«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



jueves, 21 de marzo de 2013

El columnista espontáneo

El cambio de la prensa escrita a la prensa digital nos ha traído una figura que parece sacada de los cosos taurinos de otros tiempos: «el columnista espontáneo». El público lector ya no se limita a comentar con otros, lo bueno o malo de un artículo, su conformidad o no con las ideas del autor, sino que improvisa una muleta, salta las tablas, corretea por el albero y demuestra su impericia ante un morlaco que desde el tendido le parecía cosa de poco. Entre el público expectante, unos le jalean como héroe, otros lamentan el ridículo y los menos se preocupan por su integridad en un grito ahogado de histeria colectiva.

Esa pequeña ventana reservada a los «comentarios», son esas tablas y ese callejón que apenas separan al autor de un artículo de sus seguidores o detractores, y que el espontáneo no duda en rebasar para publicar su propia columna de parrafadas interminables. El columnista espontáneo no asume ninguna responsabilidad ante el público lector ni arriesga nombre ni imagen, escudándose en la sombra de un pseudónimo, su nombre de pila o el del vecino, una viñeta que cuelga a modo de fotografía ocurrente o simplemente bajo la firma de «anónimo», para poder escribir como buenamente sabe lo que se le viene a la cabeza, pasando por la machacadora de piedra el Miranda Podadera –del que no habrá oído ni hablar– y hasta la última edición del diccionario de la RAE.

El artículo que con paciencia, esmero y ahínco, entre lecturas y citas, haya de trabajar el autor –con más o menos acierto– buscando la armonía de ideas y conceptos, la estructura de párrafos y frases, cual torero entregando su esfuerzo, fama y arte ante toro que arrechucha bizqueando, queda sumergido en la réplica farragosa y descuidada del columnista espontáneo, que goza del privilegio del «ahí queda eso» para bien o para mal, descontextualizando frases y llevando a su terreno una faena que habrá de dejar al morlaco averiado para el resto de las suertes. Tan es así que, tras leer la columna espontánea, el intimado autor haya de dudar del propio criterio de su artículo: «¿Pero eso lo habré dicho yo?», se preguntará atónito.   

En su atrevimiento temerario, el columnista espontáneo, llevará la lidia hasta los extremos de lo inimaginable, aconsejando con vehemencia a diestro y cuadrilla sobre esto o aquello, y bien que no haya cogido muleta ni capote en su vida ante toro alguno, espetará con la convicción de maestro consagrado en toda clase de cosos cómo habrá de hacerse la suerte de turno.

Tampoco dudará nuestro egregio personaje en proferir algún improperio del tipo «tú, no tienes ni idea», o cosas peores que no es menester repetir aquí. Perdido en su afán mesiánico de «apuntador interpelado» que haya de librar al público de la ignorancia del guión, ante lo que él considera «morcilla» sin ninguna gracia, hará prevalecer su deber de sabio, y se permitirá incluso empezar su columna con frases del estilo: «Contestaré con este otro texto», como si de diálogo se tratara, y el autor le hubiera dedicado su artículo en un ataque de romanticismo extemporáneo.

La cosa termina en un monólogo absurdo entre desconocidos, lamentablemente enfrentados pese a la distancia, donde las más de las veces no hay respuesta ni contrarréplica. Monólogo absurdo bien alejado de la originalidad, amabilidad y brillantez que pudiera imaginar Don Enrique en su «Eloísa está debajo de un almendro» entre unos locuelos simpáticos, y que el oso Mussolini de «¡Espérame en Siberia, vida mía!» –a la sazón autor del artículo– se limitará a concluir con aquel «Gracias, muchas gracias... Es favor que usted me hace...» Don Poresosmundos al apostillar mi columna semanal.

Y es que, muy a su pesar, al autor se le exige y se le presume, en sus palabras y trato, una cortesía frente al columnista espontáneo que no habrá de exigírsele a éste frente a aquél. Don Poresosmundos no responde ante nadie: es libre de hacer y decir lo que guste con el tono que estime más conveniente. Y el amable oso Mussolini, con el beneplácito de la afición, agradecido por la atención prestada –aún siendo arisca–, seguirá haciendo el oso en su columna semanal.

viernes, 15 de marzo de 2013

Capitalismo y Socialismo Vs. Liberalismo

Si algo identifica al hombre de hoy –en sentido puramente antropológico, y pese al día internacional de la mujer– es el culto al «poderoso caballero don dinero», que de «caballero» ha pasado a elevarse a las alturas de la mística y de la ascética para devenir deidad de la humanidad entera. Lo espiritual y lo virtuoso –no digamos ya lo profesional o científico– es hoy puramente material, y ha de expresarse en moneda corriente o en divisa, hasta el punto que habrá de resultar sospechoso aquel que piense o actúe guiado por mera inquietud intelectual o de otro tipo sin recibir retribución alguna por ello. En ese devenir pagano e idólatra de adoración primitiva al becerro de oro –búsqueda de la riqueza– nos hemos convertido al más beneficioso culto del oro del becerro –búsqueda del enriquecimiento– que dijera ya hace años algún poeta maldito y que no es menester ya citar aquí.

Es lo que se ha venido a llamar «capitalismo». Nueva religión que no distingue entre progresistas o conservadores, pobres o ricos, empresarios u obreros, profesionales o políticos, funcionarios o artistas, fundaciones o sociedades, y que a todos abraza por igual en la persecución de un enriquecimiento material inagotable, para cuyo fin todo medio es válido, incluso el pillaje o el engaño.

Mas curiosamente son aquellos falsos profetas y fariseos «anticapitalistas» del socialismo solidario, más entregados al culto de lo material que nadie, quienes han adjudicado a la economía de libre mercado el fomento de dicho culto, y tras pasarla oportunamente por el filtro de la terminología marxista la han rebautizado de «economía capitalista». No es menos cierto, que hoy la economía de libre mercado no existe como tal –ni la de mercado a secas–, y que, contaminados todos por el espectro «neomarxista», hasta el «liberal» haya de autocalificarse de «capitalista», sin detenerse realmente en el alcance del término, acatando, sin más discusión, la equivalencia de ambos conceptos. Sin embargo, es difícil entrever en el término «capitalismo» nada que tenga que ver con la libertad ni con el mercado, pues aquél es sinónimo de planificación, acumulación y control de bienes de producción y recursos, y ordenación de éstos hacia un fin determinado; nada espontáneo ni libre hay en él. Bien al contrario, el capitalismo tiene tendencias monopolísticas, oligopolísticas, de control del mercado, de la oferta y de la demanda. Así las cosas, dando un giro inesperado ¿no sería el «socialista», cualquiera que fuera su origen filosófico o intelectual –si lo hubiere–, quien con más razón habría de autoproclamarse «capitalista»? No se pretende con esto, un burdo juego de palabras o una distorsión conceptual demagógica y torticera, sino bona fides intentar desvelar la esencia del tan ambiguo concepto que nos ocupa y que con tanta profusión se emplea.

El capitalismo, por mucho que nos pueda despistar el nominalismo, el materialismo histórico y el origen historicista del término, realmente no distingue tampoco si el capital ha de estar en manos privadas, públicas o colectivas. El Estado social –transformado en Estado de bienestar– es buena prueba de ello. Nuestro sistema económico «estatal» es claramente capitalista y la propiedad privada queda legalmente supeditada –secuestrada– a los fines públicos y/o colectivos, bajo esa terrible expresión del «interés general» que todo aglutina para destruir la libertad. Así el Estado acapara y/o permite a otros acaparar para sí cualesquiera recursos, con el «alibi» del interés general o la utilidad pública, cuya ilusión oportunamente alimenta bajo la exacción de impuestos y una falsa distribución de las rentas. «No son muchas las cosas buenas que vemos ejecutadas por aquellos que presumen de servir sólo el interés publico», según la famosa máxima de Smith.

El capitalismo en esencia es antiliberal, en política y en economía, y no entiende de democracia ni de derechos ni libertades. Aborrece de la política pura. El espíritu y la ética le molestan, y gusta sólo de lo material, propugnando como únicas virtudes la envidia, la codicia y la avaricia. No es puro azar así que, en su idolatría, haya anidado con facilidad tanto en regímenes socializantes, ya fueran totalitarios y personalistas, de signo fascista, nacionalsocialista o comunista, como en regímenes parlamentarios formalmente democráticos.

El viejo y olvidado Estado liberal nada tenía que ver con el capitalismo, aunque las doctrinas marxistas así lo hayan querido hacer ver, y hoy se dé por cierto hasta por los autocalificados de liberales; no pudo sobrevivir intacto a «El Diluvio» de 1848, y los despojos de sus ideales y valores fueron poco a poco devorados en la persecución social del oro del becerro.

martes, 5 de marzo de 2013

¿Qué fue del debate ético?

Todos recordarán cuando en 2009, se desataron una serie de discursos moralizantes en torno a la falta de ética en el funcionamiento y actuación de los mercados financieros, que informaron los discursos presidenciales, institucionales y reguladores en todo el mundo. Desde Barack Obama hasta la UNCTAD, pasando por los economistas más rancios del keynesianismo actual, todos clamaban por el «fin del laissez-faire», la «reinvención del capitalismo» y la recuperación de un código deontológico en los negocios y, en particular, en el funcionamiento de los mercados financieros. A primera vista, podía considerarse que se trataba de un debate regenerador, desinteresado y objetivo –sin duda urgente y necesario–, en la búsqueda de una corrección ética que guiara el comportamiento de los agentes económicos. Pero, en realidad, el debate no fue más allá del mero oportunismo ante una situación política coyuntural que se demostró especialmente sensible ante grandes estratos de población afectados directamente por los efectos de la crisis económica. Los gobiernos, y, en particular, las autoridades reguladoras y supervisoras, se vieron desbordados por una situación que, siendo conocida y predecible, ellos mismos ayudaron a crear a partir de políticas monetarias expansivas y de gasto público desmesurado, alimentando un crecimiento económico forzado e insostenible, orientado fundamentalmente a la obtención de réditos políticos. Luego ha resultado, además, que los marginales casos fraudulentos Madoff y Stanford, y la quiebra de Lehman Brothers,  eran una guasa, comparado con lo que habría de venir. En España S.A., somos bien conocedores de la omisión y desvirtuación de los informes de los inspectores del Banco de España, del culebrón de las Cajas de Ahorros, y de mil irregularidades políticas, económicas e institucionales que se fraguaron en aquellos años de bonanza crediticia y de gasto público sin control alguno.

Hoy aquellos banqueros e inversores que saltaban en 2008 a la palestra mediática, y que pasaban por el cadalso de la opinión pública gracias al achuchón de políticos y autoridades reguladoras, parecen unas «Hermanitas de la Caridad» –y que me perdonen estas Santas Madres por el símil– comparado con lo que tenemos deambulando por juzgados, tribunales y comités de redacción de prensa nacional e internacional. Y no habremos aquí de entrar en nombres propios por hastío, imposibilidad práctica y verdadero asco.

Era de suponer que la necesidad del originario debate ético sobre el comportamiento de determinados actores económicos y financieros, suscitado en 2009, quedaría ahogada por la aparición de un nuevo ciclo expansivo con sus consiguientes “boom”, diluyéndose poco a poco la necesidad de iniciar ese debate ético que surgiera tras los primeros momentos posteriores a la crisis. Y sólo en aquellos países donde los errores de los gobiernos y de las autoridades reguladoras hubieran sido mayores, y los efectos de la crisis hubieran de prolongarse más tiempo, éstos seguirían alimentando el debate dentro de la opinión pública en busca de culpables. Los casos paradigmáticos serían aquellos países donde los desequilibrios provocados por la fuerte expansión del crédito hubieran sido mayores, pero también donde los altos niveles de gasto público, antes y/o después de la crisis, y una tasa de inflación también más elevada, retrasaran el crecimiento y prolongaran altos niveles de desempleo, afectando a áreas más extensas de la sociedad.

Sin embargo, he aquí que las turbas agitadas, pica en ristre, han visto con sorpresa cómo los «pulcros acusadores» que exigían cabezas de entre unos cuantos peones de mercados financieros y del famoso «laissez-faire», han demostrado ser además de unos mentirosos de siete suelas, unos auténticos ladrones que se han servido del sistema para llenarse los bolsillos con dinero público y privado sin el más mínimo pudor, o permitir que otros se los llenaran con el visto bueno de quien hacía las veces de regulador y supervisor. En éstas, ya se han olvidado todos del famoso debate ético y de su necesidad.

Claro estaba que la intención política no había sido nunca la de acometer un verdadero debate ético destinado a abordar la conducta de todos los agentes económicos –incluidos gobiernos y autoridades reguladoras–, ni de revelar las verdaderas responsabilidades en el devenir de las crisis, sino que la naturaleza del debate sería, en esencia, fundamentalmente socialdemócrata con una falsa «moral» de pobres y ricos, buenos y villanos, y la subsiguiente manipulación ideológica de las desigualdades económicas, desvirtuando así cualquier análisis técnico y ético de la crisis. Una vez llegadas las crisis, siempre es fácil encontrar «culpables», pero no existe ninguna intención real de desenmascarar al verdadero malhechor, ni de modificar el proceder tradicional de gobiernos y autoridades reguladoras y supervisoras, ni de desmontar falsas doctrinas económicas; y los «boom», «burbujas», «exhuberancias irracionales» con las subsiguientes crisis y recesiones habrán de seguir ocurriendo una y otra vez, pese a las seculares advertencias de un desoído Von Mises, pongamos por caso.

viernes, 1 de marzo de 2013

La «Clac»

La coincidencia entre el debate sobre el estado de «no se sabe qué» y la entrega de los premios Goya de la academia de «no se sabe tampoco», ha hecho revivir en la memoria popular –por lo menos en la mía– una figura que muchos creíamos ya desaparecida: la «clac».

La «clac» era una figura remota y costumbrista del «antiguo Madrid» –y seguramente de algún otro lugar– que contaban nuestros padres y abuelos, ya con cierta nostalgia de otros tiempos, y que, al parecer, campaba por los teatros Español, la Comedia, Muñoz Seca, y otros ya desaparecidos, gracias a la cual los aficionados al teatro –verdaderos entusiastas de la interpretación–, sobre todo jóvenes y estudiantes –eran otros tiempos más cultivados–, podían permitirse asistir a diario a las representaciones teatrales sin abonar el precio de las entradas –en  ocasiones, demasiado alto para sus bolsillos–, a cambio de aplaudir y celebrar el éxito de una obra, sus actos o escenas, o de reventarlos si llegaba el caso, siguiendo las instrucciones precisas del jefe de la «clac». Unas veces aplaudían o pitaban desde el gallinero o localidades altas, otras, conseguían mejores localidades en el patio de butacas. Todo dependía de si el jefe de la «clac» tenía buenos contactos entre los empresarios o críticos teatrales, y conseguía una cosa o la otra.

Y como el eterno retorno y los «eones dorsianos» tienen estas cosas incomprensibles pero reales, los diputados y diputadas y las gentes de la farándula, se han unido para recuperar esta imagen que parece sacada de Los ilusos de Rafael Azcona, y de paso aclarar al resto de mortales algunas cuestiones que quizá tengamos oscurecidas por la supuesta grandilocuencia e impostura de togas, la gravedad de instituciones y lo presumidamente magno del contexto jurídico-constitucional y democrático. Mas como las vidas y hechos confluyen en el horizonte pese a la distancia en años, tal y como revelaran las Vidas paralelas de Plutarco, así, y con más frecuencia, confluyen también vidas y caracteres «morales» en la inmediatez de lo actual, pese a las diferencias que, a priori, pudieran advertirse; siendo de este modo que, en dicho acontecer, políticos y comediantes, en perfecta simbiosis, nos desvelaron estos días pasados cómo las togas han de volverse disfraces y máscaras; los discursos, diálogos y «morcillas»; las formas y posturas, actuaciones; los principios y valores, representaciones; las instituciones, teatros y corralas; y los magnos textos jurídicos y constitucionales, guiones y sainetes; y éstos, a su vez, en perfecto círculo de reciprocidad e intercambio, habrán de transfigurarse en aquéllos.   

Semejante bucle histriónico ha desenterrado así la «clac» de entre las costumbres populares olvidadas para, una vez renovada como fenómeno institucional y político, dejarla campar a sus anchas, no por ningún patio de butacas ni platea, sino por entre los escaños de parlamentos y asambleas, a cambio de unos durillos y algunas prebendas. Ahí están los trescientos cincuenta diputados –cuya identidad es un auténtico misterio para muchos– repartidos en torno a su jefe de «clac», ora aplaudiendo, jaleando y vitoreando un acto, una escena, ora reventando y pitando el mismo acto o la misma escena, actuando todos al unísono, en perfecta compenetración armónica, vocal y gesticulante. Mientras portavoces y presidentes hacen gala de sus dotes interpretativas en el escenario creado al efecto, rodeados de bambalinas, la «clac» hace lo suyo desde escaños y palcos de invitados.

Casi al mismo tiempo, en otro lugar –un par de días antes de que las artes escénicas alegraran el Congreso con ese debate del estado de «vaya usted a saber qué»– en el denominado Centro de Congresos Príncipe Felipe de Madrid –en un entorno bastante menos artístico– la academia de «no se sabe qué» reunía a las gentes de la farándula con su «clac» particular. Los nuevos togados de la comedia celebraban sus «morcillas» políticas, y se atrevían a improvisar en el arte de la retórica y la oratoria haciendo gala de una demagogia digna de vulpeja ciceroniana: «De dos modos se puede hacer injuria: o con la fuerza o con el engaño; la fuerza es propia del león, y el engaño de la vulpeja».

Y así las cosas, quizá sería mejor que los presidentes y portavoces se dedicaran definitivamente al teatro, al cine o al cuplé, y que los señores diputados sigan en su «clac» particular haciendo las veces de «alabarderos» que tan bien se les da. Esperemos que no hayan de cobrar un sueldo por ello, y que les baste con disfrutar de las dotes interpretativas de sus favoritos a un módico precio. En cuanto a las gentes de la farándula, mejor no proponer nada, no vaya a ser que se incremente aún más su «yoísmo» mesiánico.