«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



domingo, 27 de enero de 2013

«Políticas de crecimiento» (III)

La contumaz obsesión por la demanda, consumo e inversión, conforme al modelo «neomarxista» transformado en socialdemócrata, nos ha dejado lo que Schumpeter denominara la «keynesificación de Marx o marxistización de Keynes», haciendo un flaco favor a ambos, pero sobre todo a Lord Keynes que, al parecer –según una de sus propagandistas más fervorosas, Joan Robinson– tenía dificultades para ver «cuál era la esencia de su revolución»; acaso lo de «Lord» le impusiera ciertas limitaciones de orden «ideológico» o «social», quién sabe. Sea como fuere, gobiernos de cualquier pelaje ideológico o nación, gurús de procedencia conocida o no, académicos y profanos, e instituciones y organizaciones financieras y económicas de todo orden, se han sumado al carro del gasto como la gran panacea de la recuperación económica. Hoy no hay persona que ponga en duda –o si las hay son las menos– que sin gasto pueda haber recuperación y sin demanda pueda haber crecimiento. En suma, nadie se atreve a negar los postulados analíticos centrales de la «gran biblia económica» de la «Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero» –y muchos, aún sin haber oído ni por asomo semejante título–, esto es, que las crisis económicas son en esencia un problema de demanda efectiva insuficiente y que la sustitución del gasto privado por el gasto público o el aumento de aquél gracias a políticas fiscales o monetarias expansivas, son la receta milagrosa. ¿Quién dijo alguna vez la palabra «ahorro»? ¿Dónde quedaría enterrado semejante concepto? ¿Quién dijo alguna vez que la inversión y el consumo se financiaban con ahorro? ¡Vaya broma! ¡Una guasa de la economía real para aburridos, tristes y agoreros! Quedémonos con lo metafísico, lo alegre y olvidemos lo obvio: nos cargamos el ahorro, y financiamos la inversión con el consumo que por un extraño efecto esotérico multiplica la renta nacional por cinco. Es más nos cepillamos la Ley de Say y nos inventamos que toda demanda genera su propia oferta, y no al contrario. Cosas de la socialdemocracia –ya sea con la «derecha perro-flauta» ya con la «izquierda capitalista»– que gusta vender alegría por doquier.

En éstas, desde Christine Lagarde al genio de «las políticas de crecimiento» François Hollande –verdadera revelación económica del mundo occidental–, todo paisano reclama más gasto, más consumo, no sin más impuestos claro. No es ninguna nueva ecuación algebraica disparatada ni ninguna guasa: Impuestos es igual a consumo más inversión. Es lo que venimos viendo en el último siglo con gran «éxito» en su aplicación, obviando alguna notable excepción, y no sin reservas, del tipo Thatcher-Reagan. Pues si seguimos a pie juntillas la «biblia económica», la revelación del milagroso efecto multiplicador –dicen los profetas– sólo se produce cuando se aumenta el gasto público y los impuestos, o tiene lugar la conjunción planetaria entre Plutón y Saturno entrando en Sagitario, y Escorpio está en la casa VII, que para el caso debe ser lo mismo. De ahí que a nadie se le ocurra ni por asomo hablar de reducción del gasto ni reducción de los impuestos: ¡Anatema! Eso son cosas de los herejes neoliberales que habría que echar a la hoguera.

Y como la marea Hollande no tiene parangón en eso del tirón mediático, la Unión Europea, pese a la mala de la película, Angela Merkel, se apunta también al tándem gasto-impuestos con afirmaciones del género: «las reformas estructurales tienen un carácter más bien deflacionista, cuando lo que se necesita es aumentar el gasto de manera selectiva en materias que fomenten la demanda y generen expansión». Vaya, más de lo mismo, no sin los consabidos bajos tipos de interés y más flexibilización del crédito, más financiación a la carta, barra o menú, BEI y fondos estructurales con efecto multiplicador (10.000 millones de euros que habrán de convertirse en 60.000 millones de euros, como los panes y los peces), e ideas peregrinas del tipo Tasa Tobin reinventada para transacciones financieras, rescates y cortafuegos, bancos malos, mutualización de la deuda o intervención y compra de deuda soberana, eurobonos y unión bancaria. En definitiva, lo que el profesor Huerta de Soto llamaría seguramente «apagar incendios con lanzallamas» y que unos y otros –hasta ministros de exteriores al servicio de la «Marca España»– reclaman con verdadera pasión incendiaria.

Pero lo de España casi mejor lo dejamos para otro artículo de este folletín «postkeynesiano» por entregas, pues da para mucho, y tanta chanza nos proporciona desde esa singular perspectiva antes esbozada de las mal llamadas «políticas de austeridad» con saqueo generalizado a base de impuestos y tasas, y anunciadas «políticas de crecimiento», gasto, reformitas de cuarto y mitad, y ayuditas para emprendedores de medio pelo y amiguetes del lugar.

lunes, 14 de enero de 2013

«Políticas de crecimiento» (II)

El profesor Lucas Beltrán escribía en «La Nueva Economía Liberal», al explicar la corriente de las «rational expectations», que los apóstoles del intervencionismo parten de la premisa –errónea siempre–, de que los gobiernos saben más que los individuos, y que las autoridades económicas y financieras son más inteligentes que los mercados. Negando pues toda inteligencia y capacidad de comprensión del individuo, los gobiernos podrían tomar medidas para influir en el mercado, y éste reaccionaría siempre de la misma manera, no aprendiendo nunca nada y no adquiriendo ninguna experiencia. Sin embargo, la realidad nos ha demostrado con cierta impertinencia frente a esta presunción, que cuando el individuo atisba un cambio, éste puede reaccionar frustrando, en todo o en parte, los resultados que gobiernos o autoridades pretendían obtener con alguna intervención de naturaleza fiscal o monetaria en el orden económico. Así –y mal que les pese a algunos–, las políticas gubernamentales sólo podrían obtener algún resultado a corto plazo, la primera vez que se aplican, pero no cuando se reiteran. Por ejemplo –en ese tan característico «sostenella y no enmandalla» de los gobiernos–, «las políticas keynesianas han ido perdiendo la eficacia que, a corto plazo, pudieron tener en algún momento», y, parece lógico que lo mejor sería, dadas las circunstancias, suprimir tales intervenciones «y sustituirlas por una política económica basada en unas pocas reglas claramente expuestas y bien entendidas» que dejaran actuar libremente a los individuos. «Uno de los logros de la economía teórica –nos dice Hayek– ha sido explicar de qué manera se consigue en el mercado el mutuo ajuste de las actividades espontáneas de los individuos, con tal de que se conozca la delimitación de la esfera de control de cada uno».

El propio Keynes reconocía poco antes de su muerte, en un artículo publicado en junio de 1946 por el Economic Journal, «The Balance of Payments of the United States»: «Me siento impulsado, no por primera vez, a recordar a los economistas actuales que las enseñanzas clásicas encerraban algunas verdades permanentes de gran importancia, que es posible nos pasen inadvertidas, porque las asociamos con otras doctrinas que ahora no podemos aceptar sin muchos retoques. En estas materias hay corrientes subterráneas profundas; podríamos llamarlas fuerzas naturales, incluso la mano invisible, que están empujando hacia el equilibrio».

Sin embargo, gobiernos y autoridades económicas y financieras, siempre temerosos del funcionamiento fastidioso de esas «fuerzas naturales» que hayan de poner en evidencia su pertinaz incompetencia, insisten en sus políticas intervencionistas y en su discurso de «crecimiento» y «pleno empleo» «marxiano» –por lo de «y dos huevos duros más»–, pretendiendo la imposible empresa de crear –siguiendo el símil Hayekiano–  «un complejo orgánico compuesto, colocando cada molécula individual o átomo en su lugar apropiado en relación con los restantes», y a la voz de «¡Ar!». Mas el atrevimiento de estos aprendices de brujo es aún mayor, pues, en esto que llaman «economías mixtas», ensayan congeniar la ingeniería molecular o atómica con el libre mercado. Es decir, pretenden planificar las reacciones de los individuos y de los mercados confiando en que éstos actúen de una determinada manera ante determinados «estímulos» o «medidas» –que ellos denominan «políticas de crecimiento»–, y para más abundar esperan que salga un «seis doble».

Pese a las postreras reflexiones de Lord Keynes, lo cierto es que –como señala el profesor Dalmacio Negro en «La tradición liberal y el Estado»–, a partir de 1936, en que apareció la «Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero», los planificadores no han dejado de invocar esa «biblia académica para justificar filosóficamente lo que había empezado siendo un simple salto en la oscuridad». Aplicada «como panacea desde 1946, se convirtió en los años 50 y 60 en el principio rector de la política económica de las principales economías de Occidente», que pasaban a adoptar métodos claramente planificadores. «Gracias a sus efectos, la década de los 70 fue ya claramente colectivista» –con una notable obsesión por controlar demanda y oferta, y redistribuir rentas y gasto–, quizá como una «respuesta política de las democracias liberales al éxito (propagandístico) del socialismo soviético», o, simplemente, contaminadas por éste.

No obstante, mucho de esa respuesta –propagandística también– pudo surgir, en parte, por una infundada credulidad ante unas falsas profecías «neomarxistas» –aún imperantes– que auguran persistentemente el fin del «capitalismo» en un escenario –que el mercado sería incapaz de corregir–, de exceso de producción, deflación y demanda insuficiente para asegurar la ocupación total. Raymond Aron comentaba con cierta ironía en «Dix-huit leçons sur la société industrielle», lo divertido que le resultaba releer a aquellos visionarios –cosa que recomendaba a sus alumnos de la Sorbona–, cuando en 1931 afirmaban que nunca podría volver a reproducirse la prosperidad excepcional experimentada en los Estados Unidos entre 1923 y 1928, por las razones antes apuntadas. Pues bien, pese a todo –añadía–, «estamos en 1956 y la producción en Estados Unidos se ha multiplicado por dos y sigue habiendo consumidores». ¡Milagro!

viernes, 4 de enero de 2013

«Políticas de crecimiento» (I)

Se equivocan aquellos que piensan que tales políticas existen, al menos como medidas gubernamentales de intervención activa en el orden económico. El crecimiento no es una política ni puede serlo, sin embargo, afirmar tal es tanto como decir que los gobiernos no sirven para nada en economía sino para pifiarla, y que las denominadas autoridades económicas mejor harían si se fueran a su casa y dejaran al homo œconomicus hacer lo que le corresponde. Ya nos adentremos en políticas fiscales o monetarias, basadas siempre en la demanda –véase en el gasto–, el resultado siempre suele ser el mismo: intervención del mercado, falseamiento de la realidad y colectivización de las pérdidas. Esta es cuestión que pese a los batacazos que llevamos sufriendo, seguirá formando parte del debate político hasta que consigan la debacle total, pues, mal que nos pese, las crisis cada vez son y serán más profundas, más prolongadas y más devastadoras, y no es cosa de la fantasmagórica globalización ni fruto de conspiración alguna, del tipo del oportunamente inventado «sistema financiero en la sombra» –tan traído y llevado por autoridades reguladoras–.

Los gobiernos, en ese afán tan suyo, entre soberbio y arrogante –«fatal», que dijera Hayek–, nos deleitan con sus reformas de reformas sobre reformas previas, sueños imposibles de pleno empleo y crecimiento sostenible, sostenido o sustentable –según sea de atrevida la palabrería del sujeto que gobierna y profunda la ignorancia del sujeto gobernado–, como si fueran capaces de alcanzar tales logros y tales quimeras fueran posibles de su mano milagrosa. Y pese a que es de suponer que son harto conocedores de su incapacidad absoluta para ello –salvo que hayan aprendido economía en dos tardes como el genio de las nubes y el viento– insisten en su discurso imposible, demagógico y populista, que haya de facilitar ya una victoria electoral ya su permanencia en el asiento de la política unos cuantos años más. La función o la contratación pública, las subvenciones y los subsidios, son su gran panacea, pues al margen de más administraciones, organismos y empresas públicas, los gobiernos son incapaces de crear nada en el orden económico, y eso siempre exige que la caja esté llena; es decir, que los que sí trabajan trabajen, produzcan, inviertan su dinero, corran riesgos y paguen impuestos. Los gobiernos no producen nada, sólo gastan, y ese gasto se sufraga con impuestos. Esta realidad implacable se puede revestir del modo que se quiera pero no tiene vuelta de hoja. Así por mucho que se quiera vender la idea de la inversión y el consumo públicos como motores de una economía, el resultado será siempre el mismo: déficit y deuda que habremos de pagar todos a golpe de impuestos. En consecuencia, cualquier medida denominada «expansiva» basada en gasto público, tornará necesariamente en «restrictiva». Gasto e impuestos, son dos caras de la misma moneda.

Los estímulos monetarios para fomentar el gasto privado no son muy distintos, por mucho que se bajen los tipos de interés llega un momento en que dichas medidas no sólo no dejan de tener un efecto expansivo sino que se produce el efecto contrario, además de la temida inflación –preferida al paro, según dicen algunos; como si la una no llevara a lo otro–. Es el famoso debate entre Von Mises y Keynes entre el largo y el corto plazo, y cuyas consecuencias, de  nuevo, hemos visto de manera clara en la última crisis. Hoy, tras la larga borrachera de crédito barato, estamos cerca de esa realidad apuntada por el profesor Huerta de Soto: «dándole al borracho, que ya siente con toda su virulencia la resaca, más alcohol», «pudiendo incluso llegar a hacer que la recesión se prolongue indefinidamente, como le ha sucedido a la economía japonesa en los últimos años que, tras probar todas las intervenciones posibles, ha dejado de responder a estímulo alguno de expansión crediticia monetarista o de tipo keynesiano».

En pocas palabras, cabría preguntarse si los gobiernos pueden hacer alguna cosa para que una economía salga de la crisis, crezca y cree empleo, o acaso si es cabal pensar que quienes nos llevan a la crisis con sus actuaciones, son quienes han de sacarnos de ella. Sin duda parece absurdo que el problema pueda terminar siendo la solución o que la enfermedad pueda ser la receta.

Se dice que un notable empresario español le espetó a un solícito Presidente del Gobierno que le ofrecía su ayuda: «lo mejor es que no haga nada», y casi no le faltaba razón al tal buen señor, ante los antecedentes del sujeto presidencial aludido, mas quizá pudiera ser ésta una respuesta harto válida para cualesquiera políticos, ya sean del pelaje que sea.