«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



viernes, 19 de octubre de 2012

¿Por qué la unión bancaria?

Los diagnósticos erróneos únicamente pueden dar lugar a soluciones erróneas. Tal ocurrió con la llamada «Gran Depresión de 1929», y tal está ocurriendo de nuevo con la denominada «Gran Recesión de 2009». Pese a la distancia en años, los diagnósticos políticos trasladados a la opinión pública y a la Historia, han sido similares. En ambos casos las causas y orígenes de la crisis se han simplificado excesivamente: la especulación inmobiliaria y la especulación financiera; con dos claros culpables: los inversores y los bancos. También en ambos casos se ha querido mostrar como un problema sistémico, la falta de ética y el fraude.

Estas visiones sintomáticas de la crisis empero, no han pretendido en momento alguno penetrar en aquellos elementos fundamentales que habrían permitido llegar a esa situación de facilidad desmesurada de endeudamiento generalizado –es decir, el cómo y el porqué de una tal expansión y flexibilización del crédito– como tampoco han querido explicar las razones que llevaron a la quiebra del sistema de pagos entre prestamistas y prestatarios, que resultara en el desmoronamiento del sistema financiero y en la posterior crisis económica. Eso sería tanto como reconocer la responsabilidad en semejante catástrofe de gobiernos y autoridades reguladoras y supervisoras, y, en particular, de los bancos centrales, véase FED y BCE. Y piénsese que tampoco es cuestión de aburrir al ciudadano de a pie con clases magistrales sobre tipos de interés naturales, tipos monetarios, tipos de intervención, tipos negativos y demás zarandajas, que es mejor que no entienda o que entienda poco.  

De cara a la opinión pública, gobiernos y autoridades monetarias, han preferido declinar toda responsabilidad en la crisis financiera y económica, y bien han desembarcado con frases rimbombantes al estilo del famoso panfleto keynesiano del «fin del laissez-faire», bien han banalizado todo análisis técnico diagnosticando un «fallo en los mercados», bien han propuesto soluciones de un populismo desmesurado como «reinventar el capitalismo». Y en su persistente  desconcierto e incompetencia han apostado por la tan socorrida «más regulación y mayor intervención de los mercados», no sin abundar en soluciones New Deal de parvulario, con mayor gasto público para sustituir al gasto privado –consumo e inversión–, hasta que la situación se ha hecho totalmente insostenible, con déficits imposibles de financiar.

Y de nuevo la «Gran Contracción» a la que aludiera Milton Friedman, primero la monetaria, la del «shock financiero», que tan ajena resulta a la opinión pública, y luego la fiscal, la de la «profunda recesión», que tan fácil y accesible es de comprender por sus famosos recortes y mayor carga impositiva.

Dos son por tanto los frentes abiertos, el financiero y el fiscal, pero la demagogia socialdemócrata europea únicamente quiere hablar del primero, y sólo en parte. Esto es, metamos en cintura a los bancos comerciales –que para eso son los culpables–, no a los bancos centrales ni a las autoridades monetarias y reguladoras –se diga lo que se diga–, y dejemos manos libres a los gobiernos para que sigan gastando y recaudando a placer.

Esa es la gran apuesta de Rajoy y sus amigos europeos en apuros, incluido Hollande; el parche financiero de la mal denominada «unión bancaria», a cambio de dinero para rescatar los desmanes de cajas de ahorros y bancos públicos, de paso mantener intervenido el valor del mercado inmobiliario y evitar su desplome, enmascarar el riesgo de una descomunal deuda soberana y financiar un déficit insostenible. En pocas palabras: intervención de los mercados, falseamiento de los precios y espejismo de recuperación asistida. Más de lo mismo.

Y saldremos de la crisis, antes o después de una aún prolongada recesión, pero si algo está fuera de toda duda es que, en el primer supuesto, el reconocimiento será para el proceder de gobiernos y autoridades reguladoras y supervisoras, y que, en el segundo escenario, de nuevo habremos de oír hablar de «fallo de los mercados», pese a mayores y aún más torpes intervenciones.

La «fatal arrogancia» de siempre, en fin.

viernes, 12 de octubre de 2012

O tempora, o mores!

En el día de nuestra actual Fiesta Nacional

«Primero había que hacer Cortes Constituyentes. Todos los políticos ansiaban que llegara el momento de brillar; de mostrar su arte de histriones. La gran batalla oratoria terminó con una Constitución ridícula, la número 13 de España. De esa Constitución no se pudo llevar a la práctica absolutamente nada. La cuestión era lucirse, charlar con luz y taquígrafos, según la medicina de don Antonio Maura. El parlamentarismo no ha demostrado más, sino que es un buen medio para los arribistas, para los ambiciosos que van a hacer su carrera. Con la gran batalla política y parlamentaria, vino lo que se llamó el enchufe y vimos a ministros, a subsecretarios y a diputados echándoselas de conquistadores en automóviles charolados, con cupletistas y camareras en restaurantes y cabarets, en una cachupinada continua. Estos Petronios de escalera de servicio no veían el interés del país sino el éxito, y para obtener el éxito ante el público, cualquier cosa puede venir bien. En España se dice, cuando en las corridas hay muertos y heridos, que hay hule. En un ambiente de sensacionalismo así es imposible que se haga nada serio. Se dicen las cosas más absurdas. Así un concejal socialista de Madrid ha asegurado que la prehistoria es una ciencia reaccionaria. Lo mismo ha podido decir que la geometría es comunista».

Estas palabras que bien podrían estar sacadas de la tercera de cualquier diario nacional de ayer o de antes de ayer, las dedicó Baroja, en su famoso Una explicación publicado en el Diario de Navarra, a los políticos de la Segunda República, justo cuando los españoles, en ese afán histórico de constante eón orsiano, hubieran decidido ya pasar a mayores, como siempre lo han hecho, al más puro estilo goyesco del brutal garrotazo.

Es ese afán tan español, tan nuestro, que corre por nuestras venas como el caciquismo y el caudillismo, en un esfuerzo continuo de destruir para construir, de segregar para unir, de arrancar para plantar. Renegar del pasado, de nuestras instituciones tradicionales, para aventurarnos en no se sabe qué quimeras futuras diferentes, distintas. España es un avatar de destrucción y construcción, nunca de reconstrucción, de renovación o mejora. Aborrecemos de lo mejor de nuestra esencia para ensalzar lo peor. Incapaces de integrar nuestras glorias y logros, nos empeñamos en echar las siete llaves al sepulcro del Cid –como defendiera Joaquín Costa– para erigir estatuas a traidores y criados. Nos enfangamos en nuestra autoproclama paleta de modernismo hortera, y confundimos cosmopolitismo con tascocracia.

Somos un país que gusta cambiar de banderas, escudos, himnos, nombres y calles en una siempre efímera pax. Desconocemos profundamente la esencia del primigenio concepto de revolutio romano «de volver hacia atrás; de pesar, repasar, examinar, referir, desenvolver; todo menos romper, menos deshacer; todo menos acabar con el pasado, porque ruedan los siglos: saecula revolvuntur» como tan bien explicara el eminente romanista Juan Iglesias.

Llevamos más de cien años regenerándonos, y no hemos hecho más que el canelo. «Éramos, para la mayoría, una excepción desagradable de la civilización europea. En las esferas oficiales de España reinaba por entonces la cuquería más refinada. Había una oligarquía de políticos, oligarquía de apetitos, de petulancia y, sobre todo, de vanidad, que miraba al Estado como a una finca» «...y los dos separatismos aparecidos en aquella época, el catalán y el vasco, por su egoísmo y su mezquindad no tenían atractivo más que para gente un poco baja», relataba también Baroja en 1924 en sus Divagaciones de autocrítica –hace casi noventa años, ¡ahí es nada!–, refiriéndose al ambiente político de la Restauración.

¡Cuánta actualidad hay en estas y en las anteriores palabras! Y bien podrían traerse aquí otras muchas de Unamuno, Azorín, Maeztu y Ortega –pongamos por caso–, y tantos otros preocupados por el eterno devenir de esta nación siempre barroca y agostada por pillastres y bellacos de todo pelaje, que no han parado de amamantarse de la patria hasta dejar secas sus ubres. ¡Ahí queda eso!