para cuándo la Casa Real? Ya va siendo hora.

Mas no nos olvidemos de las fabulosas pensiones de jubilación y de los seguros de toda naturaleza; de los «moscosos» y días de disfrute; de las ineludibles bajas médicas por dolores de espalda; y, sobre todo, del gran sueño nacional: un «empleo para toda la vida».

No es de extrañar que, en este país, todo «quisque» quiera ser funcionario, y las colas de candidatos den vueltas a varias manzanas. ¡Cómo para hacerse emprendedor! ¡Qué disparate!

Así me lo decía, con gran disgusto, un alto funcionario A1, entre churros y café de las diez de la mañana: «Mi hijo se ha hecho autónomo... ¡Qué botarate!». Poco tardó el buen señor en desdecirse del improperio proferido, al darse cuenta de la enorme metedura de pata. Con quien hablaba –véase, un servidor–, autónomo era y es...; o lo que, con cierta cursilería, algunos llaman «profesional independiente». Pero no contento con su acierto diplomático, añadió: «Ya sabes..., el autónomo está muy desprestigiado en este país». «¡Tela!», dije yo, y pensé para mí: «¿Tendrá algo que ver con que este buen señor sea funcionario y socialista?». Reflexión estúpida, la mía. Apabullado, me di cuenta de la verdad de su frase demoledora: poco importará que nos vistan de seda con términos rimbombantes de «emprendedor» o similares; «vasallos» nos quedamos, y a pagar el diezmo a sus Señorías.

A los de nómina en empresa privada, no les diré nada..., hasta que termine la campaña de la Renta; sería una crueldad innecesaria. Pero pueden irse preguntando quiénes son hoy los covachuelistas, oficinistas, empleados...; o cesantes, en el peor de los casos.