«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



miércoles, 29 de mayo de 2013

Es el tema

«Es el tema, adornadlo», suplicaba Roxane, entre desconsolada y desesperada, a un Christian que, en expuesta actitud de dislocación verbal, apenas sabía proferir, y con dificultad, dos palabras: «Os amo».

«¿Qué finalidad puede tener adornar el discurso?», se preguntarán aquéllos para quienes lo importante no es la forma, ni siquiera el fondo, sino el harapiento o desnudo mensaje; directo, frugal, inmediato. Es una época esta que no gusta de formas ni palabras, ni giros ni figuras, ni tiempos ni conjugaciones. Bastará un gruñido para interpelar al contrario; un tímido ademán, a modo de saludo; una risotada, en demostración de agrado; una abreviatura –a ser posible en inglés– con la que haya de decirse y entenderse casi todo. ¿Qué no diría un Christian de hoy? Un «os amo» ya sería mucho aventurar, sin duda. Y si tal se hace con el discurso, ¿qué no habremos de esperar de la prosa?

Expresar lo mismo, pero con pocas letras –o aún, con menos caracteres, según dicen los nuevos «poetas»–, ya no palabras: he aquí la nueva función del lenguaje. Acaso haya de terminar el ser humano con un electrodo introducido en el cráneo, que le facilite transmitir breves ideas mediante cualesquiera archiperres electrónicos, evitándole la pesada carga de hablar y escribir. Quizá también entonces seamos capaces de expresarnos mejor aumentando el vocabulario y aún los tiempos, las figuras y las formas, gracias a unas bases de datos estupendas conectadas directamente con la RAE. Mas quién sabe qué será de la RAE en tal ocasión... Cuando esos tiempos lleguen, seguramente, la Ilustre habrá aceptado ya la letra «k» –limpia, seca, desnuda– como palabra y sinónimo del pronombre, adverbio y conjunción «que», y, en estas, se habrá preguntado por qué no suprimir también la inútil letra «c» como «fonema consonántico fricativo, interdental, sordo, identificado con el alveolar o dental en zonas de seseo», para dejarnos, a secas, la letra «z», de mayor proyección internacional. Las letras «q», «h» y «v»..., mejor ni pensar qué será de ellas; ¡desventuradas ninfas!, son ya casi difuntas, siendo de temer que se hallarán pronto en el Paraíso –o en los infiernos– con la desterrada letra «ch»; la «práctica» del lenguaje y la «interculturalidad» tecnológica nos desproveen hoy ya de toda su elegante presencia. Elegantes, sí, y hermosas; pues, si se me permite el atrevimiento de usar aquí una prosopopeya, ¿no es más bella la letra «v» que la letra «b»?; ¿y aún no lo es más la letra «q» que la letra «k»?; ¿acaso la escurridiza «h» no guarda un cierto halo de misterio con su presencia insonora?; ¿qué decir de la casquivana «c», cuando guarda tantos fonemas en su interior como flores haya de haber en el campo?

Y si así ha de pasar con las letras, ¿qué futuro no más obscuro les aguarda a las palabras, a las figuras, a los verbos y sus conjugaciones, a la sonoridad de una frase o al capricho de un arcaísmo?

Releyendo, recientemente, La sombra del ciprés es alargada, del gran maestro, y tristemente olvidado, Delibes –puesto mi ánimo en el inicio de una necesaria desintoxicación frente a la reinante agrafía en prensa, literatura y otros «panfletos sociales» de aún menor gravedad–, resulta un verdadero deleite comprobar la casi preterida pervivencia, en nuestra lengua, del guión largo (raya) y corto –uniendo y separando reflexiones y diálogos, el primero; sílabas, el segundo–, del punto, de la coma, de los dos puntos, del punto y coma, y de los puntos suspensivos; pero colocados no precisamente al albur (a modo de gracia), sino con el criterio riguroso de labor titánica. Así, también: paréntesis, en perfecta sintonía con signos de interrogación y de exclamación..., ¡y hasta comillas! (españolas, francesas o latinas, ciertamente; no las subordinadas y suspendidas «“”» de más allá del Canal); en una verdadera orgía de signos ortográficos que se alternan perfectamente unos con otros, como los versos largos y cortos de Blas de Otero.

Perdidos en lo inmediato –a la velocidad de propagación de la luz en la fibra óptica–, nos dejamos embarcar por la simplicidad en el uso del punto y aparte, del subrayado, de la cursiva y de la negrita; no sin dejar caer, de paso, una imagen colorida o un gráfico vistoso que, entre listados numerados interminables, hayan de encontrar la concreción divulgadora mayúscula. Nada de original hay en ello, pues –mal que nos pese–, habremos de hallar nuestros deslucidos y ridículos panfletos algo más cercanos de una cartilla de enseñanza primaria que de la brillante greguería de Don Ramón (Gómez de la Serna) o de la agudeza visual de Don Enrique (Jardiel Poncela). Desde luego, no era el ánimo divulgador el que guiaba los pasos de tan grandes maestros.

Mas resulta sobremanera embarazoso buscar justificación alguna para tanto desmán; siquiera sea en la presunta atenuante del ánimo divulgador. Tampoco es legítimo hallar posible disculpa en la especialidad o tecnicidad de una disciplina científica como instrumento para asesinar la belleza del lenguaje o la riqueza de la expresión.

El desprestigio y desuso de la palabra, escrita y hablada, nos mantiene alejados de los altos vuelos de otrora; ya ni rasantes; pues no hay tales. Arrastramos nuestro idioma y nuestra pluma por el fango de lo mezquino, de lo rayano, de lo fruslero... Empobrecemos el discurso y la prosa hasta que, abandonados definitivamente a la pereza y a la dejadez, no habrá ya nada que decir ni que escribir.

sábado, 4 de mayo de 2013

35 años de fracaso económico

Releyendo la Estructura Económica de España de Ramón Tamames, que lejos está aún de pasar a ser una vieja reliquia arqueológica para el estudio de la economía española, se redescubren verdades que difícilmente podrán sepultar las corrientes revisionistas de «la memoria histórica» ni los apaños de los múltiples planes académicos. Las series históricas de datos macroeconómicos revelan con una pertinaz sinceridad –vergonzante, diría yo– lo francamente mal que se ha gestionado la economía española en los últimos treinta y cinco años. Y para aquéllos que anden ya inquietos, con ánimo de proferir algún improperio inapropiado, habrá de advertirles, el que suscribe –liberal hasta la médula–, que no hay intención de hacer aquí ensalzamiento de épocas pasadas o de regímenes agostados, mas sí de denunciar con algunos datos en la mano que, para desgracia nacional -y mal que les pese a unos o a otros-, en las últimas tres décadas y media no ha habido «cabezas» –parafraseando a Ortega–, ni las hay hoy ni parece que las habrá; pues la cosa tiene ya toda la pinta de ser realmente degenerativa.

Dados los datos arrojados por la EPA del primer trimestre de 2013, con 6.202.700 parados y una tasa de paro del 27,16%, resulta interesante analizar las cifras de desempleo, población en edad de trabajar, población activa y población ocupada, del capítulo II: La población, en las series históricas que aparecen reflejadas desde 1973 (página 34, de la 22ª Edición).

Hay dos fechas de clara inflexión, que marcan dos tendencias realmente dispares 1975 y 1982: la primera de fin de una época de desarrollo y equilibrio macroeconómicos, y, la segunda, la consolidación de una desviación hacia graves desequilibrios que aún no sólo no han sido corregidos, sino que se han visto agravados de manera dramática. Si se revisa, por ejemplo, la cifra de paro en 1975, ésta era sólo de 511 mil parados pese a la crisis económica internacional iniciada en 1973, conocida como del «primer choque del petróleo», y frente a una población en edad de trabajar de 26,1 millones. En 1982 esos datos sufren un grave vuelco pasando a 2,24 millones de parados, mientras la población en edad de trabajar sólo se incrementaba en 1,02 millones. Téngase en cuenta además, que la edad mínima de admisión en el trabajo pasaba de 14 a 16 años en 1976, con lo que realmente se reducía «legalmente» el número de personas que se incorporaban al mercado laboral, siendo la cifra de parados, si se hubiera mantenido la legislación anterior, probablemente superior. En términos de población activa y ocupada, los datos son mucho más esclarecedores, pues si en 1975 eran 13,51 millones y 13,00 millones, respectivamente –es decir, casi el pleno empleo–, en 1982 estos datos pasaban a ser 13,10 millones y 10,87 millones. Así pese a haberse reducido la población activa en 410 mil personas, la población ocupada descendía en la alarmante cifra de 2,24 millones frente a los datos de 1975. Quienes alegan «históricamente» el incremento de la población activa por incorporación al mercado laboral español de ingentes masas de emigrantes repatriados entre 1975 y 1982, yerran sobremanera para justificar esta cifra, dado que la población activa no sólo no crece sino que disminuye en 410 mil personas durante dicho período. Este último dato de paro, de 2,24 millones, nos acompañará en las siguientes tres décadas desde 1982, convirtiéndose definitivamente en «estructural». Ni siquiera con el denominado «milagro económico español» de la «época Aznar», lograría reducirse esa cifra.

Para más abundar, vale la pena comparar las anteriores cifras con las de 1973 –al inicio de la grave crisis citada anteriormente– donde la población activa era de 13,43 millones y la población ocupada de 13,05 millones, siendo por tanto el número de parados sólo de 374 mil. Es decir, una envidiable tasa de desempleo del 2,8% que entraría dentro de los términos normales de la denominada «tasa natural de desempleo» o «desempleo friccional» de una economía en perfecto equilibrio.

Por el contrario, en 1986, pese a la recuperación económica internacional y nuestra incorporación a la CEE, en un entorno claramente expansivo, la cifra de paro en España, no sólo no se redujo por debajo de los 2,24 millones –desempleo, como se ha dicho, convertido en estructural desde 1982–, sino que se incrementa aún más, llegando a los 2,96 millones. Es decir, una dramática tasa de desempleo, ya familiar, del 21,5%.

La distribución por sectores de la población activa ocupada, no muestra precisamente una «modernización» de nuestra economía, en línea con lo que se denominara la Ley Petty-Clark, sino una drástica «desindustrialización», que no «reconversión»  –del 30% en 1975 al 14% actual–, así como la triste renuncia a gran parte del sector FAO –del 22% en 1975 al 5% actual– en el que habrá de recordarse que España goza, por sus condiciones geográficas y climatológicas, de una posición envidiable. Como es bien sabido, estos dos fenómenos han generado fuertes desequilibrios poblacionales en amplias zonas del territorio nacional, con altas «bolsas» de desempleados que nuestra economía se ha mostrado incapaz de absorber, pese –o precisamente, por ello– a las ingentes subvenciones y subsidios destinados a tal fin. España ha experimentado un desmantelamiento progresivo e irreversible de determinados sectores productivos, no su reforzamiento ni reestructuración, como hubiera sido deseable. Dicho desmantelamiento, no ha supuesto tampoco un trasvase de la población activa desocupada a los restantes sectores –construcción y servicios–, ni tampoco el fortalecimiento y mejora de la competitividad de éstos.

Tres décadas y media de mala gestión, en fin, que nos habrán de seguir costando muy caro.