«La opinión pública ha adoptado una serie de dogmas, para atacar los cuáles hay cada vez menos libertad».
(L. von Mises, Omnipotencia gubernamental, 1960)

«Es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido».
(Ortega, Meditaciones del Quijote, 1914)



jueves, 12 de abril de 2012

El Gobierno de los Cien Días

Este Gobierno ha tenido la enorme virtud de conseguir desagradar a propios y extraños en el breve plazo de cien días. En cien días Napoleón perdió definitivamente un imperio, forjado durante más de una década. Pero cien días parece siempre breve plazo para estos burócratas, convertidos a gobernantes, vestidos en sus blindados mandatos de cuatro años. Nunca arriesgan el todo por el todo, van en pequeñas dosis, como el perfume y el veneno. Sádicos torturadores de situaciones, que prolongan con el malsano deleite de su indecisión. Lejos quedan de los egregios hacedores de patrias y continentes de otrora, que para bien o para mal, ponían su vida y reputación al servicio de la Historia.

Mariano Rajoy se ha prodigado en un discurso de gravedad y urgencia –quizá queriendo emular a Winston Churchill en su noble «sólo os puedo prometer sangre, sudor y lágrimas»–, mas, al modo acostumbrado de las elites sobrevenidas de los tiempos que corren, sólo se ha quedado en eso, o ni siquiera: palabras de gravedad y urgencia, «como aldabada postrera que ha sonado en la escalera». La indecisión fraguada en la falta de arreos y arrestos, desmerece y vacía aquella arenga que prometía valentía y arrojo.

El pueblo español habló un 20 de noviembre, para cuatro meses después ver ahogada su voz altanera aceptando el guante. No se han presentado los padrinos, ni habrá duelo ni batalla. De lo dicho no hay nada. El ataque de infantería y caballería, se ha tornado en retirada sin pegar ni un sólo tiro. No habrá Waterloo. Confianza traicionada. Rendición.

Un mes de desayunos entre sindicatos y patronal, y otro mes de redacción de proyecto en la sombra, para alcanzar un descafeinado de enésima reforma laboral que habrá de tramitarse en el Congreso con el enemigo a las puertas. Una poco ambiciosa reforma, para el ruido que habrá de hacer, y las que habrán de seguir, en este país de parche sobre parche. Timidez por una paz social que no será. Sindicatos y socialistas ya tienen encendidas las antorchas, y en el Palacio de Invierno se baila el vals.

¿Mayoría absoluta? ¿Para qué? Para poner paños tibios a una economía desahuciada durante cien días de agonía, que serán setecientos o más, merced a lo que digan los mercados; y eso, es como la crónica de una muerte anunciada, con una reformita financiera de por medio que premia al inútil, al que lo ha hecho mal, con más FROB, y obliga al cumplidor a recibir en el consejo de administración, brazos abiertos, al vividor, al hijo pródigo. 

Premiar al incumplidor: una nueva búsqueda de la excelencia; una nueva cultura del esfuerzo.  Ahí está la amnistía fiscal para quienes defraudaron y evadieron, y subida del IRPF para el resto. Así, de entrada, sin preguntar. La primera a los tres meses, la segunda al día siguiente de llegar al poder. Será que con el bolsillo lleno se piensa mejor, o, por lo menos, así debía creerlo este Gobierno, mientras se resolvía la incógnita andaluza y asturiana, que, visto lo visto, mejor se hubiera quedado en incógnita irresuelta. Y para reflexiones las del camarada Arenas, que en sus deslices acostumbrados nos enseñó que las «soluciones decimonónicas» y las del «siglo diecinueve» son cosas distintas: ¿serán las unas liberales y las otras socialistas, para este buen señor? En esto, unos y otros –centro progresista e izquierda capitalista–, lo mismo da: socialdemocracia pura y dura. Y el Sr. Keynes todo el día en procesión, entre clarines y tambores de subida de impuestos, leyes para emprendedores y reactivación de la economía, socialización de las pérdidas, perdones para colegas corruptos, y donde dije digo, digo Diego.  

Cien días de presupuestos prorrogados, cien de suma y sigue, cien de déficit complaciente, cien de ingresos dilapidados en servicio de la deuda, y en subvenciones para pancartas, globos y artillería sindical. También para congresos y charangas democráticas: la de Chacón-Rubalcaba y el del Partido Popular. Faraónicos los dos, más dietas, viajes, almuerzos y aliño musical: «A los nuestros y a los vuestros que no les falte de ». Pues bien claro lo dejó el ministro Wert a los del cine: «Tranquilos, que yo soy de los vuestros...»

Dádivas para esa cultura, progresista siempre; con deuda o sin ella. Logros de la ingeniería socialdemócrata que, en igualdad, nos priva de ministra y nos pone secretario. Ni el señor Montoro se descoloca al proferir lo de «miembros y miembras del Congreso». Tan ancho se quedó el ministro; ni el más mínimo rubor ni pérdida de compostura. Y ya de paso, aceptando la incorrección en la palabra ¿por qué perder también la corrección en las formas? ¿acaso las señoras «miembras» no debería preceder en el discurso, a los señores «miembros»? Don Antonio y Don Práxedes Mateo –por poner sólo dos ejemplos– difícilmente podrían sobrevivir a la lectura de las actas que habrán de dejar para la posteridad estos diputados tan políticamente correctos.

Cien días han dado mucho de sí para regocijo del anecdotario popular, y muy poco para aliviar el desasosiego de los que habrán de afrontar el paro y el cierre de sus negocios, o la angustia de de abandonar una vida normal para caer por debajo del umbral de la pobreza. Aquí no caben chanzas ni guasas torpes: un 25% de familias disponen de menos de 7.800 euros al año para vivir, y otro 20% está a las puertas. Pero «en Estados Unidos también hay muchos pobres», te sueltan con cierta sorna, mientras un pensionista griego se suicida frente al parlamento Heleno. Tomen nota porque vamos de camino. Tiempo al tiempo. Y antes, el corralito a la argentina o a la rusa; a gusto del consumidor. En España las catástrofes las digerimos por pares.

Sin embargo, por hablar que no quede. Sigamos en el discurso del consenso y del diálogo para esos recortes y reformas que se desconoce cuáles serán. Los Presupuestos Generales del Estado, tan traídos y llevados, nos han dejado la misma cara de tontos que la subida de impuestos en enero.

Y hablar, hablan todos, menos Rajoy que debe haberse acogido al Título II «bis» de la Constitución del recién constituido Reino Presidencialista de las Españas Autonómicas: «Ni está ni se le espera». En el entretanto, el Ministro de Economía nos sorprende con unas declaraciones que según Génova «son reflexiones personales» jerárquicamente sometidas a las de la Ministra de Sanidad que, a su vez, delega en el Consejero de Sanidad de Castilla La Mancha para reflexionar. Esto debe ser lo que el Financial Times denomina la «desconcertante estructura administrativa española».

Sin duda, este Gobierno da muestras de una inaudita cohesión que nos alegra sobremanera con escenas de arsénico por compasión y ¡Gibraltar español! Aunque todo sea dicho, en los foros internacionales no se nos duermen en un rincón, como el flamante consejero de Estado que viene de deleitar al indigente mundo económico venezolano con teorías de Keynes, aprendidas en dos tardes, y reflexiones sobre el «desarrollo sustentable», que no sostenido ni sostenible, como rezaba su ocurrente ley.

Cien días, en fin, en los «qu’ils se disent tout va bien», Sarkozy dixit en solemne comparación entre las Hipaniae y la arrumbada Hélade.

Seguiremos atentos «al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta».

domingo, 8 de abril de 2012

Alegoría Taurina

Don Mariano usted dirá, pero esta corrida ya la hemos visto. La de los malos toreros. El enfado de la afición está justificado. El toro lleva rato campando a sus anchas por el albero y el torero le observa desde el burladero. El maestro no se mueve. Mantiene la montera calada hasta las cejas y resopla en actitud de disgusto. Su cuadrilla se mueve por la plaza tanteando al toro; mucho capotazo sin mucha voluntad. El toro sale suelto una y otra vez. Cambia el tercio y el maestro sigue refunfuñón. El toro no le gusta: apunta malas maneras y hay miedo. Deja hacer a los subalternos. La lidia no se está haciendo y el público se impacienta aún más. Los pitos se oyen y pasan a griterío. Al toro no se le pica, se le castiga mal y sigue suelto. Vuelve a cambiar el tercio. A la remanguillé y por eso de salir del paso las banderillas se van dejando, caídas algunas, las más desprendidas. No hay intención de contentar a la afición. No hay ganas de hacerle la lidia al toro. Los subalternos siguen dando capotazos aquí y allá, y el maestro no da la cara. Pero no hay más remedio, en la muleta habrá que estar ahí. Toma el engaño. No brinda el toro. Trastea un poco. El toro arrea. Pierde la muleta. Vuelven a salir los subalternos. Más capotazos. La pitada es monumental. El toro se acula en tablas y sigue arreando. Ya no sale suelto, se queda parón. A este toro no lo mata nadie como no sea la Guardia Civil. El maestro coge la espada sin ganas. Vuelve a trastear, pero el toro no se mueve, sólo arrea y arrea. El maestro se encara con el público: «qué no lo mato; a este toro no lo mato...». Casi mejor, casi un alivio. Visto lo visto, sólo cabría esperar mete-saca, bajonazo o similar, e interminables descabellos entre avisos y números cantados por los tendidos. Mejor olvidarlo todo: gastado, perdido, y tomadura de pelo incluida, pero, por favor, que a este pillo no le vuelvan a poner en cartel. Si no quiere torear ni mandar ni lidiar, que se dedique a la venta de refrigerios en los tendidos, pongamos por caso.