«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



martes, 23 de abril de 2013

Hoy, hablaremos del Gobierno

Está claro. El Gobierno no tiene absolutamente ni idea de cómo salir de ésta; carece de toda iniciativa para adoptar las medidas necesarias para salir de la crisis, y su incapacidad únicamente le permite esperar que Bruselas le diga lo que tiene que hacer. No es nuevo, se le veía venir desde el principio, pese a las arengas preelectorales. Es lo que podríamos llamar la «doctrina de las políticas pasivas», que permite eludir toda responsabilidad ante las consecuencias que puedan derivarse de cualesquiera medidas acordadas: «¡Ah! Yo no sé nada, ha sido Bruselas quien obliga». Pero lamentablemente, quien obliga y está llamada a decidir las supuestas «políticas activas», véase Europa, tampoco tiene ni idea de cómo cuadrar las cuentas: «Mire usted, cumpla con lo que queda del mancillado PEC como buenamente pueda, y déjeme en paz». Total que unos y otros se pasan la pelota del déficit y la deuda, esperando que por arte de birlibirloque se desinfle sola. Y hacen lo único que saben hacer, es decir, aumentar la «partida ingresos» vía impuestos, reducir cuatro partidas miserables de gasto corriente y dejar el gasto estructural tal cual es. Lo que es casi peor que si no hicieran nada en absoluto.

Llegamos a las tan esperadas cuentas de 2012, y hasta con trampas de colegial que algún gamberro ministerial –cuyo nombre es mejor omitir por verdadero aburrimiento– denomina «cuestiones metodológicas», nos plantamos en un déficit del 6,74% que el Gobierno en su insensatez desmesurada anuncia a bombo y platillo, antes de que Eurostat lo corrija y demuestre que, pese a las triquiñuelas de las devoluciones de IVA, IRPF e IS –diríamos «diferidas», según el «método contable Maricospe»– resulta ser del 6,98%. Mas como esto de los datos macroeconómicos parece ser «infinitamente expansivo» como el Universo, resulta que, incluyendo las ayudas a la «banca no quebrada», el déficit de España S.A., es realmente del 10,6%. En fin, un pequeño desvío de nada, teniendo en cuenta que el objetivo a alcanzar era del 6,3%. Vaya, que si en lugar de este Gobierno de la «señorita Pepis», estuviéramos hablando del consejo de administración de cualquier empresita de medio pelo, aquí habría dimitido hasta el que limpia los cristales de la sala de juntas.

A más abundar, en este disparate macroeconómico de «diga usted lo que le venga en gana», algún otro majadero nos alerta de que el problema sigue siendo la «partida ingresos», cuando el denominado «esfuerzo fiscal» –sin incluir cotizaciones a la Seguridad Social– nos sitúa en el «Top five» europeo, o acaso del mundo, con un bonito 41% de media sobre las rentas del trabajo, y subiendo. Pero hélas!, resulta que somos de los que menos recaudan con un 32% y bajando, ¡vaya por Dios!; pues gozamos con la inestimable ayuda de una economía sumergida del 23% del PIB que el ministro del ramo –el de siempre; la aburrida marmota– ha pretendido solventar con una amnistía fiscal que nadie sabía ni cómo acogerse a ella. Y así, pasado el plazo, más de uno ha decidido dejar las cosas como están, allá en las Caimanes tomando daiquiris a la salud del ministro. Los demás, que se han conformado, tan contentos, con tributar sólo al tipo medio del 3%, también habrán disfrutado de unos refrigerios a la salud del ministro que, al parecer, posee una «lista» de evasores de impuestos donde no está ni Bárcenas. Esto debe de ser como lo del «cuaderno azul de Aznar» o el «zurrón de Moragas» que nadie sabe lo que llevan ni si tienen alguna utilidad.

Desgraciadamente, tampoco se ha molestado nadie en recordarle al señor ministro –que anda mezclando peras con manzanas–, la famosa Curva de Laffer, y que por mucho que intente recaudar, las cifras le dicen que a mayor presión fiscal menos recaudación. No por fraude, no por economía sumergida, sino porque cada vez hay menos que puedan pagar sus impuestos. En pocas palabras: la economía se contrae bruscamente, se suspende la cadena de pagos, cierran empresas y aumenta el paro; y eso lo saben hasta los torpes del sindicato, el Señor Pebbles y el Gorila Maguila, revestidos de sus harapientos conocimientos de macroeconomía. Los efectos positivos que a corto plazo producen en la recaudación las subidas impositivas, desaparecen a medio plazo, con lo que en seis meses el señor ministro tendrá que volver a subir impuestos para cuadrar sus cuentas, y así sucesivamente; diga lo que diga el señor ministro. Porque la «madre de la oveja» –y por mucho que se le explique, mira que no lo entiende o no lo quiere entender– está en el gasto. Ese gasto desmesurado de la «desconcertante estructura administrativa española» que tan ocurrentemente definiera Financial Times, y que constituye el 50% de nuestro PIB, coadyuvado por el inefable Título VIII de nuestra Constitución, que habría de ser demolido con efectos retroactivos hasta que no quedaran ni las banderas. Eso y las subvenciones en «malinvestment» para energías que no dan energía y emprendedores que no emprenden nada; ayudas a organizaciones de «ideas» que no dan ideas y fundaciones e institutos de enchufados que publican chorradas que no le interesan a nadie; financiación de partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, asociaciones de empresarios y trabajadores, que no representan ni a unos ni a otros; y subsidios a gamberros del más variado pelaje que perciben todo tipo de ventajas a golpe de BOE para vaya usted a saber qué ocurrencia. ¡Señor ministro, cuando hay crisis: subvenciones y ayudas cero! No venga con la tontería de la paga extraordinaria de Navidad de los funcionarios, mientras subsisten esas 4.000 empresas y organismos públicos que, al parecer, eran prescindibles. No hable de recortes a las pensiones que no llegan ni al miserable salario mínimo, mientras se mantienen los viajes del IMSERSO para que la señora Eustaquia se dé un garbeo.

Es más ¿cómo se pueden seguir manteniendo paridas y partidas como la Renta Básica de Emancipación, aunque sea reducida, para niñatos que no quieren vivir con papá y mamá? ¿Por qué no les damos un subsidio semanal para «chuches»? ¡Las cosas hay que ganárselas, caramba! ¡Ganárselas y pagarlas! Y ni escraches ni «yes, we can» ni Marinaledas expropiatorias ni ocupas. No somos capaces de tocar una coma de las fundamentalmente injustas leyes de la «progresía social» de anteayer, y nos vamos a cargar de un tirón el secular Código civil y la Ley Hipotecaria, sin dejar piedra sobre piedra de las obligaciones y contratos, porque resulta que hay unos señores y señoras que no pueden pagar la hipoteca. ¿Pero qué disparate es éste? ¿Alguien tiene la más remota idea en este país de lo que significa el principio de legalidad y la seguridad jurídica?

Miren: si no saben ni quieren gobernar, lo mejor que pueden hacer es marcharse con su perro y con su flauta a dar la tabarra a otra parte, y a pisar charcos majos.

domingo, 14 de abril de 2013

¿En qué cree la Izquierda?

La izquierda en España vuelve a campar por sus fueros, si es que alguna vez los abandonó. A río revuelto siempre anda lanzando la caña en busca de presas sustanciosas. Es amante del callejeo violento y, en eso, habrá de reconocerse que no le gana nadie. Sabe cómo dar la espalda a la ley, violarla, dar un giro semántico inesperado y ponerla de su parte. Poco importa que entre a golpes en un supermercado o en una sucursal bancaria, que ocupe una vivienda ajena, que cerque el Congreso de los Diputados, o que agreda verbalmente –sólo verbalmente, por el momento– a diputados en sus propios domicilios. La izquierda siempre ha gozado de una especie de comprensión generalizada ante sus acometidas violentas del tipo: «si lo hace, por algo será; seguramente, el agredido se lo merecía». «Superioridad moral» se atreven a decir sus acólitos, ante cualquier tipo de desmán de revoltosos y violentos. Así se llega, a lo que acaso nadie desee ver, pero que lamentablemente conocemos bien en España: la supresión de la ley por la barbarie totalitarista del amedrentamiento y las amenazas, y donde ninguno estará a salvo, ni siquiera la izquierda. Y bien digo: ni siquiera la izquierda, aunque ésta siempre se olvide de ello, inmersa en su insensatez revolucionaria.

Lo hemos visto ya antes con esos «especímenes» de la denominada «izquierda abertzale» que, pese a parecer aislados y repudiados por la sociedad entera, gozaron en muchos momentos de la comprensión entre propios y extraños frente a los agredidos. El resultado de aquellos barros, en cierto modo, nos ha traído estos lodos, pues a nadie se le escapa que aquéllos que amenazaban, agredían, secuestraban y asesinaban bajo cualesquiera denominaciones o «marcas», hoy están impunemente donde están –en alcaldías, diputaciones, asambleas legislativas y hasta en el Congreso de la Nación–, habiendo alcanzado el reconocimiento jurídico y democrático por medios antijurídicos y no democráticos en la conquista de fines ilegítimos, ilegales y antidemocráticos. Y ahí es nada: gloria democrática para quienes violaron la ley, y reconocimiento a su labor por la «consecución de una paz» que ellos mismos cercenaron sin piedad alguna.

Quizá España no haya vivido nunca en paz sino en una revolución permanente y latente; ni hubo jamás reconciliación, aunque nos vendieran la cantinela «buenista» de que sí. Ya lo ha dicho alguno con apariencia «cromagnónica», reivindicando el espíritu de la II República: «Ni olvido, ni perdono». Acaso la izquierda nunca aceptara, sino por miedo –o por no caber otra cosa en aquel momento–, ni la transición ni el régimen de partidos ni la Constitución del 1978, y mucho menos la Corona. Puede que, sin más ambages, la izquierda nunca haya deseado democracia ni libertad en España, y que su aceptación temporal no haya sido para ella sino un medio «posibilista» para terminar alcanzando unos fines –los que sean– dudosamente legítimos: ¿venganza histórica?

Mucho tiempo su simbología, reivindicaciones y actitudes se han dejado pasar por inadvertidas cual comportamiento folklórico carente de fondo y consecuencias, ante el inevitable devenir histórico: desmoronamiento del bloque soviético, fin de los regímenes totalitarios en Europa central y del Este, y aparente imposibilidad de su resurgimiento al acabarse el que parecía grifo inagotable de financiación por parte de Moscú. Los puños en alto, las Internacionales, las banderas rojas de hoz y martillo, y las de la II República, gozaban de una complacencia pasmosa por creerse que aquellos que los alzaban, las cantaban y las agitaban aceptaban plenamente la democracia y la libertad, y que aquellas runas del pasado no eran sino desfiles de disfraces inocentes, casi infantiles. Mas acaso parece que el juicio haya sido errado, prematuro y de una ligereza sobremanera naíf, a la vista de los múltiples acontecimientos recientes...

Algo más que folklore hay. Cuando en un acto homenaje al infausto Comandante Chávez, se ve reunidos a PSOE e IU –copartícipes de la transición–, CC.OO y UGT –organizaciones amparadas por la Constitución–, junto con el BNG, ERC –separatistas y manifiestamente anticonstitucionales– y Amaiur –valedores de fanáticos y asesinos–, todos juntitos, bien avenidos, y con palabras de reconocimiento para quien convirtió Venezuela en su satrapía personal, es difícil creer que la izquierda española pueda amar y desear la democracia y la libertad. Al menos la «libertad» y «democracia» entendidas en su sentido primigenio, genuino e histórico, no en esa «neolengua» orwelliana inventada por el «Ingsoc» donde «democracia» y «libertad» es lo que se disfruta en Cuba y Corea del Norte. «Democracia bolivariana», decían algunos de los enardecidos e ignorantes oradores del auditorio de Comisiones Obreras, abandonando aquella otra terminología sesentona de «democracia popular», en eterna reconstrucción perversa de la Historia. Alguien debería decirles que si Simón Bolívar levantara la cabeza, los pasaba a todos por las armas sin mediar contemplación. Porque si algo era Bolívar era un liberal convencido del XIX, y no un Ché, un Castro o un Chávez del XX. También habrá de aceptarse que probablemente éstos harían lo mismo con aquél.

Inmersos en una terrible algarabía nacional que no vivíamos desde hacía décadas, las tintas se están cargando por todas partes, y aquí nadie parece dispuesto a ponerle freno, ni siquiera ese Gobierno de mayoría absoluta que ha demostrado ser tibio, pusilánime y endeble en sus convicciones democráticas y liberales. Tampoco hay el más mínimo atisbo de sensatez o cordura entre instituciones, políticos o ciudadanos, ni ética ni respeto a la ley entre quienes habrían de presumirse «primus inter pares» y ejemplo de tradición democrática. Todo el mundo se está saltando las reglas, y eso es tanto como destruir los cimientos de la convivencia y la comunidad. Y poco importará que se defiendan postulados monárquicos o republicanos, una constitución u otra, si no están claras unas elementales normas de respeto de coexistencia en común, o si quienes defienden una postura u otra carecen del más mínimo sentido de «libertad» y «democracia».

«No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad», son palabras que se le atribuyen a Largo Caballero en un discurso pronunciado en Ginebra en el verano de 1934. Palabras para la reflexión, sin duda.

jueves, 4 de abril de 2013

Ni ética ni estética

...Ni decoro ni principios. Es mal que afecta a la política y a quienes la habitan. Porque la habitan no la ejercen. Y aún, la ocupan no la sirven. Se llaman políticos pero no son sino burócratas revestidos de mandatos de cuatro años, de ida y vuelta, que entran por la trastienda del amiguismo de partido y salen por la puerta principal institucional con halo de dignidad togada. Ahora lo llaman «fenómeno de la puerta giratoria» como si de cosa nueva se tratara, pero es tan antiguo en nuestra historia parlamentaria como los favores bien premiados a quienes han llenado las arcas personales de tiranos oportunistas disfrazados de legitimidad histórica. Tiranos, sí, por romper juramentos y leyes, a cambio de evitar quizá el exilio con los bolsillos vacíos.

Y aquí, lo mismo da, que sean señores o siervos, de partidos o no, de izquierdas o de derechas, conservadores o liberales, socialdemócratas o democratacristianos. Entre sus prioridades anda sólo la hacienda personal y ver su nombre escrito en letras de oro. Venden su alma por treinta monedas de plata y hunden en el fango del populacho palabras que deberían elevarse.

Mas quizá en ese mercadeo de nombre y bolsa, resultará más reprobable la actitud «plebeya» –por carente de virtud– de a quien se le presumía «aristócrata» –en su sentido político y aristotélico–, por haber recibido la educación –paideia– requerida en valores y principios, ética y sentido del decoro –la areté y la kalokagathía y estando, por ello, llamado a dar ejemplo de respeto a la tradición y a la estética. La «Noblesse oblige». Esto es, la vida como disciplina –la vida noble–, pues la nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos, que dijera Ortega recordando a Goethe: «Vivir a gusto es de plebeyos: el noble aspira a ordenación y a ley».

Y en estas llegamos a nuestro querido tomillar hispánico, que se ha revelado no muy distinto de otros tomillares parlamentarios del entorno transpirenaico, si no fuera por la cantidad y calidad de pillastres y gamberros del más variado pelaje. No hará falta sacar nombres y apellidos para saber de quiénes se habla. Tampoco hará falta entrar en detalles delictivos por hastío, imposibilidad práctica y verdadero asco. Pero sí habrá de denunciarse cómo aquellos que con tono grave y circunspecto hablaban de regeneración moral y ética han hecho gala de ser unos bellacos y lacayos de siete suelas.

Por esos mundos andaban otrora los adalides de la familia –la pusilla respublica en la que, al parecer, se cimentaban las bases de la magna respublica–, vestidos con sus togas romanas y túnicas cristianas, azuzando a las gentes de bien por doquier, ora en defensa del matrimonio ora en defensa del nonato, hasta que alcanzada la magistratura sólo quedó el silencio y el olvido en el Foro de Génova 13, o a lo más alguna frivolidad jurídica proferida por el Notario del Reino, que habrá de alcanzar el marquesado por los favores prestados a la otra «Familia», como otros antes que él. Y es que para el señor Marqués dará lo mismo amar a un loro que a una cacatúa para justificar el matrimonio, siendo lo importante que haya «amor». Romántico y sensiblero se nos ha puesto el jurista de altos vuelos, que junto al concepto de consentimiento habrá de añadir la palabra «amor» en el Código civil. Peor suerte habrá de correr el nonato, que haya de salvar la vida entre una cuestión de plazos y otra de despenalización y supuestos, mientras se argumenta que su aniquilación a quien más daño hace es a su progenitora.

Sin embargo, la vida de quienes se la arrebataron a otros sigue siendo asunto de derechos y libertades por el mero ayuno –o de prevaricación, en caso contrario, según el Ministro de marras–, y diluida la infamia en una «cuestión política», ya nadie sabe quién pactó con quién ni quién mató a quién. Nadie conoce a nadie, pero todos se cruzan por los pasillos del Congreso hablando de respeto democrático y de decisiones judiciales como si tales fueran las del Tribunal Constitucional. Si alguien mencionó alguna vez la cadena perpetua, fue para echarse un farol de mal gusto, y así habremos de quedarnos con la descafeinada «doctrina Parot» –o ni siquiera–, mientras la Fiscalía anda ocupada, de aquí para allá, investigando si algún malnacido hizo o no enaltecimiento del terrorismo, como si no estuviera a la vista de todos en la prensa escrita y gráfica: ¡A toda plana!

Liberales, se hacen llamar –vaya usted a saber por qué– cuando lo único que gustan es de dictar innumerables leyes y decretos sobre la chorrada más nimia en pos de la aniquilación de la aún poco aborrecible vida del ciudadano. De lo dicho nada. Igual que los anteriores: más impuestos, tasas, prohibiciones, regulaciones y subvenciones. Liberales para ellos, que hacen y deshacen cuanto se les antoja, a su conveniencia y gusto, siempre que haya de dejar el consabido beneficio con puerta giratoria o sin ella.

Pues «liberalismo» para estos mercaderes de corral pasa por no ser otra cosa que reconstruir la Sardes, capital de Lidia, que describiera La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, donde el rey Ciro estableciera burdeles, tabernas y juegos públicos, obligando a sus habitantes a hacer uso de ellos. Bonita imagen la de la tan traída y llevada «Marca España». España exportará ese famoso concepto de «culturalidad», que no de cultura,  que tantos ingresos por turismo reporta, para erigirse en modelo de «tascocracia excelente» o patio de atrás «Tijuanero» que albergará más casinos, más prostíbulos y más salas de fiesta que ningún otro rincón de Europa. Excelencia, búsqueda de la excelencia –decían–; vaya excelencia la suya, cuando acaban de descubrir por arte de birlibirloque –no por inspección alguna– que para un profesor de primaria, contratado y recontratado, las gallinas son mamíferas y el Ebro desemboca en la calle Serrano.

«Meritocracia», difícil palabro para quien confunde ética y estética, desconoce lo que es decoro y honor, y, al parecer, hubo recibido también pocas letras en la cuna o si las recibió dejó de hacer uso de ellas.