«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



lunes, 19 de noviembre de 2012

El Mus de Mas y la Vaca de Margallo

En dos semanas el Ministerio de Exteriores parece haber aprendido a jugar al Mus, y Mr. Margallo le está levantando todos los faroles a Sir Arthur, a grande y a chica. Camino va el señor Ministro de llevarse la Vaca sin apenas esfuerzo, al descubrir que los «treses» son reyes y los «doses» pitos, y que en todas las manos lleva pares y juego. De la noche a la mañana, se nos citan –aunque sea veladamente– hasta resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas en materia de «secesión» de Estados. Realmente sorprendente este resurgimiento del Derecho Internacional Público. ¿Habrá leído el señor Ministro nuestro artículo publicado el 6 de noviembre? Sea como fuere, es casi seguro que, por fin, «tout au moins», en Exteriores le han debido echar algunas horillas al manual de Pastor Ridruejo y al de Díez de Velasco. O eso, o han recuperado de algún estante de la Escuela Diplomática el fantástico libro de Mus de Mingote, que a mi entender guarda más enseñanzas prácticas que el tratado De la Guerra de Von Clausewitz, y sobre todo es bastante más breve.

Hasta ayer, como quien dice, la cosa andaba entre la Constitución Española, un vago conocimiento del Derecho comunitario, el famoso «punto de vista español» de la docta Comisión Europea y un extravagante «golpe de Estado jurídico» –vaya usted a saber, qué significa semejante «carchuto»– espetado por el señor Ministro. Hoy tenemos en nuestro haber hasta normas de Derecho internacional. Insólito. Lo que digo: el señor Ministro se lleva la Vaca, y Sir Arthur paga el almuerzo y los cafés.

Pues sí, efectivamente, como ha dicho muy bien el señor Ministro, en materia de «secesión», el Derecho Internacional Público sólo reconocería «los casos de pueblos coloniales, ocupados militarmente o en los que los ciudadanos no puedan ejercer sus derechos democráticos», aludiendo –es de suponer– a la práctica internacional, a la doctrina y, sobre todo, a las excepciones recogidas en las Resoluciones 1514 (XV) de 14 de diciembre de 1960 y 2625 (XXV) de 24 de octubre de 1970 de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre la «Libre determinación de los pueblos». No obstante, uno se pregunta si no se habrá hecho un poco de lío, el señor Ministro, con lo de «secesión de Estados» y «sucesión de Estados». Vaya, que da la impresión de todavía no tener muy claro lo de los «doses» y los «treses». Pues, mal que le pese a Mr. Margallo, el Derecho Internacional Público no aborda expresamente la «secesión», salvo en los casos muy concretos y excepcionales, como los de Bangladesh (1971) y Kosovo (2008), sino la «sucesión» de Estados, y ahí está realmente la cuestión; pues si bien Cataluña puede declarar la independencia, contra viento y marea, y saltarse a la torera, tranquilamente, el ordenamiento jurídico español y lo que haga falta, es bastante dudoso que dicha «secesión» pudiera encontrar freno, por ejemplo, en el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, y mucho menos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. No quiero ni pensar ya en el disparate que supondría el envío de «cascos azules» a la «zona» como en la provincia de Katanga en 1963.

Por tanto, que Cataluña se independice, y Sir Arthur se convierta en el presidente de la «República Independiente de su Casa» es cosa que probablemente al resto de la Comunidad Internacional le traiga sin cuidado. Acaso no pasará de ser algo anecdótico fuera de las fronteras europeas, o, como mucho, imagino alguna expresión airada, tipo Astérix: «Ah! ces Espagnols sont fous!». Otra cosa bien distinta será el reconocimiento de Cataluña como miembro de las organizaciones internacionales, de las que ahora forma parte por ser española, como la OTAN, la ONU, la OCDE o el Consejo de Europa, por poner sólo los ejemplos más notables, y su vinculación a tratados internacionales como los que vinculan a España a la Unión Europea. No hablemos ya de tratados bilaterales o multilaterales, de toda índole: cooperación internacional en materia económica, financiera, tributaria, comercial, arancelaria, judicial, doble nacionalidad, etc., que lleva suscribiendo España desde hace más de un siglo; ahí, Sir Arthur no tiene absolutamente nada que hacer, pues es harto dudoso, no ya que se reconozca Cataluña como Estado por algún país miembro de esas organizaciones internacionales, o país parte en esos tratados –que también–, sino que se le permita su ingreso en dichas organizaciones, o la firma o ratificación de dichos tratados.

Total «Cataluña año cero», y Sir Arthur no tiene ni una mano en esta Vaca, diga lo que diga.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La satrapía nocturna madrileña

Yo soy hijo del denominado «postfranquismo»; mi infancia transcurrió en esa bisagra entre los últimos años de Franco, los tres años de «interregno» y la aprobación de la Constitución. Mi percepción infantil vio transformar Madrid y sus barrios, los madrileños y sus costumbres. Recuerdo las primeras consultas plebiscitarias por los panfletos que ensuciaban las calles, los carteles pegados a los muros, y las pintadas, sobre todo las pintadas: «vota no», «vota sí», que llenaban de graffiti por primera vez los bancos de El Retiro. También recuerdo que unos ingratos hicieron desaparecer los patos y cisnes que amablemente usaban de nadar en el estanque cercano a la Avenida de Menéndez Pelayo; no sé si sería un grito de libertad o que se los zamparon en una barbacoa improvisada. Al igual que ellos, también desaparecieron aquellos guardas de pantalón de pana y escarapela en sombrero gris, y la gente descubría placer en pisar un césped que antes les estaba prohibido pisar. No recuerdo carreras de «grises», ni de «maderos», ni «lecheras», como luego me han contado, pero sí recuerdo aquellos contenedores de sólido metal renegridos y chamuscados, y algunas algarabías en la Gran Vía, o Avenida de José Antonio, que nos dejaban sin cine y sin merienda en la Cafetería Manila, «por si la cosa se liaba».

En pocos años Madrid se hacía llamar moderna, europea, y el «Tiernismo» desembarcaba con las discotecas, el famoso «San Canuto» y la denominada «movida madrileña». De ser una ciudad tranquila, casi provinciana, Madrid se entregó a una imagen que a los madrileños nos era totalmente desconocida. A modo de Sardes, la capital de Lidia, tal y como narra La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, el rey Ciro «estableció burdeles, tabernas y juegos públicos, e hizo publicar una ordenanza por la que los habitantes estaban obligados a hacer uso», y «estas pobres y miserables gentes se divirtieron en inventar toda suerte de juegos» sometiéndose voluntariamente a esta nueva satrapía.

Desde entonces Madrid se ha esforzado por exportar ese famoso concepto de «culturalidad», que no de cultura, para erigirse en modelo europeo de «tascocracia excelente»; una especie de patio de atrás «Tijuanero», que compite con el resto de las ciudades españolas en «a ver quién se copea más». La «noche madrileña» como bien indica nuestra Excelentísima Alcaldesa es una importante fuente de ingresos por turismo, y si hay contaminación acústica, accidentes mortales a altas horas de la madrugada, menores que fallecen por coma etílico y calles convertidas en estercoleros medievales, todos tan contentos, porque aquí todo el mundo se juerguea hasta la extenuación en este fantástico «macrobotellón» madrileño; y el juerguearse, o el montar un bar de copas, «es un derecho preexistente» según la doctrina establecida por la Agencia de Gestión de Licencias de Actividades del Ayuntamiento de Madrid. «Derecho preexistente», al parecer, hasta para el propio Ayuntamiento, convertido ahora en organizador de «macrofiestas» en pabellones deportivos –por cierto, financiados con los impuestos de todos los españoles–, bajo el lema: «Este año la hostelería piensa en grande» pero sin licencia de funcionamiento, claro está. Harto comprensible: si no nos dan los Juegos Olímpicos, convirtamos Madrid en un «borrachódromo» monumental, y quién mejor que el Ayuntamiento para tomar la iniciativa.

El drama del Madrid Arena, desgraciadamente, es el drama de todos los fines de semana, que desde hace tiempo comienzan en miércoles para jóvenes y no tan jóvenes. Un fatal desenlace que hemos consentido todos, desde la anuencia de una sociedad sometida al hedonismo nocturno por mafiosos denominados empresarios y políticos faranduleros corruptos, que ven en esta ciudad su satrapía particular de Asia Menor, fuente inagotable de ingresos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El Mus de Mas

Es fácil quedarse perplejo ante la cantidad de sandeces que pueden llegar a decirse en nuestro país y en su entorno más cercano, en un espacio de tiempo tan corto. El asunto de la famosa carta de la vicepresidenta de la Comisión Europea, Dña. Viviane Reding, remitida al Secretario de Estado para la Unión Europea, D. Íñigo Méndez de Vigo, en contestación a una previa de éste, en relación con la pertenencia a la Unión Europea de una supuesta Cataluña independiente, le deja a uno boquiabierto. No más que las primeras declaraciones de la señora comisaria sobre la existencia o no de una norma de Derecho internacional público sobre sucesión de Estados en materia de calidad de miembro de una organización internacional o en materia de tratados.

Que el personajillo este de chistera y alpargata, Sir Arthur Mas, desconozca el Derecho internacional público no es de sorprender, como tampoco es de sorprender que el presidente del Gobierno que padecemos no haya sido asesorado convenientemente en la materia para responder, clara y rotundamente, a semejante majadero sobre el asunto de marras, pero que la señora comisaria se traiga este trajín epistolar con un miembro del cuerpo diplomático español y que, a más abundar, se jalee lo del «punto de vista español», es insólito. Como insólito es que después del comunicado de la susodicha, el Gobierno español respire aliviado. No hablaremos ya del diplomático en cuestión, que en el mes de julio lió una auténtica zapatiesta con Francia y con Italia, amparado por la propia Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Exteriores. Ante semejante barullo, uno se pregunta si entre tanto canelo hay un solo jurista que haya superado el segundo curso de la Facultad de Derecho en la UCM, no ya el de Relaciones Internacionales en Georgetown.

Con que simplemente hubieran echado una ojeada al intemporal manual de Pastor Ridruejo, sabrían perfectamente que fuera del «proceso descolonizador» –y alguno tendrá todavía la ocurrencia de decir que Cataluña es una colonia– el «principio de continuidad» no se aplica a la calidad de miembro de una organización internacional, y que ese mismo «principio de continuidad» encuentra excepción en materia de tratados conforme a las siguientes reglas: si los Estados interesados convienen otra cosa; o si se desprende del tratado o consta de otro modo que la aplicación del tratado respecto del Estado sucesor sería incompatible con el objeto y fin del tratado, o cambiaría radicalmente las condiciones de su ejecución. Estas reglas que se encuentran codificadas en la Convención de Viena de 1978, no son ninguna ocurrencia sino que están basadas en la costumbre internacional y en la práctica de los Estados, como acertadamente señalara hace más de tres décadas la Comisión de Derecho Internacional.

E insisto, que Sir Arthur Mas sea un auténtico ignorante en la materia, y se marque un farol de órdago a la grande y a la chica, sin pares ni juego, cuando a lo más debería haber pedido mus, es del todo normal y apenas sorprende a nadie. Pero que todo un Ministerio de Exteriores, un asesor de Presidencia y el propio presidente del Gobierno tengan que andarse con notas, cartitas y desmentidos con la Comisión Europea que, por cierto, ha demostrado ya con creces sus nulos conocimientos jurídicos –véase cuando se habló de la salida del Euro de algunos países y/o su expulsión–, le deja a uno, de nuevo, sin palabras.

A Sir Arthur se le debería haber aclarado desde un principio, y sin que hubiera lugar a dudas, que una Cataluña independiente tiene absolutamente cerradas todas las vías por el Derecho internacional público; que ni UE ni OTAN ni ONU ni nada de nada; que semejante secesión no tiene cabida alguna ni en nuestro ordenamiento jurídico ni en el Derecho comunitario, y que si continúa con estas proclamas a lo Patrice Lumumba lo único que va a conseguir es seguir haciendo el ridículo. Pero eso –tengo la impresión– forma parte de su esencia.