DIKE KAI NOMOS Quaderni di cultura politico-giuridico, Anno 0- N. 1
(Ottobre 2011-Marzo 2012)
Pubblicato sotto il titolo: «Sviluppo, recessione ed etica»
EXPANSIÓN, RECESIÓN Y ÉTICA
La oportunidad política del debate ético – El denominado Sistema Financiero en la Sombra – La Gran Recesión de 2009 y la Gran Depresión de 1929 – El falso debate ético Vs. moral social
EXPANSION, RECESSION AND ETHICS
The political expediency of ethical debate – The so-called Shadow Financial System – The Great Recession of 2009 and the Great Depression of 1929 – The false debate of ethics Vs. social morality
Rafael Martin Rivera
«For the demagogue does not bother about the remoter consequences of his policies. He chooses inflation and credit expansion although he knows that the boom they create is short-lived and must inevitably end in a slump. He may even boast of his neglect of the long-run effects. In the long-run, he repeats, we are all dead; it is only the short run that counts». (Ludwig von Mises)*
Resumen
Frente a la peculiar confusión generada tras la última crisis por gobiernos y autoridades reguladoras, en su condena al homo œconomicus y al mal calificado sistema financiero en la sombra, es de justicia intentar levantar el velo de las responsabilidades públicas subyacentes, y esclarecer, en lo posible, la intencionalidad y naturaleza del supuesto debate ético, que oportunamente se ha querido trasladar a la opinión pública. La devaluación del análisis técnico económico en favor de un falso debate moralista, evoca diagnósticos y discursos políticos de otras crisis pasadas, que desde el presidente Herbert Hoover a nuestros días se han repetido incesantemente. Por el contrario, la honestidad científica de aquellos que, alejándose de la doxa, denunciaron con rigor, ya en los albores del siglo pasado, los desmanes de políticas monetarias expansivas y sus efectos cíclicos en la economía, ha venido siendo silenciada por nefastas ideologías dominantes. Así, en el devenir actual de los hechos que nos ocupan, el análisis de las causas de las crisis económicas que Ludwig von Mises expusiera desde la publicación de The Theory of Money and Credit en 1912, es hoy tan válido, tras la Gran Recesión de 2009, como lo fuera antes de la Gran Depresión de 1929, y sigue constituyendo la mejor respuesta posible frente al oportunismo político y el falso moralismo social imperantes.
Abstract
Faced with the peculiar confusion that governments and regulatory authorities have created after the latest crisis through their condemnation of homo œconomicus and of the incorrectly labeled shadow financial system, it’s only fair to try to lift the veil from the underlying public responsibilities and clarify, to the extent possible, the intentionality and the nature of the supposed ethical debate, which is conveniently being shifted to public opinion. The devaluation of a technical economic analysis in favor of a false moral debate evokes political diagnoses and discourses from other past crises, which have been repeated incessantly from the time of President Herbert Hoover up to now. Conversely, the scientific honesty of those who, already at the dawn of last century and distancing themselves from the doxa, vigorously denounced the excesses of expansive monetary policies and their cyclical effects on the economy, has been consistently silenced by the predominant ill-fated ideologies. Thus, within the current shape of things, the analysis of the causes of economic crises that Ludwig von Mises put forth in The Theory of Money and Credit in 1912 is as valid today, after the Great Recession of 2009, as it was before the Great Depression of 1929, and it continues to represent the best possible response to the prevailing political opportunism and false social moralism.
Palabras clave: Crisis – Sistema Financiero en la Sombra – Recesión 2009 – Depresión 1929 – Expansión del crédito – Tipo de interés monetario – Tipo de interés natural – Boom – Exuberancia irracional – Ética – Moral social
Key words: Crisis – Shadow Financial System – 2009 Recession – 1929 Depression – Credit expansion – Money interest rate – Natural interest rate – Boom – Irrational exuberance – Ethics – Social morality
La oportunidad política del debate ético
La última crisis ha desatado una serie de discursos moralizantes en torno a la falta de ética en el funcionamiento y actuación de los mercados. A primera vista, podría considerarse que se trata de un debate regenerador, desinteresado y objetivo –sin duda urgente y necesario–, en la búsqueda de una corrección ética que guíe el comportamiento de los agentes económicos. Pero, en realidad, el debate no va más allá del mero oportunismo ante una situación política coyuntural que se demuestra especialmente sensible ante grandes estratos de población afectados directamente por los efectos de la crisis económica. Los gobiernos, y, en particular, las autoridades reguladoras y supervisoras, se han visto desbordados por una situación que, siendo conocida y predecible, ellos mismos han ayudado a crear a partir de políticas monetarias expansivas, alimentando un crecimiento económico forzado e insostenible, orientado fundamentalmente a la obtención de réditos políticos.
El que debería ser un análisis esencialmente técnico, abordado desde una perspectiva estrictamente económica y financiera, y destinado a revelar las causas reales de la crisis, se ha trasladado –tras pasarlo previamente por el filtro de la oportunidad política– a la arena de la opinión pública, convirtiéndolo en un debate supuestamente ético, en el que la responsabilidad de la crisis ha de recaer necesariamente sobre el homo œconomicus cuyo comportamiento egoísta, presumiblemente falto de virtud, ha de someterse –aún más si cabe– a la inspección y supervisión de los gobiernos y de las autoridades reguladoras. La intencionalidad política es clara: convertir el debate económico en un debate social en el que hay ricos y pobres, malos y buenos, verdugos y víctimas.
Enmarañado el análisis económico y financiero en el circo de la opinión pública, las premisas se oscurecen, las conclusiones se banalizan y los resultados se desvirtúan, dando lugar a diagnósticos errados que únicamente pueden abocar a soluciones equivocadas. Y es que, como señalara Ludwig von Mises, «sólo con un dominio perfecto de la teoría económica es posible comprender los grandes problemas de la política económica (...). Sin embargo, la decisión política no la toma el economista sino la opinión pública.» [1] El resultado es devastador, pues en ese devenir democratizador de lo técnico «la opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad»,[2] y la autoridad y la autonomía científicas pasan irreversiblemente a un segundo plano. Es más, el dictamen del experto es vilipendiado públicamente por ser la voz molesta que realiza el diagnóstico siniestro y socialmente inaceptable antes, durante y después de las crisis. Nadie quiere oír hablar de altos tipos de interés ni de contracción del crédito bajo ninguna circunstancia.
Hoy, como lo hizo en innumerables ocasiones en el pasado, las turbas ya han emitido su sentencia contra los culpables de la crisis; a saber, los inversores y los bancos. En la sentencia del tribunal popular, los mercados han sido considerados el instrumento necesario para la comisión del delito, y el sistema capitalista, encubridor e instigador, en una especie de conspiración fenomenal para delinquir. [3]
En ningún momento la sentencia de la opinión pública desgrana los fundamentos de hecho y de derecho que habrían de llevar a un tal fallo, como tampoco establece una relación clara entre los actores y los hechos, sino que se limita a simplificar de una manera burda un problema complejo que ni de lejos comprende.
El fallo popular, sin duda, informado y facilitado desde gobiernos y autoridades reguladoras, beneficia principalmente a éstos, que quedan exentos de toda responsabilidad por su actuación frente a la crisis, pese a gozar de la calidad de gestoras, garantes y supervisoras de los mercados y del propio sistema. La jugada es magistral. Su gran coartada: el denominado sistema financiero en la sombra (shadow financial system) y el comportamiento irresponsable, codicioso y poco ético del homo œconomicus, que sirviéndose de aquél, ha puesto en jaque la arquitectura del sistema y ha arrojado dudas sobre la validez del modelo de eficiencia de los mercados. [4]
El denominado Sistema Financiero en la Sombra
A la hora de abordar, este término de apariencia siniestra que, pese a la novedad de su conceptuación, no tiene nada de nuevo ni de siniestro, nos enfrentamos, en su acepción amplia, felizmente acogida por la opinión pública, a algo parecido a un cajón de sastre donde parece quererse incluir tanto comportamientos ilegales e ilícitos como aquellos otros con escasa regulación y perfectamente lícitos. En esta acepción amplia, el perímetro definitorio del término no queda establecido ni en el tiempo ni en la forma, y su contenido es disperso y confuso.
En su sentido estricto, el sistema financiero en la sombra se aplicaría a aquellas entidades financieras de inversión, perfectamente legales, no incluidas en el esquema tradicional de regulación y supervisión de las autoridades reguladoras, que constituyen una red heterogénea paralela al sistema financiero tradicional, pero que, al mismo tiempo, se relaciona directamente y opera en él a través de instrumentos financieros complejos.
En realidad no se está hablando de nada novedoso, sino de prácticas que vienen de lejos (varias décadas ya) [5] pero que en los últimos años se han extendido y desarrollado de una manera asombrosa, fundamentalmente, como consecuencia de políticas monetarias expansivas, con una gran flexibilización del crédito; distribuían riesgos, reducían costes y abrían oportunidades para los consumidores en todo el mundo. Se está hablando, por ejemplo, de los fondos de cobertura o fondos de inversión alternativa (hedge funds) o de los vehículos de inversión (conduits, structured investment vehicles, o SIV, y special purpose vehicle, o SPV, en la terminología financiera anglosajona). En realidad no hablamos sino de fondos de inversión de composición heterogénea, fundamentalmente basados en títulos de deuda (activos bancarios, por ejemplo) gestionados por sociedades profesionales, principalmente, bancos de inversión y gestoras de fondos, vinculadas a su vez, en muchos de los casos, a instituciones financieras tradicionales de reconocido prestigio. Ligados a este modelo se han venido desarrollando, desde hace tiempo también, los mercados de derivados de crédito, mercados OTC (Over The Counter), es decir, de instrumentos no estandarizados, que no se negocian en mercados organizados, sino que son ofrecidos directamente por los intermediarios y la banca de inversión como productos a medida a sus clientes.
Este modelo que ha venido a denominarse «originar para distribuir» –frente al tradicional modelo «comprar para mantener», en el que los bancos financiaban sus activos casi exclusivamente con los depósitos a la vista y a plazo de sus clientes–, ha permitido que los bancos puedan financiar mejor sus activos, mediante la cesión de sus créditos a inversores externos, obteniendo una rentabilidad por ello, así como una mayor liquidez y una distribución del riesgo. Al mismo tiempo, al reducir los costes de financiación de sus activos y disponer de mayor liquidez, los bancos podían mejorar las condiciones de los préstamos a sus clientes, aumentado las posibilidades de financiación de la economía, la inversión y el consumo.
Las autoridades reguladoras y los gobiernos conocían las incuestionables bondades que este modelo ofrecía, pero también eran conocedores de los riesgos que entrañaba, [6] en particular, en un entorno económico expansivo excesivamente complaciente, como el que se ha vivido entre los años 2002 y 2005, con una abundante liquidez. [7] Aún así, no sólo permitieron su existencia sino que favorecieron su expansión. Sin embargo, tras los primeros síntomas de recesión en 2007 –y sobre todo tras la caída del banco de inversión Lehman Brothers en 2008– se convirtió en el blanco de todas las iras; se quiso hacer ver que se trataba de un modelo financiero fraudulento que las autoridades reguladoras y los gobiernos desconocían casi por completo, y, los famosos casos Madoff y Stanford de 2009, ayudaron a trasladar esta idea a la opinión pública. [8]
A partir de ahí queda totalmente desplazado el debate económico y el discurso pasa a centrarse en un supuesto problema sistémico de carácter financiero, pero desde una perspectiva más ética que técnica. De este modo las dudas que quedan sin resolver son múltiples: la correa de transmisión de unos comportamientos delictivos y otros irresponsables con la dimensión de la crisis financiera y económica; la extensión y propagación de una crisis financiera parcialmente localizada; la magnitud de los efectos macroeconómicos de una crisis financiera, de tamaño comparativamente limitado; la prolongación y generalización de la recesión económica, etc. Estas cuestiones, y muchas otras, no pueden ser resueltas a partir de dos únicos sumandos: la quiebra parcial de un sobredimensionado sistema financiero en la sombra en Estados Unidos y el fenómeno de la globalización. Es una simplificación demasiado burda. Sin duda faltan elementos que no se han tenido en cuenta, o no se quieren tomar en cuenta.
Al igual que ocurriera en la crisis de 1929, de nuevo se toma la parte por el todo, y el análisis económico queda circunscrito a algunos aspectos sintomáticos de la crisis y no a sus verdaderas causas. [9]
La Gran Recesión de 2009 y la Gran Depresión de 1929
No es de extrañar que se haya querido comparar aquella crisis, la del 29, con ésta, haciendo confluir las denominaciones utilizadas en una y otra; a saber, la Gran Depresión de 1929 y la Gran Recesión de 2009. Pese a la distancia en años, los diagnósticos políticos trasladados a la opinión pública y a la Historia, han sido similares. En ambos casos las causas y orígenes de la crisis se han simplificado excesivamente: la especulación inmobiliaria y la especulación financiera; con dos claros culpables: los inversores y los bancos. [10] También en ambos casos se ha querido mostrar como un problema sistémico, la falta de ética y el fraude. [11]
En efecto, el diagnóstico más extendido sitúa los primeros atisbos de lo que después sería la crisis de 1929 en el llamado «boom inmobiliario» de Florida. «La prosperidad de los años 1922 a 1924, que dio comienzo a la sociedad de consumo en masa en Estados Unidos, produjo un movimiento especulativo de gran amplitud en la compraventa de tierra en el Estado de Florida». «En los círculos bursátiles volvió a repetirse el mismo fenómeno especulativo (...). El agotamiento del propio proceso, por las expectativas de disminución de la actividad económica y por el deterioro previsible en los resultados de las empresas industriales, condujo al jueves 24 de octubre de 1929 de baja brusca y profunda en la generalidad de las cotizaciones».[12]
Paul A. Samuelson,[13] abundando en esta misma idea de la especulación, explicaba que «en los Estados Unidos, durante el fabuloso auge del mercado de valores en los años trepidantes que siguieron a 1920, las amas de casa, los mozos de los coches-camas, los estudiantes en los recreos, todo el mundo compraba y vendía acciones. La mayoría de las compras en este loco mercado alcista era con margen»; es decir, que el comprador sólo pagaba una parte en efectivo del valor de las acciones, y obtenía prestada la diferencia contra la garantía de sus acciones recién compradas. En pocas palabras, el tipo de interés que se pagaba por el préstamo solicitado era inferior a los rendimientos que cabía esperar por las acciones así adquiridas. «Cuando todo el mundo está loco, el estar cuerdo es una locura, (...) como para creer que las compañías de cartera de servicios públicos eran pirámides de papel con cimientos de cartón o que la especulación de terrenos en Florida se refería a algo intermedio entre matorrales y pantanos, o que los créditos privados al exterior (Sudamérica y Europa) se estaban despilfarrando en carteras sin utilidad práctica o en piscinas».
Estas visiones sintomáticas de la crisis del 29, no penetran, sin embargo, en aquellos elementos fundamentales que habrían permitido llegar a esa situación de facilidad desmesurada de endeudamiento generalizado –es decir, el cómo y el porqué de una tal expansión y flexibilización del crédito–, como tampoco explican las razones que llevaron a la quiebra del sistema de pagos entre prestamistas y prestatarios, que resultara en el desmoronamiento del sistema financiero y en la posterior crisis económica de los años 30. Y ese es un gran elemento común con los diagnósticos realizados en la denominada Gran Recesión de 2009.
Milton Friedmann, que escribió profusamente sobre la Gran Depresión de 1929, a la que denominó «la Gran Contracción», argumentaba que la crisis fue originada por lo que no era más que un simple «shock financiero», cuya duración y gravedad se vieron fuertemente incrementadas por políticas desacertadas de la Reserva Federal que provocaron una radical contracción de la oferta monetaria. [14]
Ese es el momento en el que todo crecimiento económico –forzado por políticas monetarias expansivas de bajos tipos de interés y de flexibilización del crédito– concluye bruscamente, demostrando que la prosperidad de los años anteriores era meramente ilusoria. Al elevar las autoridades monetarias el tipo de interés, y, por ende, encarecer el crédito, los prestatarios dejan de poder hacer frente a los préstamos adquiridos, las empresas entran en quiebra y, junto con ellas, los bancos acreedores. La fase que sigue es un período de estancamiento y de deterioro económicos. [15]
Ludwig von Mises explica magistralmente en «The Causes of Economic Crisis, And Other Essays Before and After the Great Depression» [16] el proceso que discurre entre los orígenes del «boom», la llegada del «shock» y la subsiguiente «recesión». En resumen, tres son los elementos clave para comprender este proceso: la expansión crediticia; la reducción artificial, por parte de los bancos centrales, del «tipo de interés monetario» por debajo del «tipo de interés natural»; [17] y, finalmente, el ajuste, la subida de los tipos de interés y la contracción del crédito, ante los primeros síntomas o temores de presiones inflacionarias y/o de inestabilidad financiera.[18]
A su juicio, estos procesos, que llevarían a constantes ciclos de expansión-recesión, sólo podrían explicarse desde la perspectiva de ideologías predominantes, cuyo principal objetivo de política económica sería influir sobre los precios de mercado y los tipos de interés, y, especialmente, a través de la expansión del crédito, como medio para alcanzar el crecimiento económico.[19]
A la pregunta de por qué las autoridades monetarias actúan de este modo sabiendo las nefastas consecuencias que entraña, se puede llegar a responder desde los criterios de la oportunidad política ante los posibles efectos en la opinión pública; es el deseo general de la prensa, partidos políticos, parlamentos, gobiernos, empresarios, propietarios y trabajadores que se abarate el crédito para obtener «dinero barato». [20] Si tras un período de estancamiento, los bancos responden de nuevo al clamor general de abaratar el crédito, la opinión pública se regocijará ante los primeros signos de inicio de un nuevo «boom». Una vez iniciado el proceso expansivo nadie estará dispuesto a asumir el coste de detenerlo. [21]
Alan Greenspan arguye, no sin razón, que «la Fed no actúa en un vacío; si ante los primeros síntomas de un ‘boom’, hubiésemos elevado los tipos (...) habríamos provocado una tormenta política. Nos habrían acusado de perjudicar al pequeño inversor y sabotear las pensiones de los trabajadores. Podía imaginarme el interrogatorio al que me someterían en la siguiente sesión de supervisión del Congreso». [22]
Los «boom» –o «burbujas», como se les denomina ahora–; eso que Alan Greenspan ha venido a calificar de «exuberancia irracional», en realidad, no tienen nada de irracional. Explicado de una manera sucinta: cuando los bancos centrales reducen artificialmente los tipos de interés por debajo de los tipos de interés naturales –es decir, aquellos que estarían vigentes sin su intervención–, se producen una serie de distorsiones en los mercados. Por una parte, el ahorro recibe una remuneración inferior a la que le correspondería conforme a los tipos de interés naturales, desincentivando el ahorro, que se canaliza hacia el consumo. Por otra parte, se flexibiliza y abarata el crédito, estimulando la inversión en activos y/o proyectos empresariales arriesgados, en busca de una mayor rentabilidad. [23] El resultado del proceso es un «malinvestment», más que un «overinvestment» –siguiendo la terminología de Ludwig von Mises–, que sólo se hace patente cuando se produce el irremediable ajuste por parte de los bancos centrales, y los tipos de interés se elevan hasta su nivel natural. [24] El impacto de dicho ajuste sobre el conjunto de la economía será tanto más trágico y prolongado cuanto mayor haya sido el tiempo en que se haya mantenido la ilusión de bajos tipos de interés y de expansión del crédito. [25]
Pese a la cercanía de los acontecimientos, mas con el único objeto de ilustrar en lo posible las ideas aquí expuestas, quizás convenga recordar algunos de los hitos más representativos de la política monetaria que precedieron al «shock» financiero de 2007 y a la «recesión» económica de 2009.
El comienzo del ciclo expansivo que acaba de concluir en 2009, se situaría tras la última recesión «fugaz y reprimida» de 2001, [26] momento a partir del cual la Reserva Federal reemprende de nuevo «la gran expansión crediticia e inversora iniciada a partir de 1992». [27] A lo largo del año 2002, la Reserva Federal redujo drásticamente los tipos de interés situándolos del 6,5% al 1,75%, con nuevas bajadas que se prolongarían hasta el año 2004. Tendencia que, a la postre, fue seguida también por el Banco Central Europeo aunque de forma algo más moderada. En diciembre de ese año, ante los primeros repuntes de la inflación en Estados Unidos, y confiando en detener el alarmante crecimiento del «boom» inmobiliario y del consumo, la Fed cambió la política, y elevó rápidamente los tipos del 1,75% al 4,25% en 2005, llegando al 5,25% en 2006. El BCE, siguiendo su estela, subiría los tipos de interés hasta seis veces en tan sólo un año. Los efectos no se hicieron esperar: la contracción del crédito y la falta de liquidez, castigaron el fuerte endeudamiento, alentado en años anteriores, de familias y empresas, dando lugar a los primeros signos de recesión en 2007. La reacción de la Fed y del BCE fue una nueva bajada de tipos, pero la crisis financiera había estallado ya, con un fuerte aumento generalizado de la morosidad. En octubre de 2008, la situación era ya irreversible y de pánico; los inversores vendían todo tipo de activos, provocando un desmoronamiento en cadena de los mercados. En 2009 se podía hablar ya de fin de ciclo económico y profunda recesión.
Pese a las advertencias de algunos economistas, las políticas que se están aplicando para iniciar una nueva recuperación y poner en marcha un nuevo ciclo expansivo no son muy distintas a las que desembocaron en la crisis: bajos tipos de interés e inyecciones de liquidez. [28] Tanto la Fed como el BCE han mantenido tipos de interés extremadamente bajos entre 2009 y 2010, situándolos entre el 0,25% y el 1% respectivamente. Y las previsiones, para los próximos años son de mantenimiento de tipos de interés bajos, no sin la perspectiva de nuevos «boom» en el horizonte. [29]
El falso debate ético Vs. moral social
La aparición de un nuevo ciclo expansivo con sus consiguientes «boom» irá poco a poco diluyendo la necesidad de iniciar ese debate ético que surgiera tras los primeros momentos posteriores a la crisis. Sólo en aquellos países donde los errores de los gobiernos y de las autoridades reguladoras hayan sido mayores, y los efectos de la crisis hayan de prolongarse más tiempo, éstos seguirán alimentando el debate dentro de la opinión pública en busca de culpables. Los casos paradigmáticos serían aquellos países donde los desequilibrios provocados por la fuerte expansión del crédito han sido mayores, pero también donde los altos niveles de gasto público, antes y/o después de la crisis, y una tasa de inflación también más elevada, retrasarán el crecimiento y prolongarán altos niveles de desempleo, afectando a áreas más extensas de la sociedad.[30]
No obstante, la intención política no será nunca la de acometer un verdadero debate ético destinado a abordar la conducta de todos los agentes económicos –incluidos gobiernos y autoridades reguladoras–, ni de revelar las verdaderas responsabilidades en el devenir de las crisis,[31] sino que la naturaleza del debate será, en esencia, fundamentalmente social, con ricos y pobres, malos y buenos, y la subsiguiente manipulación ideológica de las desigualdades económicas.[32]
Tenía razón Friedrich A. Hayek cuando alertaba sobre el hecho de que no deja de resultar sorprendente «la creciente sustitución experimentada, en todos los idiomas (...), de la palabra ‘moral’, o simplemente ‘el bien’, por la palabra ‘social’». «Cuando la gente habla de ‘conciencia social’ en contraposición a la mera ‘conciencia’ se refiere presumiblemente (...) a un esfuerzo para no guiarse meramente en su conducta por reglas tradicionales, sino por una consideración explícita de las especiales consecuencias de la acción en cuestión. En efecto, están diciendo que nuestras acciones tendrían que guiarse por un completo entendimiento del funcionamiento del proceso social y que nuestro objetivo debiera ser la obtención de un resultado previsible que describen como ‘bien social’». [33]
Los efectos de esta tendencia han sido devastadores durante décadas en el establecimiento de un verdadero debate ético, pues «a través de la identificación entre moral y social, se le atribuye a lo social valor moral (...), y por tanto, se equipara a la verdad»,[34] fomentando «la tiranía de la opinión a través de las mayorías (o de las minorías que las manipulan)» y espoleando el relativismo más absoluto.[35] En esencia, el moralismo social es puramente material y oportunista: su leit motiv es la subordinación de todo lo económico –incluidos los mercados, el dinero y el crédito– a los fines públicos, y «su criterio de justicia (elevado después a virtud) es la solidaridad» social;[36] concepto que se nos muestra dominante y prepotente en su auténtica dimensión ideológica.
Quizás sería aleccionador en alto grado –como propone Hayek– considerar que, «en el momento en que pocos reputan ya el socialismo como un ideal digno de que las gentes se esfuercen, de manera deliberada, por ver implantado, pudiera, en cambio, ocurrir que, sin desearlo, nos encontráramos inmersos en un sistema organizado bajo su signo».[37]
Cuando, en plena «exuberancia irracional», el dinero y el crédito fluyen sin freno por las venas sociales –para felicidad de los poderes públicos y regocijo de la opinión pública–, la ética parece ser la gran olvidada. La consecución del fin social hace innecesario el análisis de los medios y los métodos empleados, y a nadie le causa la menor inquietud, ni siquiera a las autoridades reguladoras y supervisoras, que la «exuberancia irracional» dure mucho o poco, ni cómo dure; basta con que dure.
Referencias Bibliográficas
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Otras Referencias
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Text of Obama’s Speech on Financial Reform, New York Times, September 14, 2009 .
The rich under attack, The Economist, April 4th-10th 2009 , Leaders.
Global Financial Stability Report, Market Developments and Issues, FMI, Abril 2004.
World Economic Outlook, FMI, Abril 2011.
* L. von Mises The Theory of Money and Credit, Yale University Press, 1953, Ed. 2009, Ludwig von Mises Institute, Auburn , Alabama , 2009, Preface to the New Edition, p. 9.
[1] L. von Mises, Autobiografía de un liberal. La gran Viena contra el estatalismo, Unión Editorial, Madrid, 2001, p. 99.
[2] L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, Editorial Hermes, México, 1960, p. 27.
[3] Cfr. The rich under attack, The Economist, April 4th-10th 2009 , Leaders, p. 11: «Going for the bankers is tempting for politicians–and dangerous for everybody else». «A rising wave of anger is directed against the new ‘malefactors of great wealth’. Today’s villains are a larger and more global bunch than the handful of American robber barons Teddy Roosevelt denounced a century ago; and most of them are bankers and fund managers, rather than owners of trusts and railroads. Yet the themes are similar to those at the end of that previous gilded age: rising inequality (...) and a sense that the greedy rich have cheated decent working people of their rightful share of the pie».
[4] Cfr. Text of Obama’s Speech on Financial Reform, New York Times, September 14, 2009 : «That’s how we’ll make certain that markets foster responsibility, not recklessness, and reward those who compete honestly and vigorously within the system, instead of those who try to game the system».
[5] Cfr. Global Financial Stability Report, Market Developments and Issues, FMI, Abril 2004, Capítulo III, Risk Transfer and the Insurance Industry, Market Structure and Regulatory Framework, p. 77: «The transfer of risk from banks to nonbank institutions, such as mutual funds, pension funds, insurers, and hedge funds, has been taking place for many years. Banks have generally tried to distribute the risk that they have originated—particularly concentrations of credit risk—in order to optimize the use of their balance sheets and as an integral part of their risk management practice».
[6] Cfr. Ibíd., p. 77: «The transfer of risk to nonbanking sectors has raised concerns about ‘where the risk has gone;’ whether risk has been widely dispersed or concentrated; and whether the recipients of risk are able to manage such risk». «A wide variety of nonbank institutions have taken on the risk. But the relatively less transparent nature of some nonbanking institutions, their different systems of regulation, and, in some cases, less developed risk management skills have raised questions about whether a reallocation of credit risk has ‘reduced’ risk for the overall financial system or merely ‘shifted’ it to less transparent sectors. In the latter case, new forms of risk and vulnerability may be introduced».
[7] Cfr. Ibíd., Capítulo I, Overview, p. 2: «Another facet of the delicate balance is whether the abundance of liquidity, which has been instrumental in bolstering investor confidence and valuations in most asset markets, could at some point become more of a problem. Now that economic activities and corporate earnings have recovered strongly, the continued abundance of liquidity and a lack of two-way interest rate risk could lead to a sense of complacency and intensify the search for yield, while neglecting risk factors».
[8] Cfr. State Of The Union Address Library, Speeches by US presidents, Barack Obama, February 24, 2009 : «This time, CEOs won’t be able to use taxpayer money to pad their paychecks or buy fancy drapes or disappear on a private jet. Those days are over». January 27, 2010 : «Our most urgent task upon taking office was to shore up the same banks that helped cause this crisis. It was not easy to do. And if there’s one thing that has unified Democrats and Republicans, it’s that we all hated the bank bailout. I hated it. You hated it. It was about as popular as a root canal».
[9] Cfr. State Of The Union Address Library, Speeches by US presidents, Barack Obama, January 27, 2010 : «We cannot afford another so-called economic ‘expansion’ like the one from last decade –what some call the ‘lost decade’ (...) where prosperity was built on a housing bubble and financial speculation».
[10] Cfr. J.K. Galbraith, The Great Crash, 1929, Houghton Mifflin Company, New York , 1997, p. 46: «The most notable piece of speculative architecture of the late twenties, and the one by which, more than any other device, the public demand for common stocks was satisfied, was the investment trust or company». El papel atribuido en la crisis del 29 a los «trust y sociedades de inversión» guarda una semejanza asombrosa con el papel atribuido al «sistema financiero en la sombra» en la crisis de 2009; ambos se consideran instrumento necesario en el origen y desenlace de la crisis. Cfr. Ibíd., p. 89: «As an instrument of economic policy, incantation does not permit of minor doubts or scruples».
[11] Cfr. Ibíd., p. 89: «Wall Street has not always been a cherished symbol in our national life. In some of the devout regions of the nation, those who speculate in stocks–the even more opprobrious term gamblers, is used–are not counted the greatest moral adornments of our society». Cfr. H. Hoover, The Memoirs of Herbert Hoover: The Great Depression, 1929-1941, The Macmillan Company, New York , 1952, p. 246: «In the soil poisoned by speculation grew those ugly weeds of waste, exploitation and abuse of financial powers».
[12] R. Tamames, Estructura económica internacional, Alianza Universidad, Madrid, 1992, pp. 391-392. Cfr. J.K. Galbraith, op. cit., pp. 3-7.
[13] P. Samuelson, Curso de Economía Moderna, Economics, an introductory analysis (Fifth Edition), Aguilar, Madrid, 1963, pp. 150-152. Cfr. J.K. Galbraith, op. cit., pp. 19-20: «The machinery by which Wall Street separates the opportunity to speculate from the unwanted returns and burdens of ownership is ingenious, precise and almost beautiful». «Wall Street, however, has never been able to express its pride in these arrangements. They are admirable and even wonderful only in relation to the purpose they serve. The purpose is to accommodate the speculator and facilitate speculation. But the purposes cannot be admitted. If Wall Street confessed this purpose, many thousands of moral men and women would have no choice but to condemn it for nurturing an evil thing and call for reform. Margin trading must be defended not on the grounds that it efficiently and ingeniously assists the speculator, but that it encourages the extra trading which changes a thin and anaemic market into a thick and healthy one».
[14] Cfr. M. y R.D. Friedman, Two Lucky People: Memoirs, The University of Chicago Press, Chicago , 1998, p. 233: «The Fed was largely responsible for converting what might have been a garden-variety recession, though perhaps a fairly severe one, into a major catastrophe. Instead of using its powers to offset the depression, it presided over a decline in the quantity of money by one-third from 1929 to 1933». «Far from the depression being a failure of the free-enterprise system, it was a tragic failure of government».
[15] Cfr. L. von Mises, The Causes of Economic Crisis, And Other Essays Before and After the Great Depression, Ed. Percy L. Graves Jr., Ludwig von Mises Institute, Auburn, Alabama, 2006, pp. 113-114: «The crisis breaks out only when the banks alter their conduct to the extent that they discontinue issuing any more new fiduciary media an stop undercutting the ‘natural interest rate’. They may even take steps to restrict circulation credit».
[16] Esta obra recopila lo esencial de los ensayos de Ludwig von Mises, escritos entre 1919 y 1946, sobre los efectos de las políticas monetarias expansivas y la aparición de ciclos económicos expansivos-recesivos que constituyen la esencia de la Teoría Austriaca del Ciclo Económico. El Capítulo 2 Monetary Stabilization and Cyclical Policy, concluido en 1928, convierte a Ludwig von Mises en el incuestionable autor de esta teoría: «Others have since written on the subject. None has substantially added to, or subtracted from, his presentation». (Introducción de Percy L. Graves, Jr., Editor, 4 de julio de 1977, p. xvii). Véase también L. von Mises, The Theory of Money and Credit, Yale University Press, 1953, Ed. 2009, Ludwig von Mises Institute, Auburn, Alabama, 2009, Capítulo V, Money, Credit and Interest, pp. 339-365.
[17] Siguiendo la terminología de Knut Wicksell y los economistas clásicos. Cfr. L. von Mises, op. cit., pp. 109-110.
[18] Cfr. Ibíd., Capítulo 2, B, II, Monetary Stabilization and Cyclical Policy, pp. 103-115. Ludwig von Mises fue capaz de predecir en la década anterior la Gran Depresión de los años 30, a partir de la teoría de los ciclos económicos monetarios expansivos-recesivos provocados por la intervención de los bancos centrales en el mercado crediticio y la fijación artificial de los tipos de interés. Dichas predicciones chocaban frontalmente con el clima de euforia que se vivía en aquella década y las previsiones optimistas de la Reserva Federal y del gobierno de los Estados Unidos que pensaban que la prosperidad de los felices años veinte sería perpetua. Cfr. State Of The Union Address Library, Speeches by US presidents, Calvin Coolidge, December 4, 1928 : «No Congress of the United States ever assembled, on surveying the state of the Union , has met with a more pleasing prospect than that which appears at the present time. In the domestic field there is tranquility and contentment, harmonious relations between management and wage earner, freedom from industrial strife, and the highest record of years of prosperity». «The country is in the midst of an era of prosperity more extensive and of peace more permanent than it has ever before experienced».
[19] Cfr. L. von Mises, op. cit., p. 123: «Every single fluctuation in general business conditions–the upswing to the peak of the wave and the decline into the trough which follows–is prompted by the attempt of the banks of issue to reduce the loan rate and thus expand the volume of circulation credit (...). The fact that these efforts are resumed again and again in spite of their widely deplored consequences, causing one business cycle after another, can be attributed to the predominance of an ideology–an ideology which regards rising commodity prices and specially a low rate of interests as goals of economic policy». Cfr. Ibíd., p. 121: «According to the prevailing ideology of businessman and economist-politician, the reduction of the interest rate is considered an essential goal of economic policy. Moreover, the expansion of circulation credit is assumed to be the appropriate means to achieve this goal».
[20] Cfr. Ibíd., p. 122: «At very least, it must be admitted that those who dealt with those problems did not sufficiently understand the reasons for opposing credit expansion to be able to overcome the public clamor for the banks to provide ‘cheap money’».
[21] Cfr. Ibíd., p. 131: «In view of the prevailing ideology, it would have been completely unthinkable for the banks to apply the brakes at the start of such boom. If business conditions continued to improve, then (...) prophecies of a reaction certainly increased in number. However, even those who gave this warning usually did not call for a rigorous halt to all further expansion of circulation of credit. They asked only for moderation and for restricting newly granted credits to ‘non-speculative’ business».
[22] A. Greenspan, La era de las turbulencias: Aventuras en un nuevo mundo, Ediciones B S.A., Barcelona, 2008, p. 202. Dicha afirmación la realiza Alan Greenspan en relación con los primeros síntomas de la «burbuja» bursátil que se estaba produciendo en 1996 y que se prolongó durante tres años más. En el párrafo anterior explica: «(...) estábamos jugando con dinamita política. La Fed por ley no tiene atribuciones explícitas para intentar contener una burbuja de la Bolsa. Indirectamente teníamos autoridad para hacerlo, si creíamos que los precios de las acciones estaban creando presiones inflacionarias. Pero en ese caso habría costado mucho demostrarlo, por lo bien que marchaba la economía».
[23] Cfr. L. von Mises, op. cit., pp. 109-110: «Money may be obtained below the ‘natural interest rate’. As a result business may be started which weren’t profitable before, and which become profitable only through the lower than ‘natural interest rate’».
[24] Cfr. Ibíd., p. 111: «Then it will become apparent that production has gone astray, that plans were drawn up in excess of the economic means available, that speculation, i.e., activity aimed at the provision of future goods, was misdirected».
[25] Cfr. Ibíd., p. 131: «The fault lies, not with the policy of raising the interest rate, but only with the fact that it was raised too late».
[26] En 1995 dio comienzo el «boom» de las «punto.com» (también denominado de las «tecnológicas») que originó el «shock» bursátil de 2000. La recesión subsiguiente fue reprimida con una bajada drástica de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal en 2002 dando lugar a un nuevo ciclo expansivo. Cfr. A. Greenspan, La era de las turbulencias: Aventuras en un nuevo mundo, Ediciones B S.A., Barcelona, 2008, p. 217: «(...) aquellas expresiones de incertidumbre reflejaban el miedo creciente a que, después de siete años espectaculares, el boom económico estadounidense estuviese tocando a su fin. Ese miedo, se demostró, era prematuro. (...) el boom se prolongaría por espacio de dos años más, hasta finales de 2000, cuando el ciclo económico por fin dio la vuelta. Pero yo veía los peligros, y sentía que necesitábamos hacer algo al respecto».
[27] J. Huerta de Soto, Dinero, crédito bancario y ciclos económicos (4.ª edición), Unión Editorial, Madrid, 2009, (Prefacio a la Cuarta Edición) p. IX. El profesor Huerta de Soto explica en ese mismo lugar que «Esta expansión crediticia no se vio soportada por un aumento paralelo del ahorro voluntario de las economías domésticas. Durante muchos años la masa monetaria en forma de billetes y depósitos ha crecido a un ritmo medio superior al 10% anual (lo que equivale a duplicar en cada periodo de 7 años el volumen total de dinero que circula en el mundo). Esta grave inflación fiduciaria de los medios de pago se ha colocado en el mercado por el sistema bancario en forma de créditos de nueva creación concedidos a tipos de interés muy reducidos (incluso negativos en términos reales), lo que ha impulsado una burbuja especulativa en forma de importante subida en los precios de los bienes de capital, activos inmobiliarios y títulos representativos de los mismos que se intercambian en la bolsa de valores, cuyos índices crecieron de forma espectacular».
[28] Cfr. Ibíd., p. X: «En las actuales circunstancias son muchas las voces interesadas que reclaman ulteriores reducciones en los tipos de interés y nuevas inyecciones monetarias que permitan al que quiera culminar sin pérdidas sus inversiones. Sin embargo, esta huida hacia adelante sólo lograría posponer temporalmente los problemas a costa de hacerlos luego mucho más graves». Cfr. Ibíd., p. XI: «(...) con lo que las probabilidades de caer en un futuro no muy lejano en una aún más grave recesión inflacionaria aumentarían exponencialmente (éste fue precisamente el error que se cometió tras el crash bursátil de 1987, que nos llevó a la inflación de finales de los ochenta y terminó en la grave recesión de 1990-1992). Además, reiniciar a estas alturas una política de crédito barato no puede sino dificultar la necesaria liquidación de las inversiones no rentables y la reconversión de las empresas, pudiendo incluso llegar a hacer que la recesión se prolongue indefinidamente, como le ha sucedido a la economía japonesa en los últimos años, que tras probar todas las intervenciones posibles, ha dejado de responder a estímulo alguno de expansión crediticia monetarista o de tipo keynesiano».
[29] Cfr. Ibíd., Capítulo 1, Global Prospects and Policies, p. 18: «At the same time, a number of major emerging market economies and a few advanced economies with close links to them feature very buoyant credit and asset price growth. The issue is whether they are experiencing the kind of credit boom that inevitably ends with a bust. Evidence is not reassuring in this regard».
[30] Cfr. J. Huerta de Soto, op. cit., p. XII: «Solamente los países periféricos como Irlanda y, sobre todo, España, se vieron inmersos desde que iniciaron su proceso de convergencia en una importante expansión crediticia. El caso de nuestro país, España, es paradigmático. Nuestra economía experimentó un boom económico que, en parte, se debió a causas reales (reformas estructurales de liberalización emprendidas a partir de los gobiernos de José María Aznar en 1996); pero, en otra parte nada desdeñable, se vio alimentado por una expansión artificial del dinero y del crédito, que crecieron a una tasa que casi triplicó la evolución de esas mismas magnitudes en Francia o Alemania».
[31] Cfr. L. von Mises, op. cit., p. 131: «Then finally, if (...) the crisis came, it was always easy to find culprits. But there was no desire to locate the real offender–the false theoretical doctrine. So no changes were made in traditional procedures. Economic waves continued to follow one another».
[32] Véase nota 3.
[33] F. A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, The Constitution of Liberty (4.ª edición) Unión Editorial, S.A., Madrid, 1975, p. 99. Sobre lo «social» como sinónimo de «moral», véase también F.A. Hayek, La fatal arrogancia: los errores del socialismo, Unión Editorial, Madrid, 1990, pp. 183 ss.
[34] D. Negro Pavón, La tradición liberal y el Estado, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1995, p. 204, nota 81.
[35] Ibíd., p. 204.
[36] Ibíd., p. 245.
[37] F. A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, The Constitution of Liberty (4.ª edición) Unión Editorial, S.A., Madrid, 1975, p. 349. En este mismo lugar, F.A. Hayek afirma: «Ahora bien, si es cierto que en Occidente los métodos característicos del colectivismo socialista parecen tener escasos partidarios –y sólo han triunfado parcialmente-, no lo es menos que sus objetivos finales mantienen su poder de atracción y plena vigencia. Aún cuando los socialistas ya no poseen un claro programa en cuanto a metas a alcanzar, todavía desean manipular la economía de tal suerte, por ejemplo, que la distribución de rentas coincida con su peculiar concepto de la justicia social. La victoria, sin embargo, más importante conseguida por el socialismo consiste en haber logrado aniquilar las tradicionales limitaciones que moderaban el poder estatal. El socialismo, en tanto aspiraba a la completa reestructuración de la sociedad sobre bases nuevas, forzosamente había de considerar los pilar es del sistema existente como meros estorbos que debían ser destruidos. Una vez destruidos, y al carecer hoy de principios propios, es incapaz de explicar cuáles son los medios más idóneos para alcanzar sus nuevos objetivos. En su consecuencia, nos acercamos a las nuevas tareas propuestas por la ambición del hombre moderno, cuando su carencia de principios, en el sentido original de la palabra, es mayor que nunca».
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